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  • Zima Blue, divagaciones sobre el propósito de la existencia

    abril 20th, 2023

    Algunas personas lo entienden. La mayoría nunca lo hará. Pero, eso es arte.

    Alastair Reynolds

    Hace algunos meses, como parte de mi curso de estética filosófica, vimos Zima Blue, un episodio de escasos 10 minutos de la primer temporada de la serie Love, Death & Robots de Netflix (En español tradujeron el episodio como Piezas Únicas).

    El episodio nos cuenta la historia de un artista llamado Zima Blue poco antes de preparar su última obra. Se nos cuentan sus inicios, de como dejó de pintar al humano por considerarlo inrrelevante y como poco a poco se obsesionó con los cuadros de un tipo particular de azul. Pronto dio paso a cuadros azules con extensiones kilométricas, luego cuadros que alcanzaban la estratósfera, planetas enteros pintados de azul e incluso todo un cinturón de asteroides. Buscaba en el arte el propósito de la vida. Su búsqueda lo lleva a modificar su cuerpo para poder explorar los confines del universo sin necesidad de un traje u oxígeno. Entonces, en lo que se convierte en el plot twist del episodio, Zima Blue confiesa que es en realidad un robot.

    Su origen se remota hace muchos años atrás en California, donde una brillante joven inventora construyó un robot para limpiar su piscina frotando las paredes de cerámica. Gradualmente le hizo mejoras: un sistema de visión a color, una CPU para procesar los datos visuales de su entorno, un algoritmo para tomar sus propias decisiones y desarrollar sus propias estrategias para limpiar su piscina hasta que, finalmente, el robot alcanzó la conciencia. La inventora murió y los sucesivos dueños del robot le fueron agregando mejoras que lo volvieron más «vivo», más humano, hasta que aparentemente olvidó su pasado, su naturaleza primaria.

    En su búsqueda de la verdad, Zima Blue se topó con aquella vieja piscina que, en palabras de Zima, «significaba más para él de lo que nadie jamás haya conocido». Aunque le fue difícil admitir la verdad, el descubrimiento le brinda a Zima una respuesta a lo que había buscado: el sentido de su existencia. Frente a una multitud abarrotada en un recinto, Zima aparece frente a la misma piscina que le vio nacer. Él mismo se ha dedicado a recuperar todas las piezas. Por cierto, «Zima Blue» no es otra cosa que, el nombre comercial del tono azul de los azulejos de cerámica de la piscina.

    Tras un clavado, Zima se sumerge en la piscina. Mientras nada, apaga poco a poco sus funciones cerebrales superiores, eyecta cada una de sus extremidades y desmonta completamente su cuerpo ante una sorprendida multitud. Entre los restos, emerge el antiguo robot, la máquina fregadora original que lo transporta a sus humildes comienzos. El robot regresa a tallar los azulejos mientras que la voz de Zima, en la narración de fondo, explica que de esta manera volverá a extraer «el placer simple de completar una tarea bien hecha». Su búsqueda de la verdad ha terminado.

    ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos?

    Al finalizar el episodio, hablamos en la clase sobre el arte y sobre la interpretación que le podíamos dar a aquel episodio. La intersección entre el arte y la búsqueda de un sentido a nuestra existencia se aborda con frecuencia por los artistas. Un ejemplo sobresaliente, como dice este video, es el cuadro del artista francés Paul Gauguin titulado «D’où venons nous? Que sommes nous? Où allons nous?«, donde vemos un paisaje tropical lleno de mujeres y niños tahitianos cargado de diversos simbolismos.

    Para mí, el episodio de Zima Blue es un «back to basics«. La búsqueda que emprende Zima por todo el universo lo lleva de vuelta a sus orígenes. Es como Salomón, el rey bíblico que, después de experimentar todo tipo de placer mundano, concluye que «todo es vanidad». El recorrido puede parecer fútil, pero al final era necesario recorrer el camino para llegar a la respuesta que siempre había estado ahí. Al final. Zima Blue descubre que lo que en verdad le llena es aquello para lo cuál fue diseñado, aunque sea algo muy simple.

    Desde la concepción evolucionista, podemos ver en Zima Blue un arquetipo del ser humano. Según esta postura, el ser humano es producto de capas y capas de evolución, múltiples mejoras, que le han hecho olvidarse de sus humildes orígenes: una bacteria o algun tipo de microorganismo primitivo (sin entrar en detalles a nivel celular). Pero, de ser así, ¿qué propósito tenía? ¿realizar tareas simples con el mero objetivo de sobrevivir? O, más importante aún, si Zima había sido diseñado para un propósito, ¿el ser humano fue diseñado para algo? y si así fue ¿qué o quién lo hizo?

    Si se descarta la figura de un Diseñador, y se admite que no hubo propósito, las implicaciónes son serias. No somos mas que el producto de un afortunado accidente. El tema no es nuevo, incluso hay una corriente filosófica que agrupa esta concepción de que la vida no tiene sentido: el nihilismo.

    Por otro lado, pensar en un Diseñador que define un propósito, nos lleva fácilmente a terrenos religiosos y dogmáticos. Según la concepción, habrá una respuesta sobre el sentido de la existencia. La implicaciones de un Diseñador son igualmente serias. Me quedo con un comentario que alguien dijo en cierta ocasión: si existe y no lo sabemos, quizá nos estamos perdiendo de la verdad más importante del universo.

    El hombre en busca de sentido

    Sin importar la postura que te parezca mejor, parece que cualquiera te dirige a la misma conclusión: necesitamos un sentido, y si no lo hay, habrá que inventarnos uno.

    En 1946, el psiquiatra austriaco Viktor Frankl, publicó sus vivencias en los campos de concentración en el libro «El hombre en busca de sentido«. Según su experiencia, los prisioneros que mantuvieron una razón para vivir, tuvieron una mayor probabilidad de salir vivos . La conclusión es que necesitamos un sentido. La fe y la esperanza parecen jugar un papel importante en la superviviencia.

    Frankl dice que podemos encontrar un sentido en el amor, el completar un proyecto y sacrificarse por los demás o por una causa, entre otros. Además concluye que, a pesar del sufrimiento vivido, la vida es digna de ser vivida.

    «Sabes, hijo, la vida suele ser monótona»

    En 2015 enfermé de depresión y ansiedad y las cosas nunca volvieron a ser las mismas. En el año que tardé en recuperarme, una de las medidas que tuve que tomar fue eliminar contactos de Facebook. De unos 500 pasé a menos de 100 contactos. No era envidia, sino frustración. Me causaba ansiedad sentirme estancado mientras la vida de los demás seguía entre viajes, proyectos y metas.

    Recuerdo que un día, platicando con mi padre sobre ese sentir y de lo desesperado que me sentía por lo que ahora se había convertido mi vida, él pronunció esta frase: «sabes, hijo, la vida suele ser monótona». A continuación pasó a narrarme cómo su vida se podía resumir en la cotidianidad, ir y venir del trabajo y hacer las mismas cosas todos los días.

    Aunque no dije nada, mi interior se sentía molesto. Era como decirme: «ni modo, aguántate, así es la vida» y sencillamente no era lo que yo quería escuchar. Sin embargo, con el tiempo le he dado más valor a aquella frase y me ha parecido un gran verdad, aunque pueda ser dolorosa. Por ejemplo, si tan solo graficamos las rutas que una persona recorre a lo largo de toda su vida, resulta que, la mayoría nunca saldrá de cierto perímetro relativamente pequeño en torno al lugar donde nació. Si has tenido la oportunidad de extender dicho perímetro por un viaje a otro estado o, mejor aún, a otra parte del mundo, puedes sentirte privilegiado.

    Dicen que conforme más creces, más le das la razón a tus padres. Hace poco me sorprendí contando la misma frase y experiencia de mi padre, a un amigo que sentía que estaba perdiendo el control de su vida. Curiosamente abrazó la reflexión con mucha más buena actitud que la que tuve yo con mi padre.

    Conclusiones

    Si al final de esta entrada sientes que mi escrito no tiene ni pies ni cabeza y que no lleva a nada, es probable que estés en lo correcto. Sencillamente tenía ganas de anotar diversos ideas acumuladas y no dejarlas escapar. Quizá en algún futuro sean la base para un artículo con mejor forma.

    No todo es inútil. Puedo rescatar algunas ideas. La primera es no olvidar nuestros orígenes humildes. Sea que creas o no en un Diseñador, o en que tengamos o no un propósito, el universo nos enseña que somos seres insignificantes que solemos, con más frecuencia de la debida, cometer el error de tomarnos demasiado en serio y sentirnos demasiado importantes. Un imprevisto, tal como una catastrofe, puede barrer con cientos de vidas humanas sin incomodarse en qué tan importantes nos creamos. El mundo seguirá su curso con o sin nosotros.

    La vida suele ser monótona y, a veces, esta bien. Si has logrado una vida excitante, tienes el trabajo de tus sueños o el mundo parece sonreirte, disfrútalo, quizá has trabajado duro para lograrlo y te lo mereces. Sin embargo, la vida también es a veces injusta y a menudo, pese a tus esfuerzos, las cosas no terminan como quieres. No te frustres. La verdad es que esa monotonía es el común denominador la de mayoría de las personas que han pisado nuestro planeta. Pero aún así, como decía Viktor Frankl, la vida es digna de ser vivida.

    Esto no significa que debas adoptar una actitud mediocre. Al contrario, aprovecha cada momento de tu existencia. Conoce gente, rodéate de buenos amigos más que de cosas materiales. Arriésgate y date cuenta que aunque no tengas el control de todo, siempre podrás controlar la actitud que tienes ante la vida. Y siempre dale un sentido. No necesita ser el mismo a lo largo de toda la vida, pero no dejes de tenerlo. El día que le hallamos perdido el sentido a la vida será en día en que habrá dejado de valer la pena vivirla.

  • ¿Existen «Beethovenes» en nuestros días?

    febrero 3rd, 2023

    I. Allegro ma non troppo, un poco maestoso

    Ayer asistí al concierto de la primera temporada de 2023 de la Orquesta Sinfonica del IPN. El programa, como explicaba el director Enrique Barrios, tenía como número cabalístico el nueve e incluía el Danzón 9 de Arturo Márquez y la Sinfonía N° 9 de Ludwig van Beethoven.

    El Danzón 9 es reciente, apenas del 2017 y, se nos narraba que, coincide con la época del muro de Trump. Según esto, el compositor indica que arranca «con furia» y después se torna una melodía más tranquila que refleja la bondad del pueblo mexicano. Duración: menos de 15 minutos.

    Hubo un intermedio, en lo que la orquesta se reagrupaba y daba paso al coro de poco más de 70 hombres y mujeres. Al frente: soprano, mezzosoprano, tenor y barítono. Arrancaba una pieza que duraría más de una hora.

    II. Molto vivace

    A mi lado derecho había dos señores ya avanzados de edad, quizá en sus sesentas o un poco más. Por su apariencia y su conversación podría suponer que quizá se dedican a la docencia. Antes de iniciar el concierto, la charla giraba en torno a otra persona, un conocido de ambos, que al parecer es cristiano. Se quejaba uno de ellos, no de su religiosidad, sino la actitud de superioridad moral que mostraba. Luego, cuando el programa inició, callaron y escucharon pacientemente.

    Alguna vez, hace unos doce años, asistí a escuchar Carmina Burana. En 2012 acudí a ver Nabucco de Giuseppe Verdi en Bellas Artes. Recuerdo haber disfrutado ambos. Sin embargo, lo que quiero decir, es que, mi contacto con la música clásica y el canto, si bien puede estar arriba del mexicano promedio, es también ridículamente escaso. Lo que escribo a continuación lo hago con atrevimiento, con ignorancia y, honestamente, con poca investigación. Cavilaciones de medianoche.

    El caso es que, a la media hora de la sinfonía, comenzaba yo a batallar con la pesadez de los párpados. Me sentía relajado, luchaba por mantenerme despierto y giraba constantemente mi cabeza procurando encontrar otro rostro cómplice que me hiciera sentir menos mal. Dirigí mi mirada hacia los viejitos en silla de ruedas de los pasillos apostando que hallaría a alguno de ellos perdido. «¡Demonios, ambos están despiertos!», me dije para mis adentros. Y no hallaba el momento de que el coro comenzara.

    III. Adagio molto e cantábile

    El coro comenzó y disipó de inmediato mi sueño. Disfruté el resto. La sinfonía terminó y llovieron los aplausos por minutos. Fueron tantos que el director regresó y volvimos a escuchar el pedazo final. ¡Magnífico trabajo! Estamos hablando de casi unas 150 personas, entre coro y orquesta, llevadas por un director que misteriosamente mueve su batuta para dirigirlas y todos juntos ejecutar una obra coordinada casi a la perfección. No solo eso, cada uno de los miembros es un personaje que se ha especializado por años en una habilidad que ahora realiza con proeza, sea su voz o un instrumento. Verlo, oírlo, vivirlo es, sin duda, una maravilla.

    Uno de los viejos que están sentados a mi lado le dice a su compañero: «No es fácil escuchar una pieza así. Un joven fácilmente te aguanta unos 15 minutos y se va». No lo decía con soberbia. Hablaba de otro evento al que habían asistido, al parecer un día anterior, y que era algún tipo de jolgorio en el centro de la Ciudad. No hablaba con menosprecio, finalmente daba a entender que habían asistido y era otra faceta de la música y la cultura. Sin embargo, se refería a esos jóvenes, de esas fiestas y decía que la mayoría no te aguanta un concierto así. Luego decía que es un trabajo que lleva su tiempo, educar el oído, desarrollar cierta inclinación y, por supuesto, estar en contacto con ese tiempo de música.

    No pude más que asentir mentalmente con él. De paso me prometí que en cuanto pueda, regresaré uno de estos días llevando a mis sobrinos y a ver qué pasa. Luego, en el camino de regreso, dándole aún vueltas a aquella conversación, me pregunté si hay todavía «Beethovenes» en nuestro tiempo.

    IV. Presto

    Probablemente muchos dirán que sí y citarán a algún compositor relevante de nuestros tiempos. Sin embargo, mi pregunta va más enfocada a si estos compositores hacen un esfuerzo cercano a lo que hacían estos músicos de la antigüedad, si se siguen haciendo obras tan grandes y descomunales como en el pasado y si aún tienen la misma demanda.

    De pronto se me viene a la mente una comparación quizá un tanto burda. En el pasado se construyeron catedrales u obras arquitectónicas impresionantes que implicaron una cantidad absurda de trabajadores, incluso esclavos. No se contaba con las herramientas ni la tecnología de ahora. Y quizá por todo eso, son tan sobresalientes hoy. Todo ese trabajo y riqueza invertidos. Y creo que podemos entender por qué tampoco se hace algo semejante en la actualidad. Ningún millonario o nación contemplaría iniciar la construcción de otra Basílica de San Marcos, con sus mosaicos pintados a mano y sus aplicaciones de hojas de oro, o construir otro Taj Mahal con sus piezas de mármol esculpidas a mano. Serían, creo yo, impagables y nada redituables. Y si acaso se hicieran con los mismos materiales, pero usando, ya no la mano humana, sino tecnología y automatización, entonces no tendrían el mismo valor que sus antecesores.

    ¿Sucede lo mismo con estas sinfonías? ¿Son comparables las actuales con las que se hacían en el pasado, o sencillamente ya no se emprenden semejantes empresas porque han dejado de ser redituables?

    Pienso a la vez en el público, la mayoría de las altas esferas sociales, que alguna vez acudió a estos teatros y palacios a sentarse en sus palcos y lo contrasto con la audiencia actual. ¿Se aburrían también algunos de ellos? ¿Acudían por mera pose? ¿Alguna opulenta jovencita anhelaba no estar ahí y mejor escabullirse a escuchar al «conejito malo» de su época?

    Como sea, me inclino a pensar que aquellos tiempos se han esfumado y difícilmente podemos hablar de un Beethoven moderno o sinfonías semejantes. Y quizá no está del todo mal. Quizá gracias a ello estas sinfonías han conseguido el mayor sueño del ser humano: volverse inmortales y perdurar en la eternidad.

  • Misa de Medianoche

    enero 17th, 2023

    El fin de semana me enganché con Misa de Medianoche (Midnight Mass), una serie de Mike Flanagan transmitida por Netflix. El final es bueno, aunque su ejecución no tanto, sin embargo, me mantuvo entretenido. A continuación, aviso que habrá spoilers.

    En un pequeño pueblo enclavado en una isla ficticia de algún punto de Estados Unidos, llega como reemplazo del anterior y viejo sacerdote, un tal monseñor Pruitt, el carismático padre Paul Hill. Rápidamente se gana el corazón de una comunidad absorta en sus problemas cotidianos y consigue en poco tiempo renovar el fervor. Un momento decisivo es cuando milagrosamente Leeza Scarborough, la hija del alcalde, que quedó postrada en una silla de ruedas, vuelve a andar.

    Por el tráiler y algunos comentarios, yo suponía que este personaje resultaría ser un impostor, y que los sucesos milagrosos se explicarían, o bien como trucos o bien como algo más obscuro o sobrenatural. Quizá el personaje, «una cabra en piel de oveja», sería un mismísimo emisario del Diablo y por eso las misas acabarían siendo a medianoche.

    No resulta exactamente así. En el episodio 5 y el 6, quizá los mejores de la serie, se revela que el monseñor Pruitt, en una visita a Tierra Santa, se encuentra con un ser alado al que confunde con un ángel. Se trata en realidad de un vampiro pues, si prestamos atención a sus alas, veremos que son idénticas a las de estas criaturas, aunque, si no me equivoco, en la serie nunca se menciona la palabra «vampiro» como tal. Este vampiro le chupa la sangre y gracias a este contagio y un proceso que se va revelando poco a poco, el personaje rejuvenece, regresa como el padre Paul a la isla y, eventualmente completa su transformación en un vampiro (aunque sin alas como el iniciador). Una vez efectuada la transformación, el personaje debe protegerse de la luz del sol para evitar ser quemado. El padre Paul considera esta especie de resurrección y renovación como un don divino, motivo por el cual regresa a la comunidad (junto con el vampiro alado que se mantiene todo el tiempo oculto) para compartir los beneficios de su descubrimiento. Luego, en secreto, en el vino para la eucaristía, les proporciona a los feligreses sangre contaminada que es la que explica los milagrosos sucesos, incluyendo la curación de la hija del alcalde.

    Finalmente, la película adquiere una trama similar a las de este género: un grupo de sobrevivientes se sacrificará para evitar que los vampiros salgan de la isla y extiendan su dominio por el mundo. Hablemos ahora de algunas cosas que me gustaron.

    Abunda en referencias religiosas

    Ya en otras ocasiones se ha vinculado ciertos milagros y personajes bíblicos con historias de zombies, vampiros, brujas y demás. Para algunas definiciones, Jesucristo fue un algún tipo de zombie, por ejemplo. En REC, se explotan las similitudes de una infección zombie y una posesión demoniaca. Aquí la intersección de un ángel y un vampiro resulta curiosa e interesante.

    A esto se le suman una buena cantidad de citas bíblicas aludiendo a la sangre y la misa eucarística, así como las que hablan de la resurrección, el fin del mundo, para adaptarlas, reinterpretarlas y validar la trama de los vampiros. Se invierte bastante tiempo en las misas y cantos religiosos y todos funcionan muy bien para construir la historia. ¡Ah! Y, por si fuera poco, cada episodio lleva el nombre de un libro de la Biblia que se ajusta bastante bien a lo que veremos en dicho episodio. Por supuesto, el último episodio se tiene que llamar Apocalipsis, y esto, en parte asegura que, no es una serie que exija una segunda temporada, cosa que me parece muy buena noticia.

    Un personaje que se lleva la serie es Bev Keane, la fervorosa y santurrona católica que no falta en cada iglesia y que se la pasa juzgando a los demás (Todos conocemos al menos una). Conoce la Biblia «al derecho y al revés» y es el brazo derecho del padre. Ella es una de las primeras en descubrir «la verdad» sobre el padre Paul, pero lejos de revelarla o intentar hacer lo correcto, lo que esperaríamos de una buena cristiana, se mantiene del lado del padre y lo encubre. Nada alejado de la realidad, solo que, si en la serie son vampiros, en la vida real quizá se trate de mal uso de dinero, abuso de menores u otros pecados graves que la clase clerical sí se da el lujo de cometer. En fin, la hipocresía, dicen por ahí.

    La obcecación de Bev es total, al grado de eventualmente tomar el liderazgo sobre el mismo padre. Su fanatismo finalmente conduce a la comunidad a las consecuencias trágicas. Y claro, aquí se hace un guiño directo a historias bien conocidas de suicidios colectivos y ataques perpetrados por sectas.

    Un tema secundario, pero no menos irrelevante, es la inclusión de una familia monoparental que practica el islam. Se trata del sheriff y su hijo. Ambos, al ser minoría, son muy respetuosos de las prácticas de la comunidad, sin embargo, hay una conversación interesante entre Bev y el sheriff cuando este último siente que se ha cruzado la línea de tolerancia al tratar de «evangelizar» a su hijo en la escuela. Finalmente, gracias al renaciente fervor que se vive, el hijo del sheriff comienza a decantarse por el catolicismo y al sheriff no le queda otra más que aceptarlo a regañadientes. Aqui los temas serían el respeto a otros credos y en qué punto se puede o debe cruzar esa línea. Por otro lado, desde una perspectiva personal, resalta la obligación que cada hijo tiene de no quedarse con la religión de sus padres como mero acto de herencia, sino hacer una elección consciente y convencerse de sus creencias cuando llega a determinada madurez. Así lo afirma Mike Flanagan, quien dice que la serie es un proyecto «profundamente personal» y que retrata su infancia instruido fervorosamente por sus padres como católico pero que eventualmente se encaminó al ateísmo.

    Personajes con claroscuros

    La serie invierte tiempo en desarrollar sus personajes y armar la historia. El resultado es que amplifican ciertas cuestiones morales o filosóficas. Tenemos por ejemplo a Riley Flynn, el hijo mayor de una familia y que recién salió de prisión por matar a una mujer al conducir en estado de ebriedad. Su culpa se hace manifiesta al soñar continuamente con dicha mujer. Como parte de su rehabilitación, debe atender sesiones para alcohólicos con el padre Paul y en ellas suceden diálogos interesantes que giran en torno a la culpa y el por qué Dios no impide el sufrimiento.

    En determinado momento, y a fin de liberarlo de la culpa, el padre Paul convierte a Riley en vampiro. Resulta que, y esto es algo interesante de la serie, los vampiros pueden ejercer bastante grado de autodominio y raciocinio, su condición no les impide incluso hacer juicios morales. Por eso, mientras que Paul espera de Riley un fiel discípulo, lo primero que Riley hace al salir oculto en la noche, es acudir a buscar a su exnovia Erin y llevarla a dar una vuelta en un bote en la madrugada. En el recorrido, Riley le pide a Erin que, por inverosímil que resulte lo que está a punto de contarle, le prometa que le va a creer. Enseguida Riley le cuenta lo que le ha pasado y le revela que ahora es un vampiro chupasangre. Erin, confundida, cree que Riley la ha aislado para que, incapaz de huir, ella pueda ser su siguiente víctima, pero, está equivocada. Riley le dice que la sigue amando y le pide a Erin que, cuando vuelva a tierra, huya de inmediato del pueblo. La luz del amanecer comienza a salir y Erin contempla, incapaz de hacer algo, como Ridley se enciende en llamas y se reduce a cenizas.

    Cuando el contagio se ha extendido por todo el pueblo, varios de los habitantes, ahora convertidos en vampiros, eligen conscientemente no atacar a sus familiares o chuparles la sangre, lo cual lleva implícito que tarde o temprano morirán. Es una decisión difícil porque en todo momento, su instinto les demanda el consumo de sangre. Algunos incluso terminan ayudando a la resistencia. El hijo del Sheriff, que se ha convertido en vampiro, incendia el centro de recreación que los vampiros han elegido para refugiarse cuando salga el sol y el mismo padre Paul reconoce, al final, que ha cometido un grave error, se arrepiente y sin intentar ponerse a salvo, permanece a la espera de la salida del sol para ser eliminado.

    Un pequeño toque racional o científico

    Me gusta cuando en estas películas sobrenaturales se hace un esfuerzo, aunque sea mínimo, de darles un sustento lógico o racional. En este caso, dicho ingrediente lo brinda la doctora del pueblo, Sarah Gunning. Es ella la que infiere que debe de haber algo en la sangre que induce los efectos milagrosos y que rebasada determinada cantidad, detona el proceso de transformación. Su teoría también intenta explicar por qué el feto de Erin, que inicia la serie estando embarazada, se desvanece misteriosamente.

    No es excelente, pero si recomendable

    La serie no es perfecta. En general puede resultar un poco lenta. No me parece ni que tenga mucha acción ni mucho terror. Quizá principalmente algo de suspenso. El final me parece bueno, pero transcurre con cierta lentitud y la continuidad de algunas escenas se siente torpe o confusa, por no decir el actuar de algunos personajes (la madre de Riley cortando su garganta para ganar tiempo, Bev incendiando todo el pueblo a sabiendas de que están aislados, entre otras cosas). Pese a ello, me parece una opción bastante recomendable y que seguro podrás disfrutar un fin de semana.

  • Libros que leí en 2022

    enero 5th, 2023

    Este 2022 pude cumplir mi reto Goodreads de leer 14 libros. Hubo una racha en la que incluso pensé que conseguiría más, pero no ocurrió. En parte se debió a que casi al final del año me enfoqué en ver montones de videos de YouTube (la mayoría bastante educativos) y hartas películas y series como ya tenía rato que no hacía. Adicionalmente, entre artículos en línea y hojas sueltas, hay mucha lectura que me aventé este año, aunque no se vea reflejada, así que me puedo sentir satisfecho. Pasemos ahora sí con los libros.

    La lista y las reseñas completas las pueden leer en mi perfil de Goodreads, si desean añadirme. En definitiva, el menos relevante de mi lista sería Pesadillas para cenar de José Madero. Soy honesto, lo compré solo porque me he vuelto muy fan del cantante; pero pues, es un libro X, una historia muy boba de terror dirigida al público juvenil. El mismo autor ha dicho que los hace porque sabe que se venden bien y de hecho acaba de sacar un segundo libro con el mismo estilo.

    Los siguientes en mi lista serían La ciencia de la ciencia ficción, que es un audiolibro que analiza la ciencia que se muestra en las películas y qué tan fuerte es el respaldo científico y qué tan probable es que se pueda volver una realidad. No está mal, pero quizá no llegó en mi momento adecuado. Por cierto, su autora, Eric Macdonald, es una astrofísica que ha trabajado como consultora científica de franquicia Star Trek, lo que quizá explica porque las alusiones a esta serie abundan en el audiolibro. En el mismo nivel pongo a Alimentación Fit-Inteligente, este es un libro electrónico del doctor y creador de contenido Santiago Espinosa. Es un buen libro, con el mejor respaldo científico, y la verdad me ayudó mucho cuando estuve implementando el ayuno intermitente, así como mi regreso al gym. Lamentablemente, como libro electrónico, tiene muchas deficiencias: enlaces que no sirven, ilustraciones de mala calidad, mala organización, en fin, errores de alguien que se está iniciando en la escritura de libros.

    El siguiente en mi lista sería Apología de Sócrates. Se trata de un clásico, escrito por Platón, discípulo de Sócrates, que se centra en el discurso que el filósofo pronunció como defensa ante el tribunal de Atenas, acusado de corromper a la juventud y de no creer en los dioses. Declarado culpable y obligado a elegir su castigo, Sócrates elige morir como mártir, bebiendo la cicuta. «Quizá me dirá alguno: ¿No tienes remordimiento, Sócrates, en haberte consagrado a un estudio que te pone en este momento en peligro de muerte? A este hombre le daré una respuesta muy decisiva, y le diré que se engaña mucho al creer que un hombre de valor tome en cuenta los peligros de la vida o de la muerte. Lo único que debe mirar en todos sus procederes es ver si lo que hace es justo o injusto, si es acción de un hombre de bien o de un malvado».

    Mejorando las charlas es un libro de autoayuda para fomentar las pláticas superfluas que pueden terminar por convertirse en conversaciones significativas. Tiene buenas sugerencias, aunque a los retraídos como yo siempre nos termina por fallar la ejecución. Hábitos Atómicos es otro buen libro de autoayuda que disfruté bastante. Está bien estructurado y distribuido, incluye resúmenes al final de cada capítulo y presenta una propuesta sólida con la intención de moldear nuestro comportamiento. Hablar con extraños no es exactamente un libro de autoayuda, pero contiene puntos valiosos. Podría resumirse en una colección de situaciones donde la interacción entre extraños acaba terriblemente mal, tan mal como un asesinato, un suicidio o una violación. Las interacciones con extraños siempre son necesarias, así que el autor analiza lo que sale mal y el aprendizaje que dejan estas situaciones. Muy recomendable.

    Entre los libros autobiográficos, hay cuatro, aunque uno lo dejaré para el final. Tenemos Vigilancia Permanente, de Edward Snowden y que recomiendo bastante en vista de lo complejo que se está volviendo navegar en el ciberespacio y los temas de privacidad que cada día cobran más relevancia. Debe quedarnos claro que, en Internet, siempre nos están vigilando. Con Orgullo Prieto tengo mis reservas. Coincido en muchos puntos con la lucha que Tenoch y otros están haciendo contra el racismo, pero no dejan de convencerme sus formas. De cualquier forma, lo recomiendo para abrirse al diálogo. Ante todo, no hagas daño, es un recuento de historias del neurocirujano británico Henry Marsh. Básicamente para decirnos que, aunque no lo parezca, los doctores también tienen sentimientos y que a veces también les duele ver morir a los pacientes, pero deben aprender a sobrellevarlo y continuar. Estuvo regular.

    Entramos a la recta final. El cuerpo humano: Guía para ocupantes y Una breve historia de casi todo son del mismo autor, Bill Bryson y, honestamente, son buenísimos. Un buen ejemplo de lo que los textos de divulgación científica deberían ser: digeribles y entretenidos. El resultado es que, uno quiere más. Por supuesto, Bill Bryson no es científico, sino escritor, un escritor apasionado por estos temas. Así que el rigor científico de algunas afirmaciones no sea tan sólido, pero creo que le permite al lector despertar la suficiente curiosidad para indagar más. A lado de ellos pongo Imparables de Yuval Noah Harari. Esta es una versión resumida, dirigida a un público joven, de su obra Sapiens. Y al igual que las otras dos citadas antes, cumple muy bien su objetivo de enganchar al lector y despertar su curiosidad. Esta va acompañada de buenas ilustraciones y un diseño que me ha gustado. Las tres obras son totalmente recomendables.

    Deje para el final Conexiones de Karl Deisseroth. Es un libro complejo que estuvo a punto de abandonar. Me costó mucho trabajo pasar del principio e incluso tuve que releerlo varias veces, pero finalmente me cautivó bastante. Además, es un libro que habla de una tecnología quizá aún en pañales, pero con un potencial tan grande que puede resultar incluso aterrador: la optogenética. Algunos experimentos con ratones arrojan resultados que solo hemos visto en películas: el control de su ira, entre otros comportamientos, con un simple rayo de luz. En cada capítulo, Deisseroth, que es psiquiatra, se enfoca en un desorden mental y aborda lo que, en parte, la optogenética ha permitido desvelar al respecto sobre ese misterioso órgano que es nuestro cerebro. Creo que ha sido el favorito de este año.

    Con eso concluyo. Ya veremos cómo nos va en este 2023

  • Twitter

    noviembre 16th, 2022

    En una de sus más recientes entradas del boletín de correo de Honos, al cual estoy subscrito, su autor describe así su experiencia con Twitter:

    Gracias a Twitter descubrí EBE y con ello a Luis, Benito y Jose Luis. Años después, rediseñé su marca y la gráfica de varias de sus ediciones. Gracias a ellos conocí a Abel, a Antonio, a Rafa, a Ana. También, por aquel entonces, conocí a un jovencísimo Manu. Gracias a él conocí a Fernando y gracias a él diseñé Aplazame. Un día Fernando me preguntó por Ana y luego ella entró en Aplazame. Años después, Ana me presentaría a Marisa, gracias a la cual ahora trabajo en Devengo y de vuelta con Fernando. En medio de esto, gracias a Twitter, Eloi conoció mi trabajo y me dio la oportunidad de diseñar mi primera aplicación para iOS. De eso hace ya 10 años y Eloi es mi mejor amigo en Barcelona. Gracias a Eloi conocí a Adrià, a Arol… gracias a ellos conocí a mucha gente en Barcelona. También por entonces y gracias a la red del pájaro, conocí a Marta y Javi. Les ayudé a montar un pequeño evento mensual sobre diseño web. Allí conocí a Arantxa, a César, a Karina… gracias a Karina conocí a Javier, y ahora me deja dar clases en su escuela.

    Podría escribir párrafos y párrafos mencionando a cientos de amigos, compañeros, jefes, clientes, colaboradores… llevo un 35% de mi vida en Twitter. Un 60% de mi vida adulta. No concibo internet sin ese lugar. Sin las personas. No es el check, es la gente.

    Honos

    Al leerlo, me siento un tanto identificado. Lo he dicho antes, llegué tarde a Twitter porque no lo veía útil. Me uní, para ser exacto, un 22 de mayo de 2009. Los blogs todavía vivían su apogeo y no me parecía que el microbloging tuviese algo relevante por ofrecer, cuando finalmente obtuve mi cuenta, lo hice muy escéptico. Sin embargo, gracias a Twitter pasaron cosas maravillosas en mi vida, en especial entre los años 2010 y 2011. Conocí gente increíble y varios de ellos se volvieron buenos amigos. Gracias a Twitter conocí a Miguel López (y también a mi querido Duva) y por Miguel, supe de los Super Happy Dev House, a los que asistí con asiduidad varias veces. También, gracias a él, me enteré de la primera Hackspedition; un viaje que me permitió ir al corazón de Silicon Valley y conocer importantes empresas tecnológicas por un precio ridículo (pagué mi boleto de avión y algunas comidas y transporte). Recuerdo que la invitación sonaba tan irreal que, casi estaba seguro de que se trataba de una estafa, pero Miguel me convenció de que iba en serio. Además, aquel era un evento para «hackers» y me preguntaba si yo tenía un lugar ahí. Escribí a uno de los organizadores, César Salazar (que también se volvió una gran amistad) y transcribo hoy parte de su respuesta:

    Desde nuestro punto de vista, ser hacker no representa un cierto nivel técnico sino una actitud y forma sustancial en la que trabajas y resuelves problemas. Creo que te sentirás identificado con el grupo.

    Y así fue. Puedo decir que se trató de una experiencia increíble que cambió mi percepción de muchas cosas. Pero, sobre todo, el mayor impacto fue la interacción humana. Éramos, la mayoría, unos desconocidos que nos tratábamos por primera vez, pero que nos sentíamos conectados por los intereses en común y ese espíritu «hacker» del que tanto hablaba César. Varios nos hospedamos en hogares de norteamericanos a los que aquella noche que llegamos conocíamos por primera vez. Y ahí estábamos, unos latinos desconocidos, invadiendo su casa y su privacidad. Se respiraba un ambiente de fraternidad tan honesto, que vencía barreras culturales y raciales, y que, pocas veces será posible encontrar. En aquella ocasión, visitamos las oficinas centrales de Twitter y conocí a Britt Selvitelle, miembro fundador.

    Cuando el siguiente año se organizó la expedición a Nueva York, no lo dudé en volverme a alistar. De nuevo conocimos grandes empresas y startups, e hicimos más amistades. En esa ocasión, Britt había viajado desde San Francisco y también nos acompañaba (recién había dejado Twitter ese año). Compartiría hospedaje con él y César, y con Santiago Zavala viviríamos momentos inolvidables.

    Nuestro hospedaje en NY, con Jeduan, Britt y César. Copyright. Santiago Zavala

    Aunque yo no me subí al tren de las startups que surgiría inmediatamente después en México, y que definitivamente marcaron el inicio de una nueva era y un nuevo ecosistema en el país, me siento privilegiado por ser un humilde testigo ocular de aquellos momentos.

    Los nombres y las anécdotas podrían continuar. Evidentemente también hubo cosas que salieron mal y amistades que se perdieron en el camino. Eventualmente, el paso del tiempo y el cambio de circunstancias ha hecho que me distancie presencialmente de muchos de aquellos amigos y contactos, aunque intento por diversas redes sociales o, a veces, incluso por las noticias, mantenerme al pendiente de ellos y sus logros. Aunque los veo poco, les guardo un sincero cariño y aprecio.

    Cada uno de aquella generación tendrá su propia versión, pero parece que varios coincidimos en que, en algún punto, a medida que la red creció y se unió gente con antecedentes más diversos, la «personalidad» de Twitter cambió y perdió su atractivo original. Se unieron más empresas, celebridades y políticos y, si bien al principio parecía positivo, un efecto colateral fue que se comenzaron a formar bandos y polarizaciones mucho más marcadas. En mi caso, a esto se sumó mis problemas de ansiedad en 2015, que me obligaron a alejarme, desconectarme, al menos por un tiempo de todas estas interacciones.

    En la actualidad, Twitter no solo me parece poco interesante, sino que ha llegado a convertirse en un ambiente tóxico y estresante. Debes andar con cuidado por lo que escribes y el enfrentamiento puede estar a un tuit de distancia. Mi sentir respecto a cómo cambió Twitter se parece al que expresaba Edward Snowden con respecto a el Internet de los 90’s:

    En la década de 1990, internet aún no había caído víctima de la mayor injusticia en la historia digital: el movimiento protagonizado por Gobiernos y empresas para vincular lo más íntimamente posible, el personaje online de un usuario con su identidad jurídica offline. Antes, un niño podía conectarse un día y soltar cualquier tontería muy gorda sin tener que rendir cuentas por ello al día siguiente. Quizá no parezca el entorno más sano imaginable en el qué crecer, pero es precisamente el único entorno en el que es posible crecer. Con esto quiero decir que las oportunidades de disasociación que nos dio el primer internet fomentaron en mí y en la gente de mi generación, la capacidad de cambiar nuestras opiniones más enraizadas, en vez de limitarnos a ahondar en ellas y defenderlas cuando alguien las ponía en entredicho. Dicha capacidad de reinvención suponía no tener que cerrarnos de mente y elegir un bando, ni cerrar filas por miedo a hacer un daño irreparable a nuestra reputación. Los errores que se castigaban con rapidez, pero se rectificaban con igual rapidez, permitían avanzar a la comunidad y también al «infractor». Para mí, y para muchos, eso significaba libertad.

    Vigilancia permanente, Edward Snowden

    Con la reciente adquisición de Twitter por Elon Musk, el futuro de la red social es una gran incógnita. Musk tomó el control y, de inmediato, cortó cabezas y despidió una gran cantidad de empleados. A los sobrevivientes les ha suspendido el trabajo remoto y les advierte que tendrán que trabajar a marchas forzadas. No sorprende, es el mismo estilo maquiavélico que ha ejercido en sus otras empresas. Entre sus objetivos principales están los de hacer rentable a la empresa, permitir una mayor libertad de expresión y combatir los bots de spam. No suena tan mal, pero tratándose de una persona tan competitiva, que no duda en el enfrentamiento frontal con sus detractores, habrá que ver lo que esa libertad de expresión significa. Además, la lección de Facebook y Cambridge Analytica dejó claro que las redes sociales pueden convertirse en excelentes herramientas para manipular a la población en la política, por ejemplo, y algunos nos preguntamos si Elon Musk no acabará dándole un uso parecido a esta red social.

    Otra posibilidad es que sencillamente Twitter fracase. El mismo Musk no descarta la posibilidad de ir a la quiebra. A diferencia de la opinión de Honos, en este momento la desaparición de Twitter tendría poco impacto en mi vida. Mi dependencia a las redes sociales es mínima. Rara vez escribo en Twitter y no elimino la cuenta porque la uso como un «termómetro» social. Exploro las tendencias de vez en cuando y reviso cada que suena la alerta sísmica u ocurre algún accidente a mis alrededores para indagar qué tanto se habla del asunto. No creo que el fin de Twitter sea el fin del microbloging, así es que con seguridad creo que otra red social eventualmente ocupará su lugar. De ser así solo me restará darle las gracias. Gracias por aquellos momentos y gente maravillosa que pude conocer a través de Twitter.

  • «Mocoman»

    septiembre 9th, 2022

    «Maestra pide disculpas tras haber solicitado a alumnos llevar semen a clase» decía el título de la nota periodística. Según dicha nota, la profesora habría hecho dicha petición con fines meramente académicos, para analizar mediante un microscopio las características del espermatozoide. De inmediato me viene a mi mente una vieja anécdota, quizá un tanto curiosa y perversa, pero que, solo una vez platiqué a un amigo y hoy la hago más pública.

    Antecedentes

    Por ciertos azares del destino, cursé la secundaria en una escuela privada. El instituto originalmente solo impartía el bachillerato, pero incursionó en la educación secundaria y la mía resultó ser la segunda generación. Para ubicar un poco lo que viví, les cuento dos breves anécdotas.

    El primer día, cuando llegó la hora del receso, mi clase y yo, acudimos a la cafetería y de inmediato fuimos objeto de lo que hoy se catalogaría como «bullying» por parte de los alumnos de bachillerato. Muchos compañeros huyeron al oír las burlas, pero yo, que en cierta forma había sido educado para aguantar ese tipo de comentarios, me acerqué al mostrador. Mi altura no me ayudaba, tenía 12 años y siempre había sido de los más bajos de la clase así que, al llegar, un chico grandulón me tomó por la cintura y como si fuese un infante, me cargó y me sentó en el mostrador. Todos comenzaron a reír y yo solo les seguí la fiesta. El chico que atendía la cafetería, aunque también se mostraba divertido con lo que pasaba, fue amable y me atendió. Después de un rato de risas y que yo compré mis cosas, el interés en mi se perdió y todos se calmaron. El tipo que me había cargado procedió a bajarme y pude salir tranquilo e ileso. Hasta hoy, lo recuerdo como algo gracioso, más que traumático. Debido a aquella experiencia, el director de la institución decidió cambiarnos el horario del receso a los de secundaria para tener uno diferente a los de bachillerato.

    La segunda anécdota terminó un poco peor. Recuerdo que un grupo de alumnos de bachillerato llegaron a nuestro salón e intentaron acorralarnos. La mayoría de mis compañeros salió corriendo, pero yo de nuevo lo tomé con calma. En realidad, la mayoría de ellos quería asustarnos, más que golpearnos. Un grupo de ellos se arremolinaron a mi alrededor y comenzaron a hacerme preguntas intentando burlarse. En realidad, no pasó a mayores, excepto porque uno de ellos tomó tierra de las jardineras y me la metió por atrás del pantalón en el trasero. Recuerdo que el resto de ellos lo regañaron y le dijeron que «se había pasado de lanza». De nuevo salí ileso, excepto porque tuve que irme a sacudir el trasero.

    Y en general, así fue siempre. Nunca tuve miedo o me sentí intimidado por las burlas, en esos momentos solo me preocupaba mi integridad en caso de que se pusieran violentos.

    Eran mediados de los noventa y la institución impartía clases de computación, lo cual era una ventaja con respecto a las escuelas públicas. En los laboratorios de cómputo, aún con monitores monocromáticos, aprendí a programar en BASIC, mecanografiar en el teclado y hacer escritos en rudimentarios procesadores de texto para luego imprimirlos en impresoras de matrix de puntos. Usamos disquetes o discos flexibles, primero de 5¼» y después de 3½». Jugábamos Digger, Pac-Man, Tetris, Space Invaders entre otros, los cuales podíamos elegir entre modo «lento» o «rápido» gracias al botón de «Turbo» que incluían aquellos modelos de computadoras para permitir que el procesador alternara entre dos frecuencias de trabajo. La realidad es que ya para aquel entonces, aquellas computadoras y juegos, resultaban un poco viejos. Las PCs con monitores de color ya existían y también juegos con gráficos a colores. Windows 95 estaba a punto de ver la luz y, de hecho, fue el sistema operativo que tenía la primera computadora que me compró mi padre. Se trataba de una computadora «armada» que compramos en negocios de judíos en Polanco, que era algo bastante común en ese entonces.

    Al contar con una computadora mucho más moderna, pude introducirme a juegos más «sofisticados» como Dangerous Dave y Prehistorik. Y resulta que el que me los pasó fue un chico que le apodaban «Mocoman». Mocoman cursaba en ese entonces el bachillerato y, desconozco la razón, tenía una computadora con monitor a color en uno de los laboratorios de la escuela. No recuerdo cómo fue la primera conversación, pero, dada mi timidez, es probable que él hubiese tomado la iniciativa. Aquel chico estaba lejos de ser un nerd o cerebrito. Fumaba (a los de bachillerato se les permitía fumar en los patios) y por su vestimenta, conducta y habla seguramente no era una amistad que mis padres habrían aprobado. Lo cierto es que en nuestras pláticas lo que predominaba era el tema de las computadoras, pues era lo que teníamos en común.

    El controvertido acuerdo

    El primer día que usamos los microscopios en la clase de biología, yo estaba bastante entusiasmado. Creo que vimos gotas de agua sucia y luego las células de una hoja. La profesora nos dijo que, si se nos ocurría alguna otra cosa para verla en el microscopio, podíamos llevarla en la siguiente clase y ella nos dejaría observarla.

    Y una de las primeras cosas que pasó por mi mente, fue que quería ver los espermatozoides. Por supuesto, yo sentía demasiada pena de llegar la siguiente clase acompañado de «mis hijos». Incluso me parecía demasiado vergonzoso hablar con los compañeros de clase y tratar de convencer a alguno de que proporcionara tan preciado material. No deja de parecerme inverosímil algunos comentarios que leí, en la nota periodística que compartí al inicio, donde varios expresan que en su época de estudiantes los voluntarios no faltaron. Incluso algunos mencionan haber ido al baño en ese momento a conseguir «la muestra». Sea verdad o mentira, lo cierto es que, como ya se habrá podido percibir, al menos yo en aquella época, manejaba un cierto nivel de inocencia e ingenuidad.

    El único al que me atreví a hablarle del tema fue a Mocoman. Algo que hoy posiblemente suene alarmante es que, recuerdo que varias de mis pláticas con él ocurrían mientras los dos estábamos solos en alguno de los salones. Quizá justo aquella intimidad y confianza hizo que le comentara mi inquietud. Y cuando le dije que me interesaba conseguir algo de semen, de forma muy tranquila respondió: «Yo te lo traigo». Luego me platicó, así a grandes rasgos, que el fin de semana vería a su novia, tendrían relaciones, me juntaría su semen y me lo traería congelado. Por supuesto que accedí de inmediato. Además, él no puso alguna condición o precio a cambio. Yo estaba tan ilusionado que hubo preguntas importantes que nunca cruzaron por mi mente. Por ejemplo: ¿cómo me lo traería? ¿realmente aún serviría después de estar congelado? y, quizá la más importante: ¿qué explicación le iba a dar a la profesora?

    El siguiente lunes, resultó que Mocoman no traía mi encargo. No recuerdo la excusa que me dió, pero supongo que fue algo como «se me olvidó» ó «fíjate que siempre ya no vi a mi novia». Comencé a darme cuenta de que había pecado de ingenuo y creo que ya no volví a insistir. Pese a ello, a él lo seguí tratando. Pero así quedaron truncados mis sueños estudiantiles de ver los benditos espermatozoides.

    Reflexión

    Cuando examino la situación a varios años de distancia, no puedo evitar hacerme algunos serios cuestionamientos y tratar de responder de la forma más honesta posible. Para empezar, nunca supe por qué el apodo de Mocoman, pero es bastante probable que hiciera alusión a los «mecos», es decir, el semen.

    ¿Tenía su amistad conmigo algún tipo de intenciones escondidas? No lo sé, pero nunca me pareció que tuviera una mala intención conmigo y nunca me tocó o intentó abusar de mí. Lo cierto es que, en aquella ocasión, no perdió la oportunidad para alardear sobre lo que haría con su chica y ser un tanto explícito en los detalles. Quizá encontraba cierto placer o morbo en platicar de sexo con alguien de 13-14 años. No podría asegurarlo.

    Y yo, ¿pasé por alto algunas señales? Considerando mi ingenuidad, a veces sospecho que quizá sí, pero afortunadamente nunca pasó a mayores. Lo digo porque durante mi época en la secundaria sí estuve expuesto a asuntos sexuales y de drogas mucho más fuertes que el promedio de otras escuelas. De hecho, considero que fueron tan feos que casi es un tema del que poco me gusta hablar. Ni siquiera conservo contacto con algún excompañero y de alguna forma es un episodio que suele mantenerse cerrado en mi vida.

    Finalmente, ante los criterios actuales, aquella experiencia tendría muchos puntos para ser reprobable. Dos chicos metidos solos en un salón escolar, uno menor de edad, probablemente sería un problema. Y si mi pedido hubiese llegado y le hubiese contado la historia a la profesora, quizá también me hubiera metido en un problemón.

    De Mocoman, ignoro qué fue de él. No sé si terminó su bachillerato o sencillamente se fue. Nunca lo volví a ver después de la secundaria.

  • Ferrocarriles Nonoalco

    mayo 18th, 2022

    Sospecho que, debido a lo antiguo del relato, así como a lo difusa que se va a volviendo la memoria con el paso del tiempo, no todos los detalles que cuenta mi padre necesariamente son veraces, pero los principales son genuinos.

    Dice que, por allá de los 60s, él y su hermana, acompañaron a su padre (mi abuelo) a recoger su herramienta a los talleres de ferrocarriles de Nonoalco, lugar donde por mucho tiempo trabajó mi abuelo. Resulta que los talleres iban a cerrar y para muchos trabajadores, que habían dejado ahí gran parte de su vida, avanzados ya en años, representaba también prácticamente su jubilación. El fin de una era.

    Era como medio día cuando comenzó a sonar el gran silbato de la fábrica que, otrora señalaba los horarios e incluso se alcanzaba a escuchar en las zonas aledañas, incluidas, según comenta mi padre, La Raza, donde ellos vivían. En esta ocasión, el sonido era distinto, mi padre lo describe como un lamento. En ese momento dos trabajadores se desplomaron, algunos se acercaron rápido a brindar ayuda, pero, según comenta, murieron ahí en el taller, abrumados por el impacto de la realidad. El taller era su vida y al cerrarlo, sus vidas se fueron con él.

    Pongo en tela de juicio la cantidad o incluso si efectivamente murieron. Mi padre dice que haber tenido 10 años, aunque haciendo un poco de investigación, calculo que debió tener un poco más. Del taller, efectivamente encuentro referencias, incluso fotografías en algunas mediatecas de internet, pero no más detalles. El tema salió hablando del sobresalto que puede constituir perder el trabajo, más si la noticia se recibe de súbito.

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