Ir directamente al contenido
  • Inicio
  • ¿Qué es Blágora?
  • Autor
  • Buscar
  • Coronavirus y crisis 6

    junio 13th, 2021

    Divagaciones varias y desordenadas del tema del momento, parte 6.

    Lee la primera parte de esta historia aquí.

    La segunda semana

    Es lunes 18 de enero y estoy por iniciar mi segunda semana de aislamiento. Me siento recuperado y optimista, pues mis padres siguen sin síntomas. Desde que inicié mi aislamiento, ellos mismos han seguido su protocolo de seguridad: usan cubrebocas en casa y duermen en habitaciones separadas. Medidas que esperamos puede ayudar si acaso solo uno esta contagiado.

    Por la tarde, mi amigo doctor los revisa. La saturación de mi padre esta inestable y en momentos desciende por debajo del 90%. De la calma, volvemos al estado de alarma. Esa noche, por recomendación del doctor, mi padre comienza con una dosis muy baja de oxígeno. «Hemos sido muy felices, si nos tenemos que ir, nos iremos sin lamentar nada», mi mente, nublada en ansiedad, repite continuamente las palabras de mi padre en busca de consuelo.

    Al día siguiente, martes, hacemos pruebas retirando el oxígeno y monitoreando. Su oxigenación se mantiene arriba de 90% y desciende muy poco, es buena señal. Por prevención, debe seguir con la dosis baja de oxígeno al dormir. Ese día programo sus pruebas PCR a domicilio. Las muestras las toman el miércoles y los resultados llegan el jueves. Ambos son negativos. Mis padres no están contagiados y es la mejor noticia que puedo recibir. Ese jueves, por la noche, por fin siento que descanso al dormir. Sobre la oxigenación baja de mi padre, hay un par de posibles explicaciones, pero por ahora estamos tranquilos. Por cualquier cosa, el protocolo de seguridad continúa hasta completar las dos semanas. En mi caso, por mis secuelas, voluntariamente decidí permanecer aislado hasta completar el mes.

    El hermano de mi cuñado

    A la par de esta buena noticia, la situación del hermano de mi cuñado no nos permitía estar en paz. El viernes de mi primer semana de aislamiento, su condición se había agravado tanto que, necesitaba un suministro de oxígeno de 8 litros por minuto. Uno de los concentradores que habíamos comprado y que le había estado ayudando ahora era claramente insuficiente (además, aprendimos, por ejemplo, que los concentradores manejan una especificación de concentración o pureza de oxigeno que hace que un modelo de 5 litros no te termine entregando esa cantidad en total, sino algo inferior y para algunos modelos, trabajando a su capacidad máxima, la concentración de oxígeno puede descender hasta un 60% o incluso menos).

    En aquel momento crítico, mi cuñado y su familia experimentaron un generoso gesto de nuestro amigo doctor, que también estaba atendiendo al hermano de mi cuñado. Como conté en una entrada anterior, el abuelo de este doctor se infectó y se recuperó de COVID, pero sigue requiriendo dosis baja de oxígeno. Resulta que la familia ofreció el tanque grande del abuelo, mientras ellos se limitaron a usar dos tanques pequeños para el abuelo. Dicho acto le salvó la vida al hermano de mi cuñado aquella noche. Sin embargo, con una demanda tan alta de oxígeno, el tanque quedaría vacío en menos de 24 horas. Así que esa misma noche la familia de mi cuñado se reunió por videollamada para tomar una difícil decisión: o iniciaban en ese momento el viacrucis de buscar espacio en un hospital, o buscaban por todos los medios un segundo tanque en medio de la absoluta escasez. Así fue que, el hermano de mi cuñado decidió que no quería ir al hospital a un futuro incierto y en su lugar, prefirió quedarse en casa a la espera de un milagro o al menos para morir menos solo, rodeado de un poco del cariño de su familia.

    Y el milagro ocurrió. Al día siguiente, otra amistad viajó desde otro municipio del Estado de México para prestar otro tanque. Por si fuera poco, resulta que la válvula de ese tanque permitió habilitar un tercer tanque de otro contacto que había ofrecido un tanque pero que carecía de dicha válvula. Ahora mi cuñado podía ir a llenar los tanques sin tanta premura. Además, gracias a una adaptación que hizo mi amigo el doctor para combinar el tanque y el concentrador, se logró extender más la duración de los tanques. Se comenzaba a sentir un destello de esperanza; excepto que el paciente no mejoraba. Para el domingo ya requería 11 litros de oxígeno y comenzamos a temer lo peor.

    No obstante, el lunes comenzó a mostrar signos de mejoría. Sin duda el más importante fue que su dependencia de oxígeno disminuyó. Era necesario administrarle diario una dosis del medicamento anticoagulante y, por nuestra exagerada previsión, en casa teníamos suficientes reservas. Poco a poco comenzó a mejorar y recuperar fuerzas. Su recuperación se prolongó por casi un mes y hasta ahora continúa recibiendo una dosis baja de oxígeno por las noches. Sus estudios revelan algunas secuelas en los pulmones, pero parecen que no son tan graves como para impedirle llevar una vida normal y, lo más importante, ha logrado vivir para contarla.

    Secuelas

    Aunque mis síntomas más molestos desaparecieron desde la primer semana de aislamiento, por varias semanas más tuve dolor de garganta y algo de la llamada «lengua covid«. También durante las primeras semanas, experimentaba de forma repentina unos bajones de energía terribles que me obligaban a recostarme. Por las noches sentía opresión en el pecho, pulso acelerado, extremidades dormidas. Pensaba que me iba a dar un infarto, pero mi amigo doctor insistía que eran secuelas. Tarde mucho en convencerme, pero tenía razón y todo fue desapareciendo.

    Quiero agregar que, aunque la enfermedad y sus síntomas son muy reales, conversando con otros recuperados, coincidimos que la carga emocional, el estrés, la ansiedad que se experimenta y la falta de sueño, le agregan un efecto multiplicador a los síntomas. Muchos descubrimos que cuando logramos reducir dicha ansiedad, varias de estas cosas disminuyeron o hasta desaparecieron. He aquí la importancia de proporcionar al paciente un tratamiento integral que no descuide la parte emocional.

    Como parte de mi recuperación, y posterior a concluir mi aislamiento, comencé a salir a caminar al parque de manera regular. Un día, al subir las escaleras de un puente peatonal, descubrí sorprendido lo que otras personas han descrito como secuela: llegué arriba sintiendo la falta de aire. Fue hasta ese momento que pude notar algún indicio de secuela en mi respiración. Desde entonces, he tratado de hacer ejercicio para tratar de rehabilitarme y ver si mi condición mejora. Además, un mes y medio después de infectarme, por fin pude someterme a mi operación de vesícula y parte de mi recuperación incluía la recomendación de caminar todos los días, así que no me ha quedado de otra más que mantenerme activo y parece que me ha servido bastante.

    Lo cierto es que, como se he dicho, parece que aún desconocemos todas las posibles secuelas que a largo plazo que tendrá esta enfermedad y sabemos que todo apunta a que van más allá de exclusivamente el sistema respiratorio. Espero poder en unos meses hacerme algunos estudios que me permitan ver si pudiera quedar aún algún tipo de secuela.

    Retrospección

    ¿Cómo me contagié? Todo apunta al domingo 3 de enero en una panadería. Ese día fui a comprar un pastel y el lugar se hallaba abarrotado con gente comprando roscas de reyes. Debí haber hecho caso a mi incomodidad y retirarme, pero me pareció que como yo iría a los refrigeradores por un pastel que ya tenía elegido, todo sería rápido. Y así fue, todo debió durar menos de 10 minutos. Curiosamente, mientras esperaba mi turno para pagar, una señora se quejaba a la salida con el guardia: «hay mucha gente, los voy a denunciar, no se están siguiendo las normas de distanciamiento».

    Y la señora tenía razón. Hoy sabemos que la principal forma de contagio se da en espacios reducidos, cerrados, con mucha gente y poca ventilación, los eventos de superdiseminación. A raíz de esa experiencia, pude notar que lo que me había protegido a mí y a mi familia de infectarnos, no era tanto el cubrebocas de tela que siempre portábamos, sino sobre todo, el distanciamiento social. Prácticamente, desde el inicio, acudimos a hacer las compras siempre en lugares espaciosos y con poca gente. A partir de entonces hemos comenzado a usar cubrebocas quirúrgicos o algún modelo KN95 al ir de compras y con mucha más razón, evitamos a toda costa los lugares concurridos.

    Como ya comenté, otra lección aprendida es la de atender la parte emocional. La ansiedad puede ser terrible y destructiva, es fundamental aprender a sobrellevarla y, de ser necesario, buscar ayuda durante y después de la enfermedad (lo mismo aplica si tienes un familiar enfermo). En mi caso, debo agradecer las llamadas y mensajes de amigos y conocidos que estuvieron al pendiente de mi y me ayudaron a soportar la situación. Debo admitir que desarrollé una especie de trauma (parecido al que muchos de la CDMX y alrededores experimentamos con la alerta sísmica) con el sonido de las ambulancias y sus sirenas que sonaban, literalmente las 24 horas, durante todo ese mes de enero, al grado que en momentos ansiaba desconectarme. Cada una era un paciente grave, una familia sufriendo, un muerto más a la cuenta. Además, cada semana de enero, entre conocidos y amistades, hubo uno o dos fallecidos, algunos por COVID, otros por otras causas, la verdad es que a veces sentía la necesidad de ponerle un filtro a las noticias y toda la información que circulaba en ese momento, por salud mental mía y de mis padres. Sin embargo, a veces sencillamente era imposible.

    Por otro lado, mi experiencia personal con la pandemia, profundizó más mi indignación con la forma en que el gobierno atendió la situación. Algunos defensores dicen que por qué tenemos que esperar que el presidente o López-Gatell sigan las instrucciones para hacer caso si nosotros ya sabemos lo que debemos hacer. En otras palabras, que de poco puede servir su ejemplo. Sin embargo, me pregunto ¿cómo entonces justifican el argumento similar que les vendió el presidente de que «si el presidente no es corrupto, el pueblo tampoco lo será»? ¿Aplica o no el ejemplo? Es cierto que debemos tener la capacidad de razonar y saber lo que esta correcto pero, en una sociedad tan incrédula y escéptica para con la ciencia, una tan inundada de desinformación en la redes sociales, a veces el ejemplo puede ser el único recurso.

    Incluso el hecho de que tanto el presidente, como López-Gatell se hayan contagiado me parece una prueba de que no estuvieron a la altura de las circunstancias, no por el contagio como tal, sino por la causa: un presidente que siguió haciendo giras y que no usaba cubrebocas; un López-Gatell que se escapó a las playas de Oaxaca y al que captaron sin cubrebocas por la calle cuando aún podía transmitir la enfermedad. Parece que para el presidente ponerse un cubrebocas es admitir algún tipo de sometimiento a sus detractores o una privación de su libertad de expresión, ¿qué pequeña debe ser la mentalidad de alguien para creer que un pequeño trozo de tela lo puede callar?

    Pero sin duda, la prueba más evidente de que no se estuvo a la altura fue el rebasar la cantidad de 200 mil muertos oficiales, una cifra extremadamente más elevada que la del escenario catastrófico que predijo Lopez-Gatell. Además, algunos datos como el «exceso de mortalidad» han dejado en evidencia que a la cifra oficial de muertos aún le quedan otros tantos por agregar. Por nuestra experiencia, nos queda claro que ese número no es bajo. Resulta demasiado fácil encontrar casos de gente que perdió a familiares sin una prueba que confirmara el contagio e incluso un acta de defunción que indicara la verdadera causa del fallecimiento. A veces, para agilizar el proceso y reducir obstáculos, a médicos y funerarias no les quedó otra que mentir. Estoy seguro que muchos de esos fallecidos durante aquel mes maldito, no figuran en las cifras oficiales. Mientras tanto, en ese cruel mes de enero, mientras se alcanzaban picos terribles de muertes, era imposible escuchar el informe vespertino y no sentirse molesto. Datos y números fríos día tras días, vestidos de una rutina descarada de un gobierno que ahora solo se limitaba a contar muertos. Pudimos haberlo hecho mejor. Y sin embargo, el gobierno insiste en un manejo impecable, no ha sido capaz de admitir la más mínima crítica y por lo tanto enmendar su equivocaciones. Quizá este equivocado o quizá el tiempo nos de la razón.

  • Coronavirus y crisis 5

    abril 29th, 2021

    Divagaciones varias y desordenadas del tema del momento, parte 5.

    En carne propia

    A principios de enero, sin sospecharlo, me enfermé de COVID-19. Todo comenzó un miércoles por la tarde con dolor de cabeza y de estómago. Atribuí dichos síntomas a mis problemas crónicos estomacales y una operación pendiente de la vesícula, pospuesta por la pandemia. Al ver que los síntomas no cedían (regularmente me duran dos días), el sábado agendé una cita con un gastroenterólogo, el cual me vería hasta el lunes por la tarde. Sin embargo, el domingo por la noche, al ver que las molestias continuaban al grado de ya no poder dormir y temiendo que el problema de mi vesícula se hubiese complicado, decidí por primera vez hacer uso de mi seguro de gastos médicos y acudir al área de urgencias de un hospital privado no-COVID a primera hora del lunes.

    Para mi sorpresa, el personal del triage detectó que mi oxigenación estaba en 92%, ligeramente abajo de lo esperado y por protocolo de ingreso se exigía un valor de al menos 95%. Mis opciones eran: 1) pasar primero a una zona de sospechosos para unas pruebas rápidas que descartaran el COVID-19 y entonces poder ingresar o bien, 2) presentar una prueba PCR negativa y realizada en un tiempo no mayor a 72 horas para mi ingreso. Por las rutinas que llevamos para cuidarnos, yo estaba absolutamente convencido de no estar infectado y decidí que, en vez de ingresar a la zona de sospechosos y potencialmente estar en contacto con algún infectado, era mejor hacerme una prueba PCR por mi cuenta lo antes posible. Los resultados estarían en 24 horas.

    Tan seguro estaba de mis resultados, que ese mismo lunes por la tarde acudí a mi cita con el gastroenterólogo, el cual accedió a operarme en cuanto le definiera una fecha, y añadió que toda intervención quirúrgica requería la prueba PCR negativa. Le platiqué la experiencia que había tenido por la mañana, le dije que la prueba estaría lista el martes y acordamos que la operación sería el miércoles una vez tuviera la prueba… y esta fuese negativa.

    La primera semana

    Oficialmente me enteré que estaba infectado de COVID-19 el martes 12 de enero. Los resultados me llegaron por correo electrónico muy temprano en la madrugada y eran tan inesperados que, entre mi somnolencia y aturdimiento de los síntomas, tardé unos minutos en darme cuenta que el resultado decía claramente: POSITIVO. Ni siquiera había tenido tiempo para estar espantado o preocupado, simplemente, lo tenía y ya, lo estaba viviendo. Sin embargo, tardé otro minuto más en darme cuenta lo que en realidad esa noticia significaba. Mis síntomas comenzaron el miércoles de la semana anterior, por lo tanto, tuve que infectarme unos días antes, para ser exactos un sábado o un domingo que son los únicos días que salgo a hacer compras, eso sumaba un poco más de siete días, aproximadamente un total de siete días había expuesto a mis padres y a otros familiares al virus y eso significaba una posibilidad muy elevada de que estuviesen infectados. Honestamente en ese momento sentí que mi mundo se comenzaba a venir abajo.

    Esperé un par de horas y a las 6 AM por videollamada contacté a mis padres para darles la noticia. Les dije que había una posibilidad bastante grande de que ellos también estuviesen infectados y, con lágrimas en los ojos, les pedí que me disculparan, les dije que me sentía como un tonto y que me dolía amargamente pensar que, a pesar de mis esfuerzos por cuidarme y por cuidarlos, ahora fuera yo quien pudiese haberlos infectado. Hubo una frase de mi padre, no recuerdo con exactitud las palabras, pero a ella recurriría muchas veces los siguientes días para darme algo de fuerza. Me dijo: «Hijo, no te culpes de nada, nosotros ya vivimos, hemos tenido altas y bajas, pero al final de todo hicimos nuestra vida, y no consideramos que haya sido mala, la hemos disfrutado, y claro, queremos seguir vivos, pero si no fuera así, nos iremos sin lamentar nada».

    La realidad es que estábamos a punto de vivir nuestra experiencia con la enfermedad en el peor momento de la epidemia en México hasta ahora. Durante ese mes de enero, alcanzaríamos los picos más altos en número de muertes, los hospitales de la Ciudad de México y la zona metropolitana llegarían a la saturación y conseguir tanques de oxígeno o concentradores resultaría prácticamente imposible.

    Aquel mismo martes comencé el aislamiento estricto, gracias a que la casa así lo permitía, encerrado en mis cuartos en la parte de arriba y con la única interacción que era cuando me subían comida. El gran amigo médico del que hablé en la entrada anterior, vino a revisarnos continuamente y como mis padres no presentaban síntomas, sugirió que no les hiciéramos la prueba PCR de inmediato, pues sería contraproducente (podíamos obtener un falso negativo). Más bien, debíamos esperar unos días examinando cualquier síntoma y monitoreando la oxigenación diariamente. Además, en vista de la situación de carencia que comenzaba a presentarse y la posibilidad de tener un escenario severo, comenzamos a prepararnos y hacer previsiones. Desde mi aislamiento me la pasé marcando teléfonos, contactando a amigos, revisando sitios para conseguir oxígeno y medicamentos. Sin embargo, la parte más pesada le tocó a mi cuñado, quien no solo me había acompañado cuando aún ignoraba que estaba infectado (ambos usamos la mascarilla en esos momentos), también nos apoyó para hacer las compras, efectuar limpieza, ir a buscar medicinas, oxígeno y muchas cosas más con la posibilidad muy real de contagiarse en cualquier momento y a la vez que exponía a mi hermana y mi sobrino todos los días al regresar a su casa.

    Para este punto, debo añadir que el desarrollo de mi enfermedad tuvo un curso bastante tranquilo. Perdí parcialmente el gusto de algunos sabores (curiosamente la mayoría eran las salsas) y al parecer también experimenté un par de episodios de parosmia, o cambio en la percepción de algunos olores (por ejemplo, el betabel hervido me olía bastante a amoníaco). Los días más severos fueron el miércoles y jueves de la primer semana que había sido detectado. Esos días el cuerpo cortado (cansancio, fatiga, desgano) y el dolor de cabeza me obligaron a estar acostado. Mi oxigenación nunca bajó del 90% y el único medicamento que necesité fue ibuprofeno. El descanso y la hidratación hicieron su otra parte. Fue como otra gripe más y posiblemente no fue la más severa que he vivido (no hubo tos y no se me cerró mucho la garganta). En el trabajo me permitieron tomar los días que fueran necesarios, pero como el encierro y la ansiedad no eran buena compañía y dado que trabajo remotamente, el viernes por la tarde de esa misma semana ya estaba de regreso frente a la computadora. Aunque no podía concentrarme, ni estaba al 100%, al menos un poco de trabajo me ayudaba a distraer la mente de los malos pensamientos.

    Días de angustia

    Como dije, desde esa primer semana nos concentramos en prepararnos para un escenario donde uno o los dos de mis padres estuviesen contagiados (en teoría, tampoco sabíamos si mi caso podía complicarse). Había historias muy trágicas de gente atravesando la ciudad una y otra vez, visitando 5 o 6 hospitales antes de poder hallar un lugar y a veces con un paciente ya tan agravado que no recibía la mejor atención en un hospital saturado. Nuestra búsqueda de tanques de oxígeno y concentradores fue infructífera y estaba la opción de arriesgarse por conseguir algo a sobreprecio con vendedores de dudosa reputación, cosa que finalmente decidimos no hacer. Fue solo a través de amistades que conseguimos prestados un tanque pequeño y un concentrador que solo estuvo un par de días con nosotros y tuvo que irse porque alguien más lo necesitó. Más adelante, con la ayuda de unos amigos, yo conseguiría comprar un concentrador que ellos me trajeron desde Veracruz y luego conseguimos comprar un segundo aquí mismo en la ciudad de México. Además, a sugerencia de mi amigo doctor, nos dimos a la tarea de conseguir unas cajas de medicamento anticoagulante que se hallaba prácticamente agotado en la Ciudad de México. Con unos amigos logramos conseguir parte desde una farmacia de Michoacán que accedió a enviarlo por paquetería. Otra parte la encontró mi cuñado hurgando en varias farmacias de toda la ciudad.

    Posiblemente en este momento algunos de ustedes puedan etiquetarnos como exagerados al tomar por adelantado decisiones de algo que no estaba bien establecido. Sin embargo, la paranoia que se vivía en aquel momento era muy real y posiblemente solo quien la vivió junto con nosotros pueda entenderla junto con nuestro sentir. Para mi, esperar hasta que las cosas se complicaran para entonces actuar era, sencillamente, inaceptable. Y para ser honestos, aquella ayuda escasamente nos conseguiría ganar un poco de tiempo ante un escenario severo. Pero era la mejor batalla que podíamos dar y decidimos intentarla, conscientes de que tendríamos muchas cosas en nuestra contra. Otros incluso puedan sugerir que nuestro proceder también era un tanto egoísta; incluso yo lidié con esos pensamientos al igual que muchos otros. Por ejemplo, cuando tuvimos que devolver el concentrador prestado porque alguien lo necesitaba, y antes de contar con otro, sentí la angustia de no saber si nos arrepentiríamos de aquella decisión. Pero no quedaba de otra más que admitir que en ese instante otra familia ya estaba viviendo una situación difícil intentando salvar la vida de su ser querido y en ese momento ellos eran los que lo necesitaban, así que debíamos devolverlo.

    Además, lo que sucedió los siguientes días resultó en una coincidencia inexplicable que en cierta forma probaría que nuestra previsión no había sido en vano. Casi a la par de mi enfermedad, un hermano y una hermana de mi cuñado se habían infectado también de COVID. Al principio, ambos parecían cursar su enfermedad sin contratiempos. Sin embargo, para el final de mi primer semana, el caso del hermano de mi cuñado se complicó.

    CONTINUARÁ…

  • Coronavirus y crisis 4

    enero 6th, 2021

    Divagaciones varias y desordenadas del tema del momento, parte 4.

    La tragedia vuelve a acechar

    Uno de mis mayores temores de toda la vida, era perder a mi mamá. Ahora que ya ha ocurrido, no sé qué me queda.

    A finales de octubre, la madre de otro buen amigo perdió la batalla contra el COVID-19. La cita de arriba son palabras de él. El impacto golpeó fuerte, pero no terminaría ahí. Una semana después, a la lista de fallecidos se uniría el famoso gamer y visionario de las tecnologías digitales, Óscar Yasser «Akira». Nunca lo conocí en persona, pero lo seguí por años en Twitter y a veces escuchaba su podcast Nerdcore. Lo mismo podía disentir que estar de acuerdo con sus opiniones y aunque no puedo decir que lo admirara, sí le guardaba un aprecio y respeto. Quizá eso, sumado a la poca diferencia de tiempo entre las pérdidas, hizo que su muerte me doliera mucho. Ya no era el abuelito, el papá o la persona que no tuvo los recursos para atenderse, ahora podía ser cualquiera de nosotros y si bien eso lo supimos desde el principio, solo hasta ese momento se sintió tan real. Me invadió el sentimiento de que solo restaba esperar nuestro turno.

    Pero las cosas aún empeorarían. Poco después, los abuelos paternos del amigo que perdió a su madre también enfermaron de COVID y fallecieron. Eran personas con las que convivimos desde hace 35 años que llegamos aquí, y se fueron de la manera más terrible. El padre de mi amigo, recién enviudado, ahora también perdía a sus padres. Tres miembros de su familia en menos de un mes. ¿Cómo se supera algo así? Y lo triste es que estas historias se escriben por montones. Esa misma semana, por ejemplo, otra conocida de la colonia, madre soltera, falleció junto con su madre. Resulta que los papás enfermaron de COVID y ella, que no era tan grande ni parecía enfermiza, se infectó cuidándolos. Los tres acabaron hospitalizados y solo el papá volvió. Ella deja a un hijo adolescente.

    Intentamos ayudar como pudimos, queríamos acompañarlos físicamente y abrazarlos, pero tuvimos que conformarnos con llamadas telefónicas, Zoom y en ocasiones llevando algún alimento a la puerta de su casa o un poco de dinero para costear los gastos imprevistos. Terminé noviembre emocionalmente muy desgastado, actuando en piloto automático y escapando un rato de la realidad refugiado en largas jornadas de trabajo.

    ACTUALIZACIÓN: Al momento de redactar estas líneas, otra persona más de la comunidad de TI nos ha dejado. Se trata de José Ángel Espinoza (@onlyangel). A él lo conocí aproximadamente hace unos 10 años, cuando acostumbraba a asistir a los Super Happy Dev House que se organizaban en ese entonces. Le perdí la pista desde entonces, aunque nos seguíamos en Twitter. Era un apasionado de la tecnología y de su religión, lo cual siempre me causó admiración.

    El que este libre de pecado…

    En diciembre, los miembros de otra familia que son nuestros vecinos y buenos amigos enfermaron. Nos preocupó especialmente el señor más grande puesto que padece algunas enfermedades, incluyendo la diabetes. Afortunadamente la han librado. Parece que la temprana detección, así como el oportuno suministro de oxígeno y medicamentos fueron claves para tener un buen desenlace e incluso llevar su recuperación desde casa.

    Todo esto ha moldeado mucho mi forma de pensar. Evidentemente hay mucha gente estúpida actuando imprudentemente. Quizá niegan la existencia de la enfermedad o se rehúsan a utilizar un cubrebocas como acto de rebeldía o porque siente que «les privan de sus derechos». Sin embargo, por el otro lado tenemos a gente que se atreve a emitir juicios demasiado severos, gente que hace generalizaciones con una tremenda facilidad. Al ver enfermar y morir a amigos y conocidos, inevitablemente me preguntaba «¿Hasta qué grado tuvieron la culpa de contagiarse?». Los padres de mi amigo que perdió a su madre tuvieron que volver al tianguis donde se ganaban la vida cuando los ahorros se agotaron y luego, día tras día, regresar a la vecindad donde vivían, la cual estaba lejos de ofrecer las mejores condiciones de seguridad e higiene. De los vecinos infectados, la explicación más probable se reduce a que hay dos médicos en la familia que han tenido que seguir trabajando (y al menos uno de ellos resultó infectado).

    He aquí otro caso polémico. Otro buen amigo vuelve de su trabajo en Estados Unidos para reencontrarse con su padre que ha vencido la enfermedad en una batalla sin precedentes: dos meses internado con intubación, traqueotomía y coma incluidos. Este amigo es uno de los tantos que, en este complicado fin de año, llega a un atestado aeropuerto de la Ciudad de México. ¿Irresponsable? Honestamente, no lo sé. Solo creo que en sus zapatos yo habría hecho lo mismo.

    ¿A qué voy con todo esto? Que cuando alguien enferma, no importa si lo aprecias o no, no importa qué tanto se cuidó o no, las razones salen sobrando, pasan a un segundo plano. Lo único que resta es desearles lo mejor a esa persona y su familia. Si está en tus manos hacer algo, por mínimo que sea, ofrece tu ayuda. No lo juzgues con severidad. Ya hay demasiado dolor como para hacer de este un mundo más infeliz.

    Volvemos al rojo «INTRASCEDENTE»

    Las acciones del gobierno han sido objeto de muchas críticas. En mi opinión, tanto la sociedad como el gobierno en términos generales han demostrado actuar con irresponsabilidad. En vez de admitir sus fallos y corregirlos con rapidez, el gobierno se ha negado a reconocerlos, alimentando con esto una incredulidad y desconfianza ante una sociedad difícil de convencer. Ha culpado el «pueblo bueno» de no acatar las normas cayendo en todo tipo de contradicciones.

    Una de ellas fue el regreso al semáforo rojo en la ciudad de México. Un semáforo que ellos mismos definieron y que a regañadientes se vieron obligados a retomar cuando ya no les quedó de otra. Ante el cuestionamiento, una semana antes de movernos al rojo, el secretario de prevención y promoción de la salud, Hugo López Gatell, afirmaría que “el color del semáforo es intrascendente”.

    A finales del año, Gatell concluía uno de sus tuits con el hashtag #QuédateEnCasa. En una total incongruencia, se revelaría posteriormente que había faltado a su palabra al pasar unos días en las costas de Oaxaca. De nuevo vino el debate. Una respuesta común entre sus defensores era sencillamente que las vacaciones «se las tenía bien merecidas», sugiriendo así, inadvertidamente, que el resto de las familias o trabajadores, que han enfrentado retos enormes para salir adelante y respetar el confinamiento, no se las merecen. De nuevo no existió el menor indicio de intentar una disculpa, ni del secretario, ni del presidente. Sencillamente estás con ellos o en contra de ellos y no hay punto de conciliación. Y resume muy bien el actuar en general del actual gobierno.

    Las vacunas.

    Con «bombo y platillo», las vacunas llegaron a México el 23 de diciembre de 2020. Como medida de «calibración» de la cadena de frío que demandan dichas vacunas, cada país suele recibir una porción reducida de vacunas en su primera entrega. Esto no fue exclusivo de México. Sin embargo, siento que en una aparente necesidad de validar la cuestionada lucha contra a pandemia que efectúa el gobierno, el canciller, Marcelo Ebrard, organizó una ceremonia de recepción que resultó decepcionante al ver bajar un empaque que contenía tan solo 3 mil vacunas. De nuevo vendrían una serie de críticas de ambos bandos, muchas inútiles a mi gusto.

    Y pese a todo, considero que tener las vacunas en diciembre fue un gran logro. No sabemos si se cumplirán los objetivos planteados para la aplicación de las vacunas. Se cuestiona la capacidad del gobierno en vista de los primeros resultados, pero lo cierto es que también otros países están pasando por la misma situación y algunos incluso apenas van a recibirla. Por mientras solo resta esperar en continua alerta mientras nos toca nuestro turno.

  • Libros que leí en 2020

    enero 6th, 2021

    No conseguí mi meta de 15 libros que me había propuesto para este año. Leí mucho, pero muchos libros también se quedaron incompletos porque me la pasé picando por aquí y por allá. Además, la última mitad del año me la pasé estudiando montones sobre temas relacionados con mi trabajo y comienzo el año muchísima tarea más al respecto con una capacitación con la que, si todo marcha bien y me aplico, podría obtener otra interesante certificación.

    Un dato revelador es que, de los diez libros listados, ocho fueron audiolibros, así que quizá sería más preciso decir que los escuché. En el caso de varios de ellos, cuento también con una versión impresa que me permite volver a revisar algunas partes y hacer mis anotaciones. Sin embargo, puedo decir que los audiolibros se han convertido en una herramienta útil para completar estos objetivos. Hay ventajas y desventajas que me gustaría resumir en otra futura entrada, pero por ahora puedo decir que los aprovecho mucho mientras realizo algunas tareas cotidianas y mecánicas que me permiten mantenerme atento a la lectura, por ejemplo, al arreglar mi cuarto, al lavar ropa o regar y darle mantenimiento a mis plantas.

    A continuación, recomiendo los libros que me parecieron mis favoritos.

    Cómo ganar amigos e influir sobre las personas

    Un gran clásico de Dale Carnegie que ha educado a generaciones. Tardé mucho en decidirme a leerlo en gran parte por su sugestivo título que generaba en mí, sentimientos encontrados. Me decidí luego de que @dfect y @DidierQuiroz platicaran sobre él en un desaparecido podcast y por si fuera poco, tuvieron el enorme detalle de obsequiarme un ejemplar autografiado que significa mucho para mí.

    El libro contiene una serie de consejos que son fórmulas probadas para establecer buenas relaciones, resolver efectivamente problemas y negociar. Aunque no son cosa del otro mundo, conviene repasarlos con determinada frecuencia para autoexaminarse y ver dónde podemos mejorar. Mucho se habla también de lo desfasados que pudieran resultar algunos de estos consejos. Estamos hablando de un libro cuya primera edición se publicó en 1936 y que iba a dirigida a hombres de negocios de un par de generaciones distintas a las nuestras. A pesar de las continuas revisiones y adaptaciones (¿hasta dónde se puede modificar un escrito del difunto autor sin que deje de poseer su esencia?), el libro se sigue sintiendo un tanto desactualizado, un dato que con toda seguridad resulta más evidente a las mujeres, cuyo enfoque en el libro queda enmarcado en el estereotipo de las sentimentales amas de casa. Otra postura que posiblemente divide opiniones es la línea que delimita el nunca perder la compostura ni la sonrisa contra el no dejarse ni quedarse callado. En lo personal, considero que las generaciones actuales favorecen más esta última, argumentando mayor honestidad y sinceridad en vez de un mundo de apariencias e hipocresía. Lo cierto es que ambas poseen ventajas y debemos encontrar un punto de equilibrio que saque lo mejor de cada una de ellas.

    De cualquier forma, existen una serie de máximas universales que se han mantenido desde el origen de la civilización y que funcionaron, funcionan y funcionarán para futuras generaciones. Podemos hablar del respeto, del saber escuchar y el actuar con honestidad, entre otros.

    Odorama

    Quien me conoce bien, sabe que tengo una cierta fascinación por los olores y hasta he escrito algo sobre ello. No dudaría en decir que este posiblemente fue mi libro favorito del año. Al devorar sus páginas no hacía mas que sentirme identificado con su autor, Federico Kukso. Partiendo de una perspectiva biológica, la percepción de olores puede entenderse como un fenómeno de supervivencia; mientras que algunos estimulan el apetito y disparan una serie de mecanismos que preparan al organismo para la ingesta de alimentos, otros nos advierten de un eminente peligro y que debemos emprender la huída. Sin embargo, a la par del desarrollo de la civilización, los seres humanos nos hemos dado a la tarea de clasificar los olores, no solo en agradables y desagradables, sino también en buenos y malos, y la lista no ha permanecido demasiado estática que digamos con el paso de los años. Además, nos hemos resuelto a desterrar aquellos olores que no queremos.

    Sin embargo, algunos olores, por desagradables que sean, no dejan de ser valiosos desde diferentes enfoques. «Si vivir es respirar y respirar es oler, entonces exponerse a la gran variedad de olores resulta enriquecedora para nuestra experiencia misma», afirma Kukso. La misma clasificación de agradable y desagradable resulta en muchos casos subjetiva. Ni que decir de aquellas fragancias que distinguimos entre masculinas y femeninas. El libro así efectúa un recorrido histórico desde una perspectiva «odorífica». Es el olor, el sentido prácticamente imposible de capturar en las páginas de la historia. Y solo a través de elementos indirectos – relatos, imágenes – que podemos intentar reproducir la receta de un perfume egipcio de hace dos mil años, únicamente para cuestionarnos si realmente representa una aproximación fidedigna. Para aromas como el de la tierra primitiva o la superficie lunar solo podemos suponer e imaginar. ¡Larga vida a los aromas!

    Mentes maravillosas

    Ian Stewart es un experimentado autor de libros de divulgación científica sobre temas matemáticos. En este repasa las biografías de los que él considera los 25 mejores matemáticos de todos los tiempos. Son relatos breves y no tan meticulosos, pero que sobresalen por aportar detalles muchas veces poco conocidos de estos hombres y mujeres. Combina esa labor con las principales aportaciones del personaje a las matemáticas y la ciencia. Hay un poco de ecuaciones y explicaciones que a veces no serán tan claras para cualquier aventurado, pero consigue un buen balance.

    En parte, el objetivo de Stewart consiste en intentar responder a la pregunta: ¿Qué es lo que hace a alguien un buen matemático? Y la respuesta, como puede suponerse, es que no existe una fórmula específica. Más bien, refraseando a Anton Ego de Ratatouille, «No cualquiera puede convertirse en un gran [matemático], pero un gran [matemático] puede provenir de cualquier lado».

    Una tierra prometida

    Independientemente de la postura que se tenga acerca de Obama y sus dos mandatos presidenciales consecutivos, este libro resulta una autobiografía bien escrita y meticulosa, de la versión personal del ex presidente de los Estados Unidos. Aunque evidentemente se siente como una justificación, Obama también hace un recuento de los errores de su administración.

    Me pareció interesante el relato de diversas situaciones que suelen poner a la potencia entre la espada y la pared. Por ejemplo, el conflicto entre Israel y Palestina, o los dilemas que enfrentaron cuando Hosni Muraback se vio obligado a dimitir en 2011 ante las protestas del pueblo egipcio.

    Tanto Obama como Michelle se han convertido en personajes mediáticos y tal parece que su presencia seguirá dando de qué hablar, especialmente ahora con la llegada del poder de Joe Biden, quien fuese el vicepresidente en la era Obama. Mientras tanto, estaré a la espera del segundo tomo de este libro.

  • Coronavirus y crisis 3

    agosto 19th, 2020

    Divagaciones varias y desordenadas del tema del momento, parte 3.

    «Zoombados»

    El uso de Zoom se ha vuelto tan común que, como dice @seldo, podría volverse un verbo. Mientras tanto, ya se habla de la «ansiedad por Zoom» que, como explica este artículo, se genera en nuestro cerebro en su intento de llenar los vacíos que una videoconferencia genera y que dan como resultados perturbación, inquietud y cansancio. Nuestra conciencia se encuentra confundida ante este nuevo tipo de relaciones y nuestro cerebro se resiste al engaño de las experiencias virtuales. El efecto me recuerda un poco al fenómeno del valle inquietante.

    Personalmente estoy experimentado este efecto, estoy harto de ver a mis amigos por zoom, quiero verlos, platicar cara a cara, abrazarlos o tener algún tipo de contacto físico, por mínimo que sea.

    Cuando se vuelve personal

    La vez pasada comenté la pérdida de un tío. En junio perdimos otro, pero ahora por el lado de la familia de mi madre en Veracruz. Otro más, que también se reportaba grave, finalmente se sobrepuso, aunque prácticamente muchos de mis familiares en dicho estado parecen haberse contagiado.

    El mismo día que falleció mi tío, el alboroto de los vecinos en nuestra calle reveló que algo no andaba bien. Nuestra sospecha se confirmó al día siguiente, cuando nos enteramos que uno de ellos había fallecido por coronavirus. Le calculo que era por mucho 5 años mayor que yo. Deja a una esposa y dos hijos. El funeral, curiosamente con el féretro presente en el patio de la casa, generó gran movimiento y aunque la familia sugería dar el pésame guardando sus distancias, a algunos sencillamente les valió. Le dieron una despedida al estilo del pueblo y podría decirse que tuvo un tono alegre, aunque demasiado aventurado considerando las circunstancias. Después de enterrarlo, dos mesas se pusieron en la calle para servir alimentos, el alcohol se hizo presente, y seguramente también algunos nuevos contagios. Pero al menos sirvió para derrumbar la incredulidad y para que más vecinos comenzaran a utilizar los cubrebocas.

    A finales de julio, con la excusa de coincidir con un abogado para unos trámites en mi familia, pero en realidad, con toda la intención de poder ver a un buen amigo, acudí a una pequeña comida en su casa. Cuando regresé, decidí por precaución mantener un poco de distancia con la familia. Los días siguientes tuve algunos malestares, la mayoría de tipo estomacal que, aunque se explican por mis problemas ya crónicos (tengo una operación en mi lista de espera), también incluían algunos síntomas nuevos y raros como por ejemplo un poco de ardor al respirar por la nariz y la lengua escaldada, los cuales no significaron ni pérdida de gusto, ni de olfato. Por seguridad decidí mantener el aislamiento y usar en casa el cubrebocas. Por esos mismos días, mi buen @boyzo reportaba que luego de estar bajo tratamiento por una supuesta infección estomacal, había salido positivo al COVID-19. Mis alarmas volvieron a encenderse. Con el paso de los días, los síntomas han ido desapareciendo sin mayores contratiempos y me inclino más a pensar que la evidencia apunta a que no se trató de un contagio, sin embargo, por precaución he seguido manteniendo mi distancia y usando el cubrebocas.

    «Tengo miedo, tengo pánico»

    «Tengo miedo. Tengo miedo a que sea otra cosa. Los síntomas empezaron desde el viernes y muy rápido. […] Mi esposo lo corrieron de su trabajo, después de que dio lo mejor, ya que él amaba lo que hacía, es un golpe muy fuerte para los dos. Yo estoy preocupada por el seguro social […] Tengo pánico porque ahorita está muy complicado».

    Desde el inicio de la pandemia y la crisis económica, nuestra familia ha tratado de apoyar discretamente y en la medida de nuestras posibilidades a conocidos y desconocidos. No ha sido nada extraordinario y la única razón para mencionarlo es justificar cómo llegó a nosotros el mensaje de arriba, de una conocida de la colonia que padece esclerosis. Sus palabras me llegaron hasta el alma porque retratan los miedos y temores que se viven en estos momentos. Bastan unos minutos para sentir que el mundo se nos viene encima y que la muerte viene detrás pisando nuestra sombra.

    Son momentos de mostrarnos algo más de humanidad. De no tener pena de pedir ayuda y de no ser tan mezquinos que nos neguemos a darla. A veces solo es cuestión de destinar un tiempo para escuchar sin juzgar y de convertirte en un hombro para derramar lágrimas. A veces simplemente no necesitas ofrecer nada más.

    Pan y Circo

    Cuando el Dr. López-Gatell estimaba que habría unos entre 6 mil y 8 mil muertos, yo pensaba que en realidad llegaríamos a unos 20 mil. Ahora que hemos superado los 50 mil muertos, honestamente me siento desolado.

    Con algo de recelo, he visto el primer capítulo de Pan y Circo de Diego Luna: «Crónicas de la pandemia». El actor es uno de los «arrepentidos» por su voto; algún fan del gobierno actual lo describió como «el actorcillo que se da toques de intelectual». Últimamente, sin embargo, me esfuerzo por poner en práctica un ejercicio de tolerancia que consiste en admitir que por muy desagradables que resulten los personajes, especialmente en estos tiempos por sus posturas políticas, casi siempre se podrá encontrar algunos puntos en común, sobre todo si logramos que la razón se imponga a nuestra parte visceral.

    El episodio se limita a presentar las posturas del gobierno junto con otras visiones distintas. Si bien se percibe una crítica al manejo de la pandemia de parte de las autoridades, tampoco es algo que resulte escandaloso. Concluyo con el comentario que hace el doctor Samuel Ponce de León:

    «Esto es como una deuda que adquieres, la vas a tener que pagar, nos la impone el virus. Si pagas de contado, los muertos pueden ser muchos. O pagas a plazos, pero siempre vas a terminar pagando todo. No hay ningún final feliz».

  • Conceptos de cultura organizacional

    julio 23rd, 2020

    Experiencia del empleado

    Se refiere a las acciones que diseña e implementa una empresa para mantener satisfechos a sus empleados y asegurar su permanencia dentro de la misma. Se considera que la experiencia del empleado se conforma por 3 ambientes:

    1. Ambiente tecnológico (30%). Herramientas y la transformación digital.
    2. Ambiente físico (30%). Literalmente el espacio físico, como puede ser una oficina o las instalaciones de una empresa.
    3. Ambiente cultural (40%). La atmósfera que se respira, el estilo de liderazgo y la estructura de la organización.

    Aunque los porcentajes de importancia, que se definen entre paréntesis, son casi equitativos, hay un marcado peso en el aspecto cultural.

    Es importante saber las respuestas de los empleados a estas preguntas: ¿Qué te preocupa? ¿Qué valoras? y ¿Por qué trabajas aquí?

    El síndrome de las citas en línea

    El síndrome de las citas en línea (Online Dating Syndrome) hace alusión a cuando una organización resulta ser exactamente lo opuesto a como ella se describe. Como si se tratase de un individuo, la organización debe efectuar un ejercicio de introspección para resolver este problema y comparar lo escrito contra la realidad. Descubrir si los valores que dice tener son efectivamente reflejados en la organización.

    Entornos de trabajo psicológicamente seguros

    Son entornos de trabajo donde la gente sabe que no serán penalizados por alzar la voz o disentir. Exigen confianza y respeto. Sobre todo, exigen líderes accesibles. Dichos entornos ayudan a la gente a trabajar productivamente a pesar de los conflictos. Promueven el aprendizaje a través de los fallos y la innovación.

    Grupos de Recursos de Empleados

    Los Grupos de Recursos de Empleados (Employee Resource Groups, ERGs), también llamados Grupos o Clubs de Afinidad, son grupos de voluntarios, dentro de la compañía y con patrocinio de ella, que se definen con base a un rasgo o una causa común: grupos de mujeres, grupos de millenials, grupos de profesionales negros, grupos LGBTQA, etc.

    La participación siempre será voluntaria y cualquiera que lo desee debe poder unirse si soporta la causa. Esto admitiría que un empleado varón fuera bienvenido en el ERG de mujeres de la empresa.

    Sistematización vs Burocratización

    Aunque ambas actividades suelen llevan consigo la definición e implementación de reglas o procedimientos, lo que distingue a una de la otra y puede servir para evaluar a la organización es lo siguiente: en la sistematización todos saben para qué es la regla o qué propósito cumple, mientras que en la burocratización pocos o nadie sabe para qué sirve la regla. Como resultado frecuente de la burocratización, suelen aparecer las concesiones, es decir, brincarse las reglas.

    Mentalidad adaptable al cambio

    Las organizaciones más resilientes son las que desarrollan la capacidad de ser creativas, tomar riesgos, tomar oportunidades, de aprender y experimentar, y de seguir adelante. Estas son organizaciones de aprendizaje. Aunque prácticamente todas las organizaciones afirman serlo, la realidad es que solo 1 de cada 10 empresas suele ser verdaderamente una organización de aprendizaje.

    ¿Qué busca el empleado moderno?

    • Propósito, significado. El empleado quiere saber cómo su trabajo impacta a la compañía, a los clientes, a la comunidad o inclusive el mundo entero.
    • Líderes que se interesen sinceramente en el éxito de sus empleados. Orientación y mentoría (coaching and mentoring). Jefes que se preocupen por hacer brillar a su equipo más que a ellos mismos.
    • Crecimiento. Sentir de forma personal que se puede crecer, avanzar y madurar.

    Cinco tendencias que están dando forma al futuro del trabajo.

    • Millenials y cambios demográficos. Nuevos valores, actitudes, expectativas y conductas.
    • Globalización. La ubicación geográfica, nacionalidad o lenguaje importa menos.
    • Movilidad. Hacer tu trabajo donde sea, a la hora que sea y desde cualquier dispositivo.
    • Cambios tecnológicos. Inteligencia Artificial y automatización, Big Data, Internet de las Cosas (IoT), wearables, impresoras 3D, realidad aumentada o virtual.
    • Cambios en los valores y el comportamiento. Cultura saludable, lucha contra las injusticias, sustentabilidad, iniciativas verdes.

  • Películas favoritas: Los edukadores

    julio 23rd, 2020

    Quien no es de izquierda antes de los 30 años no tiene corazón, quien sigue siendo de izquierda después de los 30 no tiene cerebro.

    Hardenberg

    Como dije en mi anterior entrada de esta serie, todas van a tener spoilers. Los edukadores es una película del 2004 que ni siquiera logro recordar cómo la descubrí. Los personajes y escenarios son mínimos y su belleza existe en los diálogos. Admito que solo la he visto un par de veces pues requiere algo de paciencia y estar de humor para verla. Aún así, por la conexión que siento, la considero de mis favoritas.

    Sinopsis

    Peter (Stipe Erceg) y Jan (Daniel Brühl) son dos amigos que luchan contra el capitalismo y se autodenominan «los edukadores». Como parte de su activismo, se meten a escondidas por las noches a las casas de los ricos que se han ido de vacaciones, pero en lugar de saquearlas, se dedican a desordenar las pertenencias a fin de transmitir a sus dueños una sensación de miedo e inseguridad. Además suelen dejar mensajes como la frase que da título a la película en alemán: Die fetten Jahre sind vorbei, «Los años de abundancia han pasado» (personalmente la frase me recuerda a otra: Mene, mene, tequel, parsin que anunciaba la desgracia que le acaecería a Babilonia).

    La precaria situación económica de Jule (Julia Jentsch), la novia de Peter, la obliga a mudarse al mismo apartamento junto con él y Jan. Resulta que Jule está endeudada por 100 mil euros debido a una demanda que perdió luego de haber chocado con el auto de un millonario. Cuando ella le platica su historia a Jan, este le termina confesado el hobby secreto que tiene con Peter y a espaldas de él, Jule y Jan deciden entrar y vandalizar la casa de Hardenberg (Burghart Klaußner), el millonario que demandó a Jule. Por un descuido, Hardenberg los descubre y reconoce de inmediato a Jule. Ellos logran someter a Hardenberg y con la ayuda de Peter, deciden secuestrarlo llevándolo consigo a una casa en las montañas mientras deciden qué hacer con él.

    Estando allí, los jóvenes discuten con el millonario sus visiones acerca del capitalismo. Para su sorpresa, descubren que Hardenberg también tuvo un pasado revolucionario al formar parte de la Federación Socialista Alemana de Estudiantes y luchar al lado del mismísimo Rudi Dutschke, un sobresaliente activista del famoso movimiento del 68. Sin embargo, les cuenta que, conforme fue madurando y adquiriendo compromisos, sus preocupaciones cambiaron y tuvo que buscar un buen trabajo y abandonar sus ideales.

    A la par de este debate, una relación sentimental comienza a forjarse entre Jan y Jule, lo que agrega tensión a la situación. Sin embargo, al final los jóvenes deciden liberar a Hardenberg y este les promete no tomar represalias y le otorga a Jule una carta donde le perdona la deuda. La amistad logra sobreponerse al triángulo amoroso y la película concluye con ellos tres durmiendo en una cama de un hotel en Barcelona mientras su apartamento en Alemania es allanado por la policía que encuentra las habitaciones vacías.

    En la versión extendida, los jóvenes abordan ilegalmente un yate de Hardenberg en algún puerto en el Mediterráneo y se dirigen a una isla donde supuestamente intentarán atentar sobre las torres de señal de televisión que transmiten a la mayor parte de Europa Occidental.

    Reflexión

    Esta película me recuerda los continuos choques que tenía con mi padre durante mi juventud debido a su postura política tan negativa. De hecho escribí sobre eso en esta entrada sobre él hace algunos años. En parte, su desencanto por la política se debe a que también es producto de la generación del 68, una que el gobierno de México se empeñó en desaparecer, incluso más allá de la trágica matanza y que dejó a mi padre profundamente asqueado de esos años. La otra razón es que ha vivido la mayor parte de su vida bajo lo que Vargas Llosa calificó de «dictadura perfecta», los gobiernos del PRI, que tristemente parecen estar de vuelta con nuevo nombre, pero mismas mañas. Si en aquel entonces escribía que no quería convertirme en mi padre, hoy diría que siento que ya estoy a la mitad del camino.

    Como anécdota, un día nuestro grupo de la universidad efectuó una visita a la planta de Siemens México. Por aquel entonces, mi padre había arrancado un pequeño negocio de carpintería con otras personas, pero al intentar llevarlo a la legalidad se toparon con una serie de obstáculos que, como se acostumbra, se suelen remover a base de «mordidas». Fue el fin de aquel proyecto y yo me encontraba sumamente molesto. «¿Quién tiene la culpa de que no progresemos, el gobierno o nosotros?» – me preguntó el representante de aquella empresa encargado de darnos la gira y que estaba por concluir su plática. Aquello era una falsa dicotomía, aunque puede predecirse la respuesta que estaba esperando aquel hombre. En mi malestar, opté por irme por el camino que me haría quedar como mediocre, pero que al menos sentía más real en ese momento. Culpé al gobierno y como era de esperar, el señor despotricó contra mí y me usó de escarmiento. Además, nos costó otra media hora de sermón, lo cual el grupo no tomo nada bien, y el rostro de la profesora, que me contaba entre sus mejores alumnos, no pudo ocultar la decepción. Por supuesto que salí un tanto arrepentido, pero al menos hoy es una historia que me causa risa.

    El director de este filme, quien reconoce que es una especie de autobiografía, dijo durante su estreno: «es una película sobre los últimos 10 años de mi vida, queriendo ser parte de un movimiento político y nunca encontrando realmente uno que funcione». No es casualidad que muchos de nosotros nos sintamos profundamente identificados con sus palabras y con el filme. La historia de la humanidad bien puede resumirse a la búsqueda del gobierno perfecto. Hace apenas dos años, Yuval Harari declaraba que el fascismo y el comunismo se había derrumbado y el liberalismo, aunque se debatía entre un gran revés, terminaría por salir airoso. ¡Y qué diferentes lucen las cosas ahora! El mundo está profundamente dividido enfrentando una pandemia y una terrible crisis económica. Pese a ello, creo todavía creo que la política es, como dicen, un mal necesario y que las voces disidentes, por muy irritantes que sean, deben ser escuchadas. Parece que cada día se torna más difícil ponernos de acuerdo, pero la búsqueda sigue y quizá sea ese eterno conflicto lo que mantiene girando este mundo.

←Página anterior
1 … 7 8 9 10 11 … 71
Siguiente página→

Blog de WordPress.com.

Cargando comentarios...

    • Suscribirse Suscrito
      • blagora.blog
      • Únete a otros 31 suscriptores
      • ¿Ya tienes una cuenta de WordPress.com? Inicia sesión.
      • blagora.blog
      • Suscribirse Suscrito
      • Regístrate
      • Iniciar sesión
      • Denunciar este contenido
      • Ver el sitio en el Lector
      • Gestionar las suscripciones
      • Contraer esta barra