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  • ¿Todavía vale la pena la universidad?

    junio 21st, 2020

    Al parecer la necesidad pospuesta de replantearnos los modelos educativos ha sido retomada aceleradamente con el asunto de la pandemia. El modelo prusiano del siglo XVIII, que sigue presente en la escuela tradicional, continuamente es objeto de crítica, principalmente argumentando que limita el espíritu creativo. La memorización y la repetición sistemática, ideales para formar trabajadores y soldados en la revolución industrial, ya no parecen tan importantes en un mundo globalizado y saturado de información, que por cierto está al alcance de un clic, y donde los empleos sucumben ante la automatización y la inteligencia artificial.

    En mi corta experiencia tratando de ayudar a familiares y conocidos, siempre he sentido que, con las posibilidades actuales, es muy factible reducir tiempos, costos y esfuerzos a fin de conseguir por lo menos el mismo resultado, si no es que uno mucho más apegado a las necesidades actuales. El principal obstáculo, desde mi punto de vista, suele ser el lograr convertirse en autodidacta, lo que la mayoría de las veces suele implicar desconectarse del modelo educativo que traemos, aprender a administrar tu tiempo, ser autodisciplinado y conseguir un entorno que de forma natural favorezca el aprendizaje. Los profesores y compañeros de estudio, e incluso las aulas, siguen desempeñando un papel importante, pero ya no indispensable.

    En este episodio de «Patriota no deseado» (Patriot Act), una serie que a veces disfruto mucho, Hasan Minhaj analiza con su ácido humor la cuestión de si es valioso conseguir un título universitario hoy. Su respuesta es un rotundo sí, fundamentado en que sigue siendo la mejor herramienta de movilidad social que existe para que un ciudadano consiga salir de la pobreza y eleve su nivel de vida. Yo por mi parte, difiero ligeramente o al menos no lo asevero con tanta contundencia. No sé si sea una diferencia entre países, pero al menos en México, un título universitario ya no te asegura nada. Y con esto quiero decir que si tu título es la única arma con la que piensas salir a conseguir un empleo sencillamente no será suficiente. Hasan mismo expone lo que no es ningún secreto: la mayoría de los billonarios de la actualidad, no terminaron su carrera. Pero no nos engañemos, estas personas son la excepción más que la regla. Afortunadamente, creo yo, cada vez es más común que te contraten por lo que sabes, que por lo que dice un papel.

    De pronto, regresando al video, los estudiantes descubren que en Coursera o Edx pueden obtener los mismos resultados por una cantidad ridícula comparada con los 55 mil dólares que les cuesta su colegiatura. Por muy noble que resulte el oficio de la enseñanza, estos descubren que la educación también es un negocio. Aunque esto es absolutamente cierto en Estados Unidos, donde acudir a una universidad pública involucra un fuerte desembolso, en México no estamos muy alejados de esta realidad. Pero más que decepcionarse y darse por rendidos, entender esta verdad nos permite plantear la pregunta correcta: si la educación es un negocio, ¿estoy obteniendo lo mejor por lo que estoy pagando?

    Lamentablemente, cuando Hasan desnuda las universidades en Estados Unidos, descubre con tristeza que el porcentaje de dinero que se destina a los profesores resulta muy inferior comparado con lo que se destina a pagar administrativos, comenzando por el director. Las dotaciones, es decir, el dinero u activos financieros que se donan a las universidades, y que constituyen riquezas enormes, se invierten en conceptos muy cuestionables. Y dado que la universidades están más cerca de parecer una entidad corporativa que una institución académica, gran parte de los recursos se concentran en lo que constituye su mayor prioridad: perseguir a los niños adinerados y consentirlos con campus llenos de comodidades y parques infantiles. Evidentemente esto trae como consecuencia que a las familias con menos recursos o los jóvenes que trabajan para pagar su educación cada vez les resulte más difícil pagar una colegiatura. Las universidades cada vez son más caras y el producto está empeorando.

    Parece que la pandemia está ayudando a muchos abrir los ojos. Nadie tiene idea de cómo será la educación universitaria y el regreso a clases después de todo esto. Sin embargo, creo que, con algo de optimismo, este momento bien podría resultar una oportunidad para redefinir la educación de forma significativa.

  • Coronavirus y crisis 2

    junio 9th, 2020

    Divagaciones varias y desordenadas del tema del momento, parte 2.

    Acelerar la investigación.

    Este lamentable episodio ha revelado un tremendo hueco en la humanidad que la esta obligando a trabajar a marchas forzadas. Se ha comentado de las palabras de Bill Gates en 2015 sobre lo poco preparados que estábamos para enfrenar una catástrofe global como esta. También se le ha comparado a vivir un tiempo de guerra, no entre naciones, sino contra otro tipo de enemigo mucho más astuto. Si analizamos la historia, la combinación de estos ingredientes parece ser cultivo de grandes avances científicos y tecnológicos. Por eso quiero creer que este momento contribuirá a un avance significativo en el campo de la virología que nos lleve no solo a conseguir una vacuna, sino también a resolver otras enfermedades aún incurables y encontrar formas más efectivas de atacar o desarmar a los virus. Sin embargo, e independientemente de estos resultados, el sabor de la incógnita aún queda presente: ¿cuánto tardará en desatarse el siguiente virus y qué sucederá si la mortalidad o forma de transmisión es aún más potente?

    La «Nueva Normalidad»

    En México, en junio comenzamos con la denominada «nueva normalidad», un supuesto regreso gradual a nuestras actividades en medio de una curva sobre la que no sabemos a ciencia cierta en dónde estamos ubicados. En realidad, el interés detrás de estas acciones responde más a intereses económicos (y parece que incluso políticos) que por otra cosa.

    Sin embargo, me llama la atención que muchas de las prácticas que vemos hoy en los negocios que están abriendo siempre debieron ser necesarias. Vemos divisiones de acrílico o de hule para proteger la comida o establecer barreras entre los clientes y los dueños. El gel antibacterial presente, junto con los tapetes con desinfectantes o jergas con cloro. El tiempo dirá si realmente los mexicanos nos aplicamos o lo echamos a saco roto, porque al menos en el arranque mucha gente salió a la calle y muchos sin protección. Esperemos que en la mayoría de los negocios estas medidas permanezcan después de la pandemia y se vuelvan la nueva norma. Sin bien por ahora son medidas extremas, un punto intermedio y razonable, que no eleve significativamente los precios para los consumidores nos vendría muy bien.

    Difícil de creer

    Uno de mis tíos falleció hace un mes. Según nos comentan, había ingresado unos quince días antes al hospital debido a problemas respiratorios (con antecedentes, según tengo entendido) y esa fue la última vez que su familia lo vio con vida. De tres pruebas, solo una parece confirmar que tuvo el virus. Por supuesto el dolor de la familia se multiplica al perder a un ser querido en tiempos de esta pandemia.

    Luego desde mediados de mayo a la fecha, alrededor de diez personas entre conocidos y cercanos en mi colonia parecen haber adquirido el virus. El procedimiento común parece ser acudir al médico y al no encontrar un cuadro grave, se le manda a su casa para seguir un estricto aislamiento y se le prescriben medicamentos para combatir los síntomas. Ya varios se han recuperado y hasta ahora ninguno de ellos ha entrado en un caso crítico. Lo cierto es que nunca sabremos si fue o no coronavirus. Justo al momento de escribir estas líneas uno de ellos me confirma que le acaban de entregar los estudios que le realizaron a su familiar más grave, y el único por el que pagaron una prueba, y los resultados han salido NEGATIVOS, lo cual podría descartar al resto de los enfermos de su familia de haber tenido el virus (Por si fuera poco, el doctor les dice que el estudio a veces puede fallar, quizá para que no canten victoria).

    Así que tenemos una enfermedad que en muchos casos se confunde con la gripe tradicional y que en otros hasta puede resultar atípica o sin síntomas. Esto y otros factores me hacen pensar en lo difícil que puede resultar a las autoridades correspondientes entregar estadísticas confiables y por qué, en parte, se les está criticando tanto. Es cierto que se ha vuelto un tema político, pero también existen cuestionamientos apartidistas y dudas sinceras y sobre todo válidas que merecen atención. Por otro lado, esto también hace fácil que la gente resulte incrédula o que se despierten todo tipo de teorías conspiratorias.

    Inquebrantables

    Un tema que abordo con frecuencia es que, ante la adversidad, si se pretende una victoria completa, no basta con salir de ella, se debe hacer sin amargarnos, sin dejar de ser felices durante y, sobre todo, después de ella. Esta situación nos está cambiando y poniendo a prueba hasta los límites. Las cifras de muertos continúan en aumento, el mundo entero está entrando en recesión y las revueltas parecen hundir a los gobiernos en caos. Pero no son solo las muertes o la economía. Me refiero a algo más profundo tanto como sociedad como a nivel individual. Hay molestia, desesperación y ansiedad. Y parece que el resto del año no dejará de poner a prueba nuestra capacidad de asombro. Tristemente algunos comienzan a quebrarse.

    Por supuesto que saldremos diferentes y también habrá costos y sacrificios, pero ¿qué nos definirá después de esto? ¿será el dolor, la amargura, el temor y el odio? ¿o el optimismo, el amor, la empatía y la gratitud? Esta ya no es una carrera de velocidad, sino de aguante y de voluntad.

  • Little Fires Everywhere

    junio 8th, 2020

    “Sometimes you need to scorch everything to the ground, and start over. After the burning the soil is richer, and new things can grow. People are like that, too. They start over. They find a way.”

    Celeste Ng, Little Fires Everywhere

    Luego de confirmar que la cuarta temporada de 13 Reasons Why es un completo fiasco y que hubiera sido mejor terminar la serie en la temporada anterior, no me queda más que recomendarles otra buena propuesta que vi la semana pasada: Little Fires Everywhere (Pequeños fuegos por todas partes). Muchos la ubican como la sucesora de Big Little Lies y eso es cierto, pero solo en parte. Quizá el mayor parecido a mi parecer sea el volver a ver a Reese Witherspoon en su papel de madre de una familia que oculta graves grietas bajo la fachada del ideal sueño americano.

    La serie se basa en el libro homónimo de Celeste Ng y por supuesto que trata de mujeres, aunque siento que en realidad trata más sobre la maternidad. Comparado con la novela, podemos decir que la serie resulta bastante idéntica, aunque oportunamente esta última añade personajes de raza negra y homosexuales, y digo oportunamente porque ni siquiera se siente forzados, sino que, al contrario, enriquecen mucho la historia.

    La historia se ubica en 1997 en Shaker Heights, Ohio, aunque con saltos en el pasado que van desvelando la realidad de los personajes. Elena Richardson (Reese Witherspoon), la esposa de una familia adinerada y madre de 4 adolescentes le renta una de sus casas a Mia Warren (Kerry Washington), una misteriosa madre soltera afroamericana que dice ser artista y que tiene una hija adolescente llamada Pearl. Conmovida por la situación, Elena no solo les reduce la renta, sino que tampoco le da mucha importancia a sus antecedentes y gradualmente permite que Pearl haga amistad con su hijos y que Mia les apoye en algunas labores domésticas a cambio de un pago.

    Aunque ambas madres quieren lo mejor para sus hijos, cada una ha seguido un camino distinto para conseguirlo. Elena ha renunciado a su sueño de periodista para dedicarse de lleno a satisfacer las necesidades materiales de sus hijos; sin embargo, del lado emocional ha fallado terriblemente. Mia, por el contrario, ha preferido seguir su carrera como artista y complementa sus escuetos ingresos con trabajos de medio tiempo y jornadas irregulares con las que apenas logra reunir lo suficiente para ella y su hija; sin embargo, mantiene una mejor comunicación con ella. Cuando los mundos de ambas madres coinciden, los hijos comienzan a encontrar las partes que les faltan y vendrán las recriminaciones. Finalmente, el conflicto se desata cuando una tercera madre, una inmigrante china, en medio de circunstancias difíciles tiene que abandonar a su hija recién nacida y esta termina siendo dada en adopción enemistando a Elena y Mia.

    Por supuesto que es una de esas series a las que yo llamo en el buen sentido «novelitas» aludiendo un poco a las famosas telenovelas mexicanas que resultaban tremendos dramones y que uno esperaba con ansias el siguiente capítulo. La verdad es que el trabajo de ambas actrices es bueno. Además, toda la historia del libro se incluye en la temporada de 8 episodios y honestamente espero que no haya segunda parte.

    Decía que, desde mi punto de vista, la maternidad es tema medular (aunque podría extenderse a la paternidad o sencillamente al hecho de convertirse en padres). Tenemos el ya muchas veces debatido tema de si es madre la que engendra o la que cría y los dilemas que la adopción plantea, así como de traer hijos al mundo casi nunca con las mejores condiciones. Tenemos el tema de los hijos que no son planeados. De cuando se sacrifican y se posponen los sueños por ellos y de los gozos y arrepentimientos que vienen más adelante. De que independientemente del esfuerzo los hijos nunca estarán conformes. De cómo con frecuencia los convertimos en nuestros costales emocionales. Y de cómo no existe la receta perfecta para criarlos.

    Quizá por todo eso, Izzy, la hija menor de Elena se vuelve un personaje entrañable y una pieza clave para entender toda la trama. Ella es la oveja negra de la familia, incomprendida e irreformable, y la que finalmente encenderá una chispa que cambiará todo. Y es que no podemos hablar de un final completamente feliz. Como en el mundo real, algunos reciben su merecido, otros tienen que enfrentar la verdad y todos tienen que sobreponerse. El incendio de la casa de los Richardson que abre y cierra la serie, junto con el soundtrack final Build it up parecen encapsular la lección de que ante tales circunstancias solo queda quemar todo e iniciar desde cero, conseguirse una nueva vida.

  • La Bátiz y los 84 años del Politécnico.

    mayo 25th, 2020

    El fin de semana recibí la notificación de un inusual número de visitas al blog. Esta vez no era El almohadón de plumas, mi entrada más visitada y a la que muchos estudiantes llegan buscando un resumen de la novela de Horacio Quiroga para encontrar casi nada. Se trataba más bien de Adiós a otro profe, un breve relato alusivo al profesor de filosofía Héctor Joffre con motivo de su reciente deceso allá por 2009.

    Al parecer con motivo del 84 aniversario del Instituto Politécnico Nacional, alguien compartió el enlace de mi entrada al grupo de Facebook del famoso CECyT 9, «La Bátiz», donde quizá por efecto de la cuarentena hubo reencuentros y remembranzas.

    Sobre mi escuela vocacional, considero que he escrito poco. La última vez que pisé la escuela fue en 2010 y desde entonces tengo una promesa pendiente de regresar algún día. Si lo consigo, seguro la encontraré irreconocible y lo haré sintiéndome un extraño. Aún así, cada vez que conozco a alguien que está estudiando ahí, pareciera que podemos hablar un dialecto común que ambos entendemos.

    Algunas entradas han resultado bastante personales e incluso polémicas. En el caso de la entrada sobre el profesor Joffre, recuerdo que fue bonito toparme, inesperadamente, con una de sus sobrinas a la que yo curiosamente hacía alusión en el escrito, aunque sin conocerla (de hecho, la citaba como su hija). Además, recibí varios comentarios resaltando lo significativo que resultó el profesor en la vida de muchos de nosotros.

    Pero de todas las entradas, hay una que siempre he arrastrado con cierta vergüenza, que más de una vez me he visto tentado a borrar y que conservo como recordatorio de lo fácil que podemos causar daño con las palabras. Se trata de Leyendas urbanas de Bátiz y giraba en torno a la figura del profesor Efrén Marrufo, cuyo asesinato en 2004 resultó muy sonado. Por si fuera poco, en mi escrito pasaba a «embarrar» a otro profesor al que conocía mucho menos. Aunque aquel escrito tenía la intención de establecer una protesta contra el acoso sexual y la corrupción dentro de las escuelas, honestamente manejaba tan a la ligera y con poco fundamento asuntos demasiado sensibles que se acercaba más al morbo y el chisme. Los comentarios de todo tipo no se hicieron esperar y me enseñaron, un tanto a la mala, el grave error de intentar juzgar a las personas tan superficialmente. El comentario de uno de sus hermanos en otro sitio me dolió profundamente. Era una persona con familia como todos nosotros y no tenía derecho a meterme en algunos asuntos. Me disculpé en algunos comentarios y de alguna forma quiero expresarlo abiertamente aquí de nuevo.

    Dejar aquella entrada me ha permitido revisarla con ojo crítico y más madurez con el paso del tiempo. También es significativo evaluar los cambios que se han experimentado desde entonces sobre estos temas. Si la homosexualidad resultaba en aquel entonces un tema escandaloso entre los estudiantes, imagínese lo que sucedía si un profesor «salía del closet», tono alarmista que aún parezco percibir en mi escrito original. Por otro lado, la cruel muerte del profesor fue clasificada como crimen por homofobia en un informe que presentaron los investigadores Alejandro Brito y Leonardo Bastida en 2009 y nos recuerda que aún existe mucho trabajo por hacer respecto a este tipo de violencia. Y por último está el tema del acoso sexual y el intercambio de este tipo de favores en las escuelas, que aunque no se ha logrado desterrar, me alegra ver que mientras en aquel entonces corría como secreto a voces y se disculpaba bajo muchas razones (algunos comentaron en aquel entonces que no podía hablarse de acoso o abuso porque aquellos ya no eran unos «niños», sugerían que podía entenderse como algo consensuado o que un simple manoseo no podía ser tan grave), en la actualidad cada vez se tolera menos y se han abierto mucho más canales para que todas las voces puedan ser escuchadas. Esperemos que pronto logremos desterrar este tipo de prácticas que en su momento parecían tan normalizadas.

    Hay un tema que a propósito he dejado excluido y que quizá un día que le haya dado suficiente forma abordaré: ¿existe una oportunidad de vida, de redención, para el abusador? Creo que en la actualidad es un tema que se minimiza y quien lo pone sobre la mesa se arriesga a ser etiquetado como enemigo de las víctimas. Para exiliar a este tipo de personas (y otras) que consideramos desagradables se ha puesto de moda el término «cancelar» y en cierta forma los matamos en vida. Pero ¿es lo mejor que podemos hacer con ellos? Algunos tienen características brillantes que han arruinado por un terrible error. ¿No hay posibilidad de devolverlos a la sociedad, al menos con determinadas limitaciones?

  • Películas favoritas: Pi, el orden del caos

    mayo 8th, 2020

    «Por la mitad de la senda que corras, Ícaro», dice, «te advierto, para que no, si más abatido irás, la onda grave tus plumas, si más elevado, el fuego las abrase».

    Dédalo e Ícaro, Las metamorfosis de Ovidio

    Inicio una recopilación de mis películas favoritas de todos los tiempos. Advierto que todas van a contener spoilers (La RAE sugiere «destripes», traducción totalmente inadecuada para México así que prefiero dejarlo así). Luego algunas reflexiones personales de qué es lo que las hace especiales para mi. De Pi ya escribí una entrada en 2007, esta podría verse como una segunda parte.

    Sinopsis

    Max Cohen es un matemático convencido de que los números son el lenguaje de la naturaleza y por lo tanto cree posible encontrar un patrón que prediga el comportamiento de la bolsa de valores. Aunque su interés es meramente científico, atrae la atención de firmas de Wall Street que ven un beneficio económico. La habilidad matemática de Max parece ser producto de mirar fijamente al sol cuando niño, pero junto con ello vinieron fuertes migrañas que lo han acompañado toda su vida y lo obligan a medicarse. Además, padece ansiedad social y algo de paranoia.

    En una cafetería Max conoce a Lenny Meyer, un judío hasidista que le habla de la cábala y la búsqueda de mensajes secretos en el texto sagrado a través de claves numéricas (algo llamado gematría). Un día, Max tiene un momento de inspiración cuando trata de explicarle a Lenny la serie de Fibonacci. De inmediato regresa a casa a efectuar ajustes a su programa y ejecutarlos en la computadora; sin embargo, al tratar de imprimir los resultados la computadora se daña debido a que se funde el chip procesador. La hoja impresa contiene un par de predicciones absurdas respecto a la bolsa seguido de un misterioso número de 216 dígitos, lo cual Max asume como un «bug» (error informático) y terminan desechando la hoja.

    A partir de ese momento hay una serie de revelaciones. El amigo y ex profesor de matemáticas de Max, Sol Roberson, que hace años atrás estudió el número π revela que también se topó un número de unos 200 dígitos y con esos «bugs» pero al final decidió retirarse. Sol le advierte a Max que debe hacer lo mismo antes de que la obsesión lo predisponga a ver cosas donde no las hay y que exponga su salud y su vida. Lenny le cuenta que su grupo religioso está en busca de un número místico de 216 dígitos. Max descubre que los valores absurdos que alcanzó a obtener se han cumplido en la bolsa y entre la imaginación y la realidad se da cuenta que hay gente persiguiéndolo. Por último, revisando el chip procesador de su computadora, descubre que hay una sustancia pegajosa que examinada al microscopio revela patrones (Sol le dirá después que al parecer los procesadores «toman consciencia» de su propia estructura antes de fundirse y antes de morir imprimen sus propios ingredientes).

    Max acuerda compartir sus datos con una firma de Wall Street a cambio de un nuevo chip procesador para su computadora, también obtiene de Lenny un disquete con información de sus códigos secretos. Reconstruye la computadora, afina su algoritmo y vuelve a obtener los 216 dígitos justo antes de que la computadora quede congelada. Decide entonces copiar rápidamente los números a mano y luego memorizarlos. Ahora todos quieren el número.

    Unos agentes de la firma de Wall Street persiguen y capturan a Max para obligarlo a que les entregue el número. Max es rescatado por Lenny y llevado a una sinagoga donde el rabino le explica que ese número es el verdadero nombre de Dios y que tenerlo les permitirá restaurar la comunicación con él e iniciar una nueva era mesiánica. Max rehúsa dárselos y les dice que solo le pertenece a quien le ha sido revelado.

    Max logra huir y llega a casa de Sol solo para enterarse que ha muerto de un infarto. Sobre el tablero donde solían jugar Go, Max descubre la hoja con el número de 216 dígitos. Regresa a su apartamento, experimenta un fuerte episodio de migraña y decide destruir su computadora. Finalmente, frente al espejo de su baño quema la hoja con el número y se efectúa una trepanación con un taladro en una zona de su cerebro que ya había previsto antes (supuestamente donde se concentra el pensamiento matemático).

    En la escena final vemos a Max recuperado sentado en el parque y mirando de nuevo la naturaleza. Su habilidad matemática se ha ido y su rostro por fin refleja cierta calma.

    Reflexión

    Personalmente siento que esta película define mi curiosidad por las matemáticas y la ciencia. Cuando la vi, allá por 1998, estaba cursando la vocacional y me apasionaban temas sobre fractales y teoría del caos, mismos que se abordan en la película. Además, a muchos de aquella escuela se nos asociaba con bichos raros, cerebritos, nerds incomprendidos y con dificultades sociales. Dicha escuela lo mismo ha dado genios como gente que perdió la cabeza, incluso mentes asesinas. ¿Cuántos de ellos estaríamos dispuestos a renunciar a todo eso por ser «más normales»?

    Hay una parte religiosa en «Pi» que también se vuelve muy personal. Mientras que para algunos los patrones en la naturaleza son evidencia de que algoritmos simples pueden crear complejidad y por tanto eliminar a un ser supremo de la ecuación, en mi caso fue siempre lo opuesto. Admirar esta complejidad y otros sucesos presentes en la naturaleza inevitablemente me hacen pensar en algo mucho más profundo y sumamente inteligente. Estas ideas también son un eje vital del filme donde la ciencia y la religión, el rigor científico y la fe ocupan su lugar en la balanza; de hecho, el título en inglés incluye la frase «Fe en el caos». Por otro lado, pensar que el nombre de Dios podría ser un número resulta cautivador porque mientras cada religión le llama de una forma, nos han dicho que los números son universales, inmutables. (Como curiosidad, algunos resaltan que el 216 = 6*6*6 y que 666 es el «número de la bestia» de acuerdo con el cristianismo).

    Pero es sobre todo la búsqueda de la verdad y el precio que estamos dispuestos a pagar por ella lo que se vuelve el motor fundamental de «Pi». No es casualidad que mientras más se acerca Max a la verdad, sus migrañas se intensifican y los «bugs» aparecen como advirtiendo que no siga. La tragedia de Ícaro se hace presente en una de las pláticas con su mentor: nada bueno vendrá de acercarse demasiado al sol del conocimiento. ¿Qué implicaciones tendría poseer una verdad tan poderosa como la que sugiere el filme? Max aprende la lección a la mala y decide finalmente renunciar a dicha verdad. Como película de aventura, después de encontrar el tesoro perdido, se opta por dejarlo en su lugar a fin de lograr salvar la vida. La escena final es muy parecida a la de inicio: Max observando la naturaleza. Pero algo ha cambiado, ya no calcula, al parecer solo admite su derrota… y sonríe.

  • Coronavirus y crisis

    mayo 1st, 2020

    Divagaciones varias y desordenadas sobre el tema del momento.

    Los grandes ganadores

    Amazon y Zoom, entre otros. Trabajo en una empresa estadounidense que es competencia directa de Zoom y sin divulgar detalles es curioso lo mucho que se habla de ella últimamente. Ahora no queda más que aprender y admirar su éxito. A pesar de los huecos de seguridad, la facilidad de uso y las conferencias gratuitas de 40 minutos hicieron crecer sus usuarios y las ganancias en millones. Resulta que a la mayoría de la gente común poco le preocupa una charla o sus datos personales filtrados en el ciberespacio si a cambio consigue mantenerse en contacto con la familia o los amigos.

    A pesar de las obscenas ventas que Amazon reportó en el trimestre, sorprende que su reporte no haya resultado para festejarse. Resulta que los costos operativos también se han elevando y al final no todo ha sido bueno, pero comparado con las demás empresas, sus resultados no dejan de ser envidiables. ¿Qué negocios funcionan mejor en medio de una pandemia y la crisis que se avecina?

    La actuación del gobierno

    A finales de febrero y principios de marzo, cuando la gente comenzaba a criticar la lentitud del gobierno al no declarar la cuarentena, escuché el sabio comentario de un buen amigo diciendo que adelantar el encierro solo haría que la gente saliera de sus casas en el peor momento posible. En pocas palabras y de forma más simple me había expuesto lo que diría unos días después el doctor Gatell y su ejemplo de los 100 niños infectados para explicar lo que era un punto de inflexión. La gente se le fue encima. En ese momento recordé mi escrito de que la gente que hace ciencia no siempre tiene las mejores habilidades de comunicación. En medio de la polarización que vive la sociedad mexicana, la crítica a las acciones del gobierno respecto al manejo de la pandemia ha sido una constante. Si bien casi en nada estoy de acuerdo con este gobierno, aplaudo mucho el trabajo del doctor Gatell y me temo mucho que si las cosas no acaban bien será uno de los primeros chivos expiatorios en medio de este complejo momento. En realidad, si la catástrofe de salud se desata, me parece que será culpa de todos (el tema económico es otro asunto).

    En medio de cifras que ya parecen perder sentido, lo único que para mi parece dar dirección son el número de muertos. ¿O no? La verdad es que hasta los muertos se pueden ocultar o disfrazar. Pero agradezco que hasta ahora no tengamos escenas como las que se han visto en Ecuador o incluso Nueva York. No me importa quién se lleve el mérito, en verdad deseo de todo corazón que haya el menor número de muertos.

    Como la gran depresión de 1029

    La Gran Depresión de 1929 siempre me ha causado tremenda inquietud. En especial aquellas fotos como la de una mujer con sus hijos de Dorothea Lange. ¿Qué pasaba por la mente de aquellas personas? He de confesar que me entra un pavor enorme cada vez que alguien dice que la crisis que viene es comparable a la de 1929. Me ha tocado vivir en mi país las crisis económicas de 1982, de 1994 y de 2008. De las tres la peor parece ser la de 1982, cuando apenas tenía un año. En ese sexenio el dólar pasó de los 150 pesos !a los 2,483 pesos! A veces siento que parte de ello explica la neurosis que aquejó a mi padre.

    Aunque me aterra, hay dos cosas en las que busco hallar consuelo. Primero que para bien o para mal hay muchas cosas que son diferentes a 1929. Somos muchos más habitantes, el trabajo se ha redefinido completamente, la tecnología es diferente, etc. No sé cómo estas juegan a favor o en contra, pero conservo la esperanza de que podremos salir adelante. Segundo, no dejo de pensar que para sobrevivir el ser humano requiere pocas cosas, es fundamental conservar el optimismo, ser agradecidos y estar contentos con tener lo necesario.

    Un ente chiquito hizo arrodillar a la nación más poderosa

    Es increíble como un virus tan pequeñito puede doblar a la nación más poderosa y hacerla sentir vulnerable. Es sorprendente que se nos prive de algo tan simple como salir a dar un paseo o abrazar a alguien. Es una lección de humildad.

  • Adiós Rojo

    marzo 23rd, 2020

    Ayer fui al funeral de R, un chico de buena estatura, físico agraciado y cara atractiva. Lo poco que puedo decir de él como persona se limita a los pequeños momentos en los que nos cruzabamos en un gimnasio local u otros lados y nos saludabamos brevemente. Y de estos pocos solo puedo decir que siempre fue bueno conmigo.

    A sus veintitantos podría decirse que R tenía toda una vida por delante. Se fue a probar suerte a Monterrey a pesar de la insistencia de su madre de permanecer cerca de la familia y hallar un trabajo en la Ciudad de México. Una historia que se repite generación tras generación.

    Hasta ahí todo bien, R pronto alcanzó la relativa estabilidad y aprovechaba los escasos momentos que le presentaban su trabajo y su economía para darse sus escapadas y visitar a la familia: sus padres, un hermano y una hermana. Rutina que se vio interrumpida hace poco más de dos semanas por un terrible accidente de trabajo que por respeto a muchos solo calificaré de indescriptible. Sobrevivió de milagro y pese a los buenos pronósticos su vida lamentablemente se extinguió el pasado viernes.

    Su aún joven madre luce una tranquilidad pocas veces vista, como si el proceso de asimilación llevara un gran progreso. Él padre por el contrario en todo momento se muestra deshecho. Aunque ambos viajaron a verlo, por cuestiones del trabajo solo ella pudo quedarse durante lo que serían sus últimos días. «Me había prometido traerlo de vuelta» – me dice mientras le doy el pésame y añade que ella misma guardaba mucho optimismo. Me da detalles que en parte explican su calma. Casi para concluir me dice: «Descubrí una parte importante de mi hijo. Siempre tuve mis dudas acerca de si sería un buen chico una vez alejado de la familia. Para mi sorpresa, descubrí que se había hecho de muy buenos amigos, amigos que sufrieron conmigo y me ayudaron en todo momento. Es muy triste haberlo descubierto tan tarde». Solo en ese momento un par de lágrimas lograron aparecer en su rostro.

    Durante el funeral sus mejores amigos (los de acá de sus rumbos) permanecieron sentados juntos. Acordaron de antemano vestir o portar algo rojo. Uno de ellos tomó la palabra: «R no era un chico perfecto, era un chico con errores y con muchas inquietudes. Era un simple chico como cualquiera de nosotros».

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