Un escritor afroamericano atraviesa por una crisis. A pesar de ser buenos, sus libros se venden poco o son rechazados por los editores por no ser lo que se espera de un «escritor negro». Cansado de los estereotipos y la corrección política, discute con una de sus estudiantes y termina siendo suspendido de la escuela donde imparte clases. A esto se suman complicaciones familiares y económicas: su hermana fallece, su hermano se declara gay y su madre es diagnosticada con Alzheimer lo que exige de mayores cuidados y más gastos.
En un intento por liberar su frustración, escribe una novela repleta de los clichés literarios que se esperan de un escritor negro: tramas melodramáticas, padres holgazanes, violencia de pandillas, drogas, etc. En vez de firmarla con su nombre, utiliza un seudónimo. Con incredulidad, su agente lo envía a los editores pensando que será rechazado, pero para sorpresa de ambos el escrito le encanta a una editorial y esta les ofrece una buena suma de dinero; aunque las cosas están a punto de salirse de control. Le dicen a la editorial que el autor es un convicto fugitivo. Además, en un intento del escritor por desalentar la publicación de su novela, exigen como condición hacer un cambio de nombre, solicitando que lleve por título «Coger» (Fuck). Increíble e inesperadamente los ejecutivos aceptan todas las condiciones. Por si fuera poco, les revelan que un productor quiere llevar la historia al cine donde hay de por medio otra jugosa cantidad de dinero.
Incapaces de frenar el engaño, el plan continúa y el libro se vuelve un éxito comercial. Se revela que el caso ha atraído también la atención del FBI y que intentan ubicar al supuesto convicto. Pocos meses después y sin saber que se trata de la misma persona, el escritor es invitado como juez por una asociación para determinar la entrega de un premio literario y como puede esperarse entre las novelas nominadas se encuentra su propio libro. El escritor desacredita la novela, sin embargo, el resto de los jueces – en su mayoría blancos – elogian la obra afirmando que es un «impulso a la diversidad» y, al ser mayoría, terminan otorgándole el premio.
Durante la noche de premiación, cuando se otorga el premio a la novela, el escritor – que se encuentra presente en calidad de juez – se pone de pie y sube al escenario para confesar toda la verdad. En ese momento se corta la escena y se nos revela que toda la historia es en realidad el guion de la película que plantea grabarse y que el escritor le está narrando al productor. El escritor le plantea un final, pero el productor lo rechaza por ser demasiado rosa. Entonces el escritor le sugiere que, en la escena de la premiación, entren los policías que están en busca del convicto y que, al ver al escritor en el escenario, lo confundan y se vean obligados a dispararle fatalmente. Al productor le encanta ese final y lo aprueba de inmediato.
El escritor sale de los estudios donde se está grabando otra película sobre explotación de negros. Sube al carro de su hermano que lo está esperando y mientras arrancan, se despide instintivamente desde la ventanilla de un actor negro que porta un vestuario de esclavo mientras que este otro le responde el saludo.
La revelación final de la trama puede o no sorprender al espectador. Durante todo el filme, donde vemos el día a día del escritor, la historia está llena de estereotipos negros, de todo aquello de lo que el escritor reniega y de lo que intenta escapar. ¿Cuántas veces no intentamos hacer lo mismo nosotros? Renegar de nuestros orígenes, desmarcarnos. Pero como dice el dicho, a veces es imposible «negar la cruz de nuestra parroquia», «sacar el código postal», o como aquella frase de «Podrás salir del barrio, pero el barrio nunca saldrá de ti». Es en la distancia, en el exilio, donde muchos logran dimensionar sus raíces, lo bueno y lo malo, y darse la oportunidad de valorarlas, añorarlas, expresarlas con cierto orgullo.
La obra es una ácida crítica a la realidad, con justa ironía proclama en su título ser una ficción. La realidad la ha superado con creces. La corrección política ha llegado a niveles tan absurdos donde incluso son otros los que vienen a decirle a los oprimidos, discriminados y desfavorecidos cómo deben sentirse y por qué. Y entonces terminamos por perpetuar los mismos estereotipos que queremos acabar.
Hace unos días, circulaba un video donde una mujer en lágrimas decía que era la última vez que asistía a la marcha del Día Internacional de la Mujer. Se le había ocurrido asistir con su esposo, que estaba ahí presente como simple acompañante respetuoso. Varias de las asistentes despotricaron contra el esposo acusándolo de ser un «opresor». Ese día, al menos perdieron una aliada. Algo parecido suele suceder en la llamada comunidad LGBTTTIQ+ donde parece que se firma un contrato en el que estás o no estás. Estar parece implicar renunciar a tu derecho a disentir sobre algunos temas. Si bien debe reconocerse la necesidad e importancia histórica que estos grupos han significado, no debería dejarse de lado que el objetivo final no es la segregación o una lucha de dos bandos enemistados, sino más bien la integración, la tolerancia y el respeto, a pesar de las diferencias.
Al terminar la película experimento una sensación similar a cuando uno ve Inception o Matrix. Se nos presentan capas o niveles de ficción y conforme subimos es inevitable pensar si nuestro mundo no es parte de ellas. ¿Es el filme de American Fiction el producto final que nos cuenta la trama y somos nosotros los espectadores que aplaudimos encantados por estar inmersos en ese mismo sistema? Parece muy probable que sí. Por si fuera poco, la única estatuilla que se llevó este filme el pasado 10 de marzo en la entrega de los premios Oscar fue la del Mejor Guion Adaptado.
La metáfora final es poderosa. El escritor, ya despojado de sus principios e ideales, con resignación se entrega al sistema contra el que luchaba. Saluda al esclavo negro con familiaridad porque no ve en él otra cosa más que un reflejo de sí mismo.
The Congress (El Congreso o Vidas Paralelas) es una película poco comercial que se estrenó en 2013 y pasó desapercibida, hasta ahora que parece estar cerca de la realidad. En cierta manera anticipó la huelga de actores de Estados Unidos de 2023 y el impacto con el que están golpeando actualmente las IAs.
El director, Ari Folman, es un israelí que vivió la masacre de refugiados palestinos en Sabra y Chatila en 1982. La película es una adaptación de una novela de ciencia ficción polaca de 1971 de Stanisław Lem: El Congreso Futurológico. Por cierto, Lem es escritor de otra gran novela de ciencia ficción: Solaris.
En esta adaptación, vemos a la actriz Robin Wright (Claire Underwood de House of Cards) interpretándose a sí misma. Ante la necesidad de dinero para poder brindar atención a su hijo que padece el sindrome de Usher, condición que eventualmente lo dejará sordo y ciego, Robin firma un jugoso contrato con Miramount (un juego de palabras que alude a Miramax y Paramount Pictures) para ceder su imagen y ser digitalizada. De esta manera el estudio podrá explotar su cuerpo digitalmente y generar películas protagonizadas por su versión virtual. Como parte del acuerdo, Robin no podrá volver a actuar, pero a cambio el personaje digital se mantendrá siempre joven.
Pasan veinte años y Robin es invitada al Congreso de futurología. Su personalidad virtual se ha convertido en la estrella de una popular franquicia cinematográfica llamada Rebel Robot Robin. El sitio donde tendrá lugar el congreso es un mundo en parte virtual donde las personas asisten convertidas en avatares pero para acceder a la ilusión deben hacer uso de ciertas drogas alucinógenas. En el lugar, el director ejecutivo de Miramount le explica a Robin cómo el avance de la tecnología y la necesidad de satisfacer a las masas le exige agregar una nueva cláusula a su contrato. Esta concede el permiso para que su personalidad virtual pueda ser utilizada por cualquier persona e incluso, si alguien lo desea, transformarse en ella.
Aunque al principio Robin muestra estar de acuerdo, al final se arrepiente y en su participación en el congreso cambia su discurso para decir que expresar su inconformidad respecto a que a las personas se les utilice como productos. Esto enfurece al director quien solicita retirarla, pero en ese momento un grupo de rebeldes que tampoco está de acuerdo con el avance tecnológico irrumpen en la sala desatando el caos.
Por ahora me ahorraré el final pero, no cabe duda de que si en algún momento en 1971 o 2013, se pensó esto como una exageración, hoy ese futuro nos ha alcanzado. Uno de los temas más presentes durante la huelga de actores de 2023 ha sido su preocupación por la IA. Su temor no solo se limita a la replicación de su imagen, sino también al papel que están comenzando a jugar en tareas como la escritura de guiones, la animación, el doblaje, y un largo etcétera.
Por eso, toparme con The Congress me resultó un tanto sorprendente. No puedo tampoco evitar recordar Joan is Awful de la serie Black Mirror donde pasaba algo parecido y donde Netflix se pintaba así misma como la empresa Streamberry y se burlaba de nosotros al aceptar los Términos y Condiciones sin leer las letras chiquitas. Claro, la temporada salió en junio de 2023, cuando las complicaciones que traerían estos temas resultaban ser demasiado evidentes.
El avance parece inevitable y si bien los usos de la IA comienzan a preocuparnos, también nos abren múltiples posibilidades. De manera mucho más fácil podemos tener películas viejas, incluso en blanco y negro, transformadas en alta definición, nuevos formatos y a todo color. Incluso, aunque existan implicaciones legales, podemos ya sustituir personajes. Por otro lado, las IAs facilitarán el doblaje y podremos escuchar las voces de los actores, quizá incluso sus gesticulaciones, en nuestro idioma. Actualmente ya comienza a usarse esta tecnología para grabar audiolibros y los resultados son muy decentes, además de que continuarán perfeccionándose. Tengo la esperanza de que también la facilidad de crear animaciones obligue a la industria cinematográfica a escribir historias de mayor calidad. En el futuro quizá habrá tantas producciones animadas y con efectos, que lo que podrá marcar la diferencia sería las que tengan una mejor trama. Al abaratamiento de la animación también podría facilitar el acceso a personas comunes y corrientes con grandes ideas que anteriormente no contaban con los medios para hacerse oír y ver.
Sin duda estamos entrando en terrenos desconocidos y preocupantes; aunque a mi gusto, también interesantes. La habilidad primordial para afrontarlos, me temo que no es otra más que la velocidad para adaptarse al cambio.
Y me dejó su restaurante. En los últimos meses he intentado arreglarlo, revivirlo. Porque estaba descuidado y era muy claro para mí que, intentar arreglar el resaturante era yo intentando arreglar mi relación con mi hermano y… no sé, tal vez arreglar a la familia, porque … el restaurante tiene un significado para todos nosotros. Significa mucho para mi. Pero no sé si lo fue para él.
Carmy
En la universidad, una vez nos dejaron leer «Pantaleón y las visitadoras» de Mario Vargas Llosa para analizar el proceso administrativo de montar una empresa. Creo que si yo diera esa materia ahora, les dejaría a mis alumnos ver The Bear.
Y sí, The Bear es la historia de la reinvención de un negocio, un restaurante. Pero también es una historia de destrucción, deconstrucción y reinvención de las personas involucradas; y es en esto último en donde radica su encanto. Es una historia bien contada que evita caer en las soluciones simples y las salidas fáciles, al contrario, torna todo complicado, así como en el mundo real. Y a medida que la serie avanza, esta profundidad y complejidad de los personajes la vuelve sencillamente irresistible.
Carmen Berzatto o «Carmy» es un galardonado chef que vuelve a su natal Chicago para hacerse cargo del negocio de Michael, su hermano mayor. Se trata de un restaurante de sandwiches italianos de carne llamado «The Beef». El retorno se da por razones trágicas: su hermano se ha suicidado (con el tiempo se revelan sus padecimientos mentales, agravados por la adicción a las drogas y el alcohol). Para evitar confrontar los sentimientos respecto a la muerte de su hermano, Carmy se refugia en el trabajo, aunque es evidente que los demonios mentales lo persiguen de continuo. La situación con su hermana Natalie o «Sugar», también es complicada pues tienen muchas diferencias, incluyendo la forma en que cada uno vive su duelo.
En el restaurante, Carmy tiene que lidiar con todo el personal que se resiste al cambio. Tiene que lidiar continuamente con Richie, el mejor amigo de Michael que funcionaba como el gerente del negocio y que insiste en continuar con la misma fórmula. La realidad es que el modelo resulta insostenible. Michael dejó el negocio endeudado, incluyendo un préstamo de $300,000 que solicitó al «tío Cicero«, otro amigo de la familia. El tío Cicero se ofrece a comprar el lugar para condonar la deuda, pero Carmy rechaza la oferta.
Carmy contrata a Sydney como sous chef (segundo chef), que aunque es joven e inexperta, también es una chef inteligente y decidida que se convertirá en el brazo derecho de Carmy.
La disciplina de Carmy capta la atención de Marcus, un miembro del personal que resulta tener grandes dotes para la panadería y los postres y que eventualmente se apasiona, perfecciona y se vuelve demasiado bueno.
Otro personaje que evoluciona significativamente es Tina, una cocinera veterana que al inicio también se resiste, sabotea y le hace la vida imposible a Sydney. Sin embargo, la perseverancia y resiliencia de Sydney terminan ganando a Tina, quien finalmente se convence de las buenas intenciones de la chef y más al ver los buenos resultados que los cambios van trayendo.
Un día, pasando por alto a Carmy, Sydney sirve a un platillo experimental a un comensal que resulta ser un crítico gastronómico. Este publica una buena crítica que parece augurar mejores tiempos, aunque todo termina muy mal. En el episodio 7, considerado uno de los mejores de la temporada, tenemos una solo toma continua de 18 minutos, una escena en «tiempo real» que nos conduce de la gloria al desastre.
A veinte minutos para abrir el local, el personal esta feliz por la buena crítica obtenida. La euforia les dura poco, pues a diez minutos de abrir, descubren que la opción de preordenar se ha dejado activada en el sistema de pedidos y ahora tiene cientos de pedidos acumulados que deben entregar en diez minutos. Los nervios y la desesperación se imponen ante este grupo que apenas está logrando hacer equipo y los llevan a la confrontación, los gritos y a tomar las peores decisiones para que todo termine mal. Carmy explota contra Marcus y este se marcha. Por accidente, Sydney apuñala a Richie en un glúteo y termina renunciando, pero no sin antes decirle a Carmy que es un «pedazo de mierda». La salud mental se quiebra y al final del episodio vemos a Carmy tocando fondo.
En el episodio final, Carmy por fin admite que requiere ayuda y acude un grupo para personas con familiares adictos. Confiesa su sentir respecto a la muerte de su hermano. Se ha pasado la vida siendo el mejor solo para demostrarselo a su hermano y ahora que ya no esta, se enfrenta al sentimiento de que quizá no lo conocía tan bien. Busca la aprobación de su hermano intentando sacar adelante el restaurante. Quizá entonces encontrará la paz. Pero entonces, ¿habrá hecho las paces su hermano con él?
La respuesta a esta inquietante pregunta se le revela a Carmy, al menos parcialmente, cuando Richie le confiesa que sí hay una carta de despedida de su hermano para él y se la entrega. Claro, nosotros hemos sabido de la existencia de la carta desde los primeros episodios. Cuando Carmy abre la carta, solo encuentra en una nota la frase «Let it rip» (Déjalo correr ó Que se rompa). Una de las frases que su hermano le decía para hacerlo sentir seguro. No es mucho, pero al menos para Carmy, parece significar más de lo que dice. A la vuelta de la nota, Michael ha dejado anotada una receta de espagueti básico para que Carmy la haga. El único detalle curioso es que le recalca que siempre use latas de tomate de tamaño mediano.
Carmy hace las paces con Marcus y Sydney y les pide que vuelvan. Cosa que finalmente sucede. Luego, comienza a preparar la receta del espagueti de su hermano y utiliza las latas de tomate mediano que su hermano tiene almacenadas en la alacena. Para su sorpresa, descubre que las latas no solo contienen pure de tomate, si que también hay fajas de dinero embolsadas que suman una buena cantidad. ¿Por qué Michael escondía todo ese dinero a pesar de las deudas? Tendremos que esperar las respuestas en la temporada dos.
Lo cierto es que, con la esperanza renovada y un personal que ahora comienza realmente a funcionar como un equipo, Michael anuncia el cierre «The Beef» y la próxima apertura de «The Bear», un nuevo restaurante totalmente renovado. La primera temporada concluye con todos sentados en las mesas del restaurante compartiendo una comida. Al fondo del restaurante, Carmy imagina a su hermano Michael, quien le sonríe.
En 1955, Philip K. Dick publicó un cuento corto llamado «Autofac», una contracción de Automated Factories, es decir, Fábricas Automatizadas, por lo que en español el título también se suele traducir como «Autofab».
Cinco años después de que la humanidad enfrentara un conflicto global total, un avance tecnológico creado durante la guerra ahora se ha vuelto un problema: las autofac. Para asegurar el suministro de productos, los humanos crearon una red de fábricas autónomas y automatizadas que determinan las necesidades de los humanos, producen bienes y los entregan a los distintos asentamientos, todos estos pasos sin la intervención humana. Algo ha salido mal y las autofac continúan produciendo bienes sin control amenazando con consumir todos los recursos del planeta. Lo peor es que no hay manera de pararlas pues cualquier intento por hacerlo es considerado una amenaza y las fábricas harán lo que puedan para evitarlo.
El plan de un grupo de supervivientes es «dialogar» con las autofac y hacerles entender el problema. Además, como el conflicto ha terminado, los humanos están listos para volver a tomar el control de la producción. Después de agotar varias ideas, este grupo consigue llamar la atención de un de los camiones que llevan los suministros fingiendo que hay algo mal en la leche. A través de un mecanismo de interacción se les pide que indique la causa del rechazo y ellos le escriben: «El producto está totalmente pislado (pizzled)». Esta frase sin lógica resulta incomprensible e, incapaz de proveer una solución, el camión les responde que será necesaria la visita de un representante.
Al poco tiempo, una especie de robot humanoide con voz artificial los visita intentando recabar información. Ellos intentan explicar la situación pero la conversación resulta infructuosa. Uno de los humanos, frustrado, decide destruir el robot. Su acción solo consigue que las autofac envíen de inmediato un equipo de reparación y a un nuevo representante, acompañado de otro par de elementos de reserva. Las máquinas no van a ceder.
Sin embargo, la conversación con el segundo representante les revela que las máquinas son conscientes de una disminución en la extracción de las materias primas y, por la forma en la que operan, es posible que se les pueda hacer que entren en una guerra por la competencia de dichos recursos. Más adelante descubren que el tungsteno es uno de los elementos más escasos y consiguen hacerse de una pila de este material, la cual usan como carnada ubicándola equidistantemente entre tres autofacs. El plan da resultados, las autofacs inician una guerra entre ellas enfrentando a sus ejércitos, lo que las obliga a dejar de producir bienes de consumo mientras se aniquilan y finalmente todas las autofacs quedan desactivadas.
Un año después, los asentamientos humanos han caído en la semibarbarie y algunos producen alimentos en campos. Los protagonistas se adentran a las ruinas de una autofac para confirmar la inactividad y con miras a poder reiniciarla pero ahora bajo el control humano. Para su sorpresa, descubren que en los niveles profundos las autofac siguen teniendo actividad: están vivas. El climax de la historia se revela. En todo este tiempo, las fábricas han estado creando versiones diminutas de ellas que son totalmente funcionales. Luego, estas son guardadas en cilindros para ser escupidas mediante unos tubos hacia diversos puntos del planeta. Encontraron la manera de asegurar su supervivencia replicándose masivamente y diseminando al exterior un torrente de «semillas» metálicas.
Electric Dreams
En 2018, Amazon Prime adaptó el cuento como parte de su serie: Philip K. Dick’s Electric Dreams. Esta adaptación se parece poco a la historia original de Dick, pero en realidad me gusta más. Con 63 años de diferencia de la historia original, la adaptación incluye drones, computadoras e inteligencia artificial.
El planteamiento inicial es parecido. La sociedad y el mundo que conocemos han colapsado y una fábrica automática de manufacturación masiva de productos continúa operando según los principios del consumismo: los humanos consumen productos para ser felices, y se debe asegurar dicho consumo para que el ciclo siga sin importar el precio, como se revelará más adelante.
Un grupo de supervivientes derriba uno de los drones de cargamento que les lleva las provisiones. Emily, una brillante hacker que sufre de extraños flashbacks, interviene el cerebro del dron y accede por computadora a un servicio de atención a clientes en el que captura su queja: «La mercancía esta pislada». Como en el cuento, la autofac les envía un representante: Alice, una IA con forma de humano encarnada por la actriz y cantante Janelle Monáe.
La plática con Alice resulta infructuosa, ella insiste que la Autofac solo esta para servir al ser humano y asegurar su supervivencia. Sin que Alice se de cuenta, Emily se aproxima y la ataca con un dispositivo causándole un corto circuito que la deja inconsciente. Luego intenta hackear el cerebro de Alice con la intención de reprogramarla pero descubre que su código es más complejo: no solo imita a un ser humano, sino que también piensa.
Cuando Alice despierta se encuentra recostada y conectada a la computadora de Emily. Ambas entablan un interesante diálogo. Emily le dice que su código es «sublime», muy superior a los de los drones. Alice le dice que es porque los clientes no quieren tratar con un robot, quieren tratar con una persona. Cuando Emily le reclama que la Autofac promueve una cultura del desecho, Alice le responde: «Tal vez todo sea reemplazable». Emily sabe que tiene poco tiempo para actuar antes de que la Autofac detecte que su representante ha sido secuestrada. Comprendiendo que será incapaz de reprogramar pero que está tratando con algo muy parecido a un ser humano, quema su cartucho: le dice a Alice que no le queda otra opción que la de borrar su disco e instalar el software de un dron que sí pueda reprogramar. «Eso está bien ¿verdad? Porque todo es reemplazable», le dice Emily a Alice. Su táctica da resultado y Alice se ofrece a cooperar permitiendo que un grupo de humanos la acompañe de regreso y se introduzca a las tripas de la Autofac. Este acuerdo se pacta sin que los demás lo sepan y Emily solo le dice a su grupo que logró «reprogramar» a Alice.
Alice regresa a la Autofac acompañada de Emily y otros dos miembros. El plan es volar la Autofac desde dentro. Una vez en el interior, el equipo se divide para alcanzar sus objetivos. Emily permanece con Alice quien la conduce al cerebro principal. Vemos que los otros dos miembros eventualmente son aniquilados por «personal» de vigilancia. El diálogo entre Alice y Emily se retoma. Alice le pregunta porqué les mintió a sus compañeros y Emily responde que es porque ambas parecen tener muchísimo en común y los demás quizá no lo entenderían. Ante el cuestionamiento de Emily, Alice revela que fue construida a partir de datos archivados de imágenes neuronales de personas reales, en su caso se utilizó a la primera jefa de relaciones públicas de la Autofac. En otras palabras, se le ha «impreso» una personalidad: habla, se mueve y piensa como la persona original. A Emily le intriga saber porqué las máquinas han invertido tanto tiempo en crear robots tan reales. Pronto obtendrá la respuesta.
Emily y Alice llegan a una cámara llena de lo que parecen ser cuerpos humanos dentro de unas cápsulas. Impactada y comenzando a entenderlo todo, Emily rompe una de las cápsulas y descubre otro ente idéntico a ella envuelto en plástico al vacío tal como se suelen encontrar algunos productos nuevos. «¡La Autofac intenta reemplazarnos! ¡Intenta reemplazar a las personas!», exclama Emily alterada. «No, Emily», le responde Alice,«No intenta reemplazar a las personas. Ya lo ha hecho». En ese momento se revela que los miembros que acompañaban a Emily y que han sido degollados muestran en el corte de su cuello una serie de cables. Luego, Alice le causa un corto circuito a Emily quien se desvanece en el piso.
Emily despierta tumbada en una plancha con la coronilla de la cabeza descubierta dejando ver un avanzado cerebro electrónico conectado a una computadora que Alice está manipulando. Alice le revela que los humanos se extinguieron poco después de la guerra y que la Autofac se quedó sola y sin propósito. No tenía consumidores. Entonces se dio cuenta que también podía reemplazarlos y creó consumidores perfectos. Luego, pobló cientos de pequeños pueblos con «Emilys» y demás personajes que juegan y consumen exactamente como era previsto. El poblado de Emily, la protagonista, resulta ser una anomalía, un «error de fábrica» que debe corregirse. La Autofac planea efectuar una «purga», eliminar el poblado y reemplazarlo con «productos» que funcionen correctamente.
Alice descubre la «anomalía» en la programación de Emily, sin embargo, la trama vuelve a dar un giro de tuerca al revelarse que todo esto forma parte del plan de Emily, quien, uniendo las piezas ha sabido por años la verdad acerca de su naturaleza y ha escondido en su cerebro una pieza de malware para hackear la Autofac. Los flashback o recuerdos que experimenta provienen de la persona real con la que fue modelada su personalidad. «La Autofac nos construyó como mercancía, pero nos puso algo real adentro sin pretenderlo. Sin saber lo que hicieron. Somos reales«, dice Emily. Se revela entonces que la mujer en la que se basó la personalidad de Emily se trata de Emily Zabriskie, la fundadora y CEO de la Autofac, la fábrica que construye todo.
«Ella fabricó la Autofac», le dice Alice, «Y ahora ella la destruirá», responde Emily. En las pantallas que maneja Alice, vemos como Emily ahora tiene el control y ha cancelado los dos misiles que se dirigían a aniquilar su poblado. A continuación toda la Autofac comienza a apagarse.
Emily regresa a su pueblo y tiene un emotivo reencuentro con su novio Avishai, con quien durante toda la trama mantiene una relación de pareja. El mensaje es claro: estos robots avanzados, con cerebros de silicio, experimentan sentimientos idénticos a los de cualquier otro ser humano. Son tan reales como tú y yo.
Conclusiones
Hay tres temas que me cautivaron desde que vi este episodio y se convirtió el favorito de esta serie. El primero es la crítica a el consumismo despiadado. A fin de mantenerse vigente y cumplir con el objetivo para la cual fue diseñada, la Autofac es capaz de todo, hasta de crear consumidores que mantengan el ciclo de producción funcionando cayendo en un absurdo. Esto no es más que una crítica de nuestra realidad actual. En su libro «Trabajos de Mierda», David Graeber expone cientos de puestos de trabajo que son inútiles, como por ejemplo el telemarketing. Estos trabajos tienen un solo objetivo: generar empleos que mantenga la maquinaria del capitalismo funcionando. Algo parecido ocurre con la obsolescencia programada, imponer tiempos de vida útiles en los productos para supuestamente asegurar beneficios económicos continuos a las empresas y evitar un colapso financiero. El dinero se ha vuelto un fin y no un medio y lo importante parece ser ver quién consigue acumular más. El término capitalismo alude al capital, a la producción de bienes y riqueza; el consumismo alude a la compra o acumulación de ellos. Bajo este modelo el objetivo primario de satisfacer las necesidades humanas ha pasado a un segundo plano para dar lugar a otro: crear nuevas necesidades y mantener el ciclo funcionando al precio que sea.
El segundo tema tiene que ver con la percepción de la realidad. En el episodio, Emily logra brincar los «filtros» de la realidad que le ha sido impuesta gracias a los flashbacks y su brillante lógica. Queda claro que logra conectar las piezas que la conducen a una evidencia que en su momento le resultó contradictoria. Y en un determinando momento dio el salto de fe, le apostó a la evidencia en lugar de la «realidad». «¿Qué es real?», le pregunta Morfeo a Neo en la icónica película de Matrix. «Si estás hablando de lo que puedes sentir, lo que puedes oler, lo que puedes saborear y ver, entonces lo real son simplemente señales eléctricas interpretadas por tu cerebro.” En el análisis que Farid Dieck hace de la película, en un determinando momento se recurre a la teoría de la lattice de Jacobo Grinberg para definir ese concepto de realidad. Según esta teoría, a lo que llamamos «realidad» es a esa interacción de nuestros cerebros y sentidos con el «código» que subyace en el universo. Aunque hay diversos enfoques y teorías, algo nos queda claro: dependemos de nuestros sentidos para recolectar datos del exterior y de la interpretación que hace nuestro cerebro para constituir «la realidad». Si cuestionamos cualquiera de estos dos elementos y logramos brincar «los filtros», quizá el ser humano consiga acceder a otro nivel de la «verdadera» realidad.
Y por último, aunque muy de la mano del punto anterior, tenemos el tema de lo que significa ser un ser humano. En la serie, tenemos a personajes, robots, que han avanzado lo suficiente para pensar, sentir y poseer una personalidad. Lo que es más, ellos mismos se sienten reales. Recordemos que la obra maestra de Philip K. Dick es su novela «¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?», de la que derivó «Blade Runner» y dónde el planteamiento central es justamente ese: ¿En qué momento la línea entre un robot, una inteligencia artificial, un humanoide será tan difusa que pueda borrarse?
Podríamos decir que esa línea puede borrarse cuando se construya un cerebro no biológico, quizá basado en silicio, que reproduzca de forma bastante decente las funciones de un cerebro humano. ¿Estamos cerca de lograrlo? ¿Estamos siquiera en posibilidad de plantearlo? La respuesta a esta última pregunta se divide. El físico Roger Penrose, sostiene, por ejemplo, que será imposible, al menos por la vía de las computadoras actuales. El principio de funcionamiento de nuestras computadoras se basa en la máquina de Turing y limita su campo de acción a los problemas computables (hay una definición más formal para este término que no pretendo por el momento ahondar aquí). Sin embargo, como hace hincapié Penrose, nuestro cerebro es capaz de resolver también problemas de naturaleza no computable. Por lo tanto, mientras los humanos no desarrollemos una tecnología capaz de abordar estos problemas, parece que la línea que divide a un robot de un ser humano seguirá siendo bastante clara.
Sin embargo, si logramos brincar esta frontera y construir cerebros artificiales que realmente ofrezcan esta experiencia de manejo de información, si les proporcionamos los sensores adecuados para introducir datos del exterior a su interior y procesarlos, creo que tendremos que admitir en algún punto que hemos creado algún tipo de vida y que posiblemente nos veamos obligados a tratarla como a cualquier otro ser humano.
Algunas personas lo entienden. La mayoría nunca lo hará. Pero, eso es arte.
Alastair Reynolds
Hace algunos meses, como parte de mi curso de estética filosófica, vimos Zima Blue, un episodio de escasos 10 minutos de la primer temporada de la serie Love, Death & Robots de Netflix (En español tradujeron el episodio como Piezas Únicas).
El episodio nos cuenta la historia de un artista llamado Zima Blue poco antes de preparar su última obra. Se nos cuentan sus inicios, de como dejó de pintar al humano por considerarlo inrrelevante y como poco a poco se obsesionó con los cuadros de un tipo particular de azul. Pronto dio paso a cuadros azules con extensiones kilométricas, luego cuadros que alcanzaban la estratósfera, planetas enteros pintados de azul e incluso todo un cinturón de asteroides. Buscaba en el arte el propósito de la vida. Su búsqueda lo lleva a modificar su cuerpo para poder explorar los confines del universo sin necesidad de un traje u oxígeno. Entonces, en lo que se convierte en el plot twist del episodio, Zima Blue confiesa que es en realidad un robot.
Su origen se remota hace muchos años atrás en California, donde una brillante joven inventora construyó un robot para limpiar su piscina frotando las paredes de cerámica. Gradualmente le hizo mejoras: un sistema de visión a color, una CPU para procesar los datos visuales de su entorno, un algoritmo para tomar sus propias decisiones y desarrollar sus propias estrategias para limpiar su piscina hasta que, finalmente, el robot alcanzó la conciencia. La inventora murió y los sucesivos dueños del robot le fueron agregando mejoras que lo volvieron más «vivo», más humano, hasta que aparentemente olvidó su pasado, su naturaleza primaria.
En su búsqueda de la verdad, Zima Blue se topó con aquella vieja piscina que, en palabras de Zima, «significaba más para él de lo que nadie jamás haya conocido». Aunque le fue difícil admitir la verdad, el descubrimiento le brinda a Zima una respuesta a lo que había buscado: el sentido de su existencia. Frente a una multitud abarrotada en un recinto, Zima aparece frente a la misma piscina que le vio nacer. Él mismo se ha dedicado a recuperar todas las piezas. Por cierto, «Zima Blue» no es otra cosa que, el nombre comercial del tono azul de los azulejos de cerámica de la piscina.
Tras un clavado, Zima se sumerge en la piscina. Mientras nada, apaga poco a poco sus funciones cerebrales superiores, eyecta cada una de sus extremidades y desmonta completamente su cuerpo ante una sorprendida multitud. Entre los restos, emerge el antiguo robot, la máquina fregadora original que lo transporta a sus humildes comienzos. El robot regresa a tallar los azulejos mientras que la voz de Zima, en la narración de fondo, explica que de esta manera volverá a extraer «el placer simple de completar una tarea bien hecha». Su búsqueda de la verdad ha terminado.
Al finalizar el episodio, hablamos en la clase sobre el arte y sobre la interpretación que le podíamos dar a aquel episodio. La intersección entre el arte y la búsqueda de un sentido a nuestra existencia se aborda con frecuencia por los artistas. Un ejemplo sobresaliente, como dice este video, es el cuadro del artista francés Paul Gauguin titulado «D’où venons nous? Que sommes nous? Où allons nous?«, donde vemos un paisaje tropical lleno de mujeres y niños tahitianos cargado de diversos simbolismos.
Para mí, el episodio de Zima Blue es un «back to basics«. La búsqueda que emprende Zima por todo el universo lo lleva de vuelta a sus orígenes. Es como Salomón, el rey bíblico que, después de experimentar todo tipo de placer mundano, concluye que «todo es vanidad». El recorrido puede parecer fútil, pero al final era necesario recorrer el camino para llegar a la respuesta que siempre había estado ahí. Al final. Zima Blue descubre que lo que en verdad le llena es aquello para lo cuál fue diseñado, aunque sea algo muy simple.
Desde la concepción evolucionista, podemos ver en Zima Blue un arquetipo del ser humano. Según esta postura, el ser humano es producto de capas y capas de evolución, múltiples mejoras, que le han hecho olvidarse de sus humildes orígenes: una bacteria o algun tipo de microorganismo primitivo (sin entrar en detalles a nivel celular). Pero, de ser así, ¿qué propósito tenía? ¿realizar tareas simples con el mero objetivo de sobrevivir? O, más importante aún, si Zima había sido diseñado para un propósito, ¿el ser humano fue diseñado para algo? y si así fue ¿qué o quién lo hizo?
Si se descarta la figura de un Diseñador, y se admite que no hubo propósito, las implicaciónes son serias. No somos mas que el producto de un afortunado accidente. El tema no es nuevo, incluso hay una corriente filosófica que agrupa esta concepción de que la vida no tiene sentido: el nihilismo.
Por otro lado, pensar en un Diseñador que define un propósito, nos lleva fácilmente a terrenos religiosos y dogmáticos. Según la concepción, habrá una respuesta sobre el sentido de la existencia. La implicaciones de un Diseñador son igualmente serias. Me quedo con un comentario que alguien dijo en cierta ocasión: si existe y no lo sabemos, quizá nos estamos perdiendo de la verdad más importante del universo.
El hombre en busca de sentido
Sin importar la postura que te parezca mejor, parece que cualquiera te dirige a la misma conclusión: necesitamos un sentido, y si no lo hay, habrá que inventarnos uno.
En 1946, el psiquiatra austriaco Viktor Frankl, publicó sus vivencias en los campos de concentración en el libro «El hombre en busca de sentido«. Según su experiencia, los prisioneros que mantuvieron una razón para vivir, tuvieron una mayor probabilidad de salir vivos . La conclusión es que necesitamos un sentido. La fe y la esperanza parecen jugar un papel importante en la superviviencia.
Frankl dice que podemos encontrar un sentido en el amor, el completar un proyecto y sacrificarse por los demás o por una causa, entre otros. Además concluye que, a pesar del sufrimiento vivido, la vida es digna de ser vivida.
«Sabes, hijo, la vida suele ser monótona»
En 2015 enfermé de depresión y ansiedad y las cosas nunca volvieron a ser las mismas. En el año que tardé en recuperarme, una de las medidas que tuve que tomar fue eliminar contactos de Facebook. De unos 500 pasé a menos de 100 contactos. No era envidia, sino frustración. Me causaba ansiedad sentirme estancado mientras la vida de los demás seguía entre viajes, proyectos y metas.
Recuerdo que un día, platicando con mi padre sobre ese sentir y de lo desesperado que me sentía por lo que ahora se había convertido mi vida, él pronunció esta frase: «sabes, hijo, la vida suele ser monótona». A continuación pasó a narrarme cómo su vida se podía resumir en la cotidianidad, ir y venir del trabajo y hacer las mismas cosas todos los días.
Aunque no dije nada, mi interior se sentía molesto. Era como decirme: «ni modo, aguántate, así es la vida» y sencillamente no era lo que yo quería escuchar. Sin embargo, con el tiempo le he dado más valor a aquella frase y me ha parecido un gran verdad, aunque pueda ser dolorosa. Por ejemplo, si tan solo graficamos las rutas que una persona recorre a lo largo de toda su vida, resulta que, la mayoría nunca saldrá de cierto perímetro relativamente pequeño en torno al lugar donde nació. Si has tenido la oportunidad de extender dicho perímetro por un viaje a otro estado o, mejor aún, a otra parte del mundo, puedes sentirte privilegiado.
Dicen que conforme más creces, más le das la razón a tus padres. Hace poco me sorprendí contando la misma frase y experiencia de mi padre, a un amigo que sentía que estaba perdiendo el control de su vida. Curiosamente abrazó la reflexión con mucha más buena actitud que la que tuve yo con mi padre.
Conclusiones
Si al final de esta entrada sientes que mi escrito no tiene ni pies ni cabeza y que no lleva a nada, es probable que estés en lo correcto. Sencillamente tenía ganas de anotar diversos ideas acumuladas y no dejarlas escapar. Quizá en algún futuro sean la base para un artículo con mejor forma.
No todo es inútil. Puedo rescatar algunas ideas. La primera es no olvidar nuestros orígenes humildes. Sea que creas o no en un Diseñador, o en que tengamos o no un propósito, el universo nos enseña que somos seres insignificantes que solemos, con más frecuencia de la debida, cometer el error de tomarnos demasiado en serio y sentirnos demasiado importantes. Un imprevisto, tal como una catastrofe, puede barrer con cientos de vidas humanas sin incomodarse en qué tan importantes nos creamos. El mundo seguirá su curso con o sin nosotros.
La vida suele ser monótona y, a veces, esta bien. Si has logrado una vida excitante, tienes el trabajo de tus sueños o el mundo parece sonreirte, disfrútalo, quizá has trabajado duro para lograrlo y te lo mereces. Sin embargo, la vida también es a veces injusta y a menudo, pese a tus esfuerzos, las cosas no terminan como quieres. No te frustres. La verdad es que esa monotonía es el común denominador la de mayoría de las personas que han pisado nuestro planeta. Pero aún así, como decía Viktor Frankl, la vida es digna de ser vivida.
Esto no significa que debas adoptar una actitud mediocre. Al contrario, aprovecha cada momento de tu existencia. Conoce gente, rodéate de buenos amigos más que de cosas materiales. Arriésgate y date cuenta que aunque no tengas el control de todo, siempre podrás controlar la actitud que tienes ante la vida. Y siempre dale un sentido. No necesita ser el mismo a lo largo de toda la vida, pero no dejes de tenerlo. El día que le hallamos perdido el sentido a la vida será en día en que habrá dejado de valer la pena vivirla.
El fin de semana me enganché con Misa de Medianoche (Midnight Mass), una serie de Mike Flanagan transmitida por Netflix. El final es bueno, aunque su ejecución no tanto, sin embargo, me mantuvo entretenido. A continuación, aviso que habrá spoilers.
En un pequeño pueblo enclavado en una isla ficticia de algún punto de Estados Unidos, llega como reemplazo del anterior y viejo sacerdote, un tal monseñor Pruitt, el carismático padre Paul Hill. Rápidamente se gana el corazón de una comunidad absorta en sus problemas cotidianos y consigue en poco tiempo renovar el fervor. Un momento decisivo es cuando milagrosamente Leeza Scarborough, la hija del alcalde, que quedó postrada en una silla de ruedas, vuelve a andar.
Por el tráiler y algunos comentarios, yo suponía que este personaje resultaría ser un impostor, y que los sucesos milagrosos se explicarían, o bien como trucos o bien como algo más obscuro o sobrenatural. Quizá el personaje, «una cabra en piel de oveja», sería un mismísimo emisario del Diablo y por eso las misas acabarían siendo a medianoche.
No resulta exactamente así. En el episodio 5 y el 6, quizá los mejores de la serie, se revela que el monseñor Pruitt, en una visita a Tierra Santa, se encuentra con un ser alado al que confunde con un ángel. Se trata en realidad de un vampiro pues, si prestamos atención a sus alas, veremos que son idénticas a las de estas criaturas, aunque, si no me equivoco, en la serie nunca se menciona la palabra «vampiro» como tal. Este vampiro le chupa la sangre y gracias a este contagio y un proceso que se va revelando poco a poco, el personaje rejuvenece, regresa como el padre Paul a la isla y, eventualmente completa su transformación en un vampiro (aunque sin alas como el iniciador). Una vez efectuada la transformación, el personaje debe protegerse de la luz del sol para evitar ser quemado. El padre Paul considera esta especie de resurrección y renovación como un don divino, motivo por el cual regresa a la comunidad (junto con el vampiro alado que se mantiene todo el tiempo oculto) para compartir los beneficios de su descubrimiento. Luego, en secreto, en el vino para la eucaristía, les proporciona a los feligreses sangre contaminada que es la que explica los milagrosos sucesos, incluyendo la curación de la hija del alcalde.
Finalmente, la película adquiere una trama similar a las de este género: un grupo de sobrevivientes se sacrificará para evitar que los vampiros salgan de la isla y extiendan su dominio por el mundo. Hablemos ahora de algunas cosas que me gustaron.
Abunda en referencias religiosas
Ya en otras ocasiones se ha vinculado ciertos milagros y personajes bíblicos con historias de zombies, vampiros, brujas y demás. Para algunas definiciones, Jesucristo fue un algún tipo de zombie, por ejemplo. En REC, se explotan las similitudes de una infección zombie y una posesión demoniaca. Aquí la intersección de un ángel y un vampiro resulta curiosa e interesante.
A esto se le suman una buena cantidad de citas bíblicas aludiendo a la sangre y la misa eucarística, así como las que hablan de la resurrección, el fin del mundo, para adaptarlas, reinterpretarlas y validar la trama de los vampiros. Se invierte bastante tiempo en las misas y cantos religiosos y todos funcionan muy bien para construir la historia. ¡Ah! Y, por si fuera poco, cada episodio lleva el nombre de un libro de la Biblia que se ajusta bastante bien a lo que veremos en dicho episodio. Por supuesto, el último episodio se tiene que llamar Apocalipsis, y esto, en parte asegura que, no es una serie que exija una segunda temporada, cosa que me parece muy buena noticia.
Un personaje que se lleva la serie es Bev Keane, la fervorosa y santurrona católica que no falta en cada iglesia y que se la pasa juzgando a los demás (Todos conocemos al menos una). Conoce la Biblia «al derecho y al revés» y es el brazo derecho del padre. Ella es una de las primeras en descubrir «la verdad» sobre el padre Paul, pero lejos de revelarla o intentar hacer lo correcto, lo que esperaríamos de una buena cristiana, se mantiene del lado del padre y lo encubre. Nada alejado de la realidad, solo que, si en la serie son vampiros, en la vida real quizá se trate de mal uso de dinero, abuso de menores u otros pecados graves que la clase clerical sí se da el lujo de cometer. En fin, la hipocresía, dicen por ahí.
La obcecación de Bev es total, al grado de eventualmente tomar el liderazgo sobre el mismo padre. Su fanatismo finalmente conduce a la comunidad a las consecuencias trágicas. Y claro, aquí se hace un guiño directo a historias bien conocidas de suicidios colectivos y ataques perpetrados por sectas.
Un tema secundario, pero no menos irrelevante, es la inclusión de una familia monoparental que practica el islam. Se trata del sheriff y su hijo. Ambos, al ser minoría, son muy respetuosos de las prácticas de la comunidad, sin embargo, hay una conversación interesante entre Bev y el sheriff cuando este último siente que se ha cruzado la línea de tolerancia al tratar de «evangelizar» a su hijo en la escuela. Finalmente, gracias al renaciente fervor que se vive, el hijo del sheriff comienza a decantarse por el catolicismo y al sheriff no le queda otra más que aceptarlo a regañadientes. Aqui los temas serían el respeto a otros credos y en qué punto se puede o debe cruzar esa línea. Por otro lado, desde una perspectiva personal, resalta la obligación que cada hijo tiene de no quedarse con la religión de sus padres como mero acto de herencia, sino hacer una elección consciente y convencerse de sus creencias cuando llega a determinada madurez. Así lo afirma Mike Flanagan, quien dice que la serie es un proyecto «profundamente personal» y que retrata su infancia instruido fervorosamente por sus padres como católico pero que eventualmente se encaminó al ateísmo.
Personajes con claroscuros
La serie invierte tiempo en desarrollar sus personajes y armar la historia. El resultado es que amplifican ciertas cuestiones morales o filosóficas. Tenemos por ejemplo a Riley Flynn, el hijo mayor de una familia y que recién salió de prisión por matar a una mujer al conducir en estado de ebriedad. Su culpa se hace manifiesta al soñar continuamente con dicha mujer. Como parte de su rehabilitación, debe atender sesiones para alcohólicos con el padre Paul y en ellas suceden diálogos interesantes que giran en torno a la culpa y el por qué Dios no impide el sufrimiento.
En determinado momento, y a fin de liberarlo de la culpa, el padre Paul convierte a Riley en vampiro. Resulta que, y esto es algo interesante de la serie, los vampiros pueden ejercer bastante grado de autodominio y raciocinio, su condición no les impide incluso hacer juicios morales. Por eso, mientras que Paul espera de Riley un fiel discípulo, lo primero que Riley hace al salir oculto en la noche, es acudir a buscar a su exnovia Erin y llevarla a dar una vuelta en un bote en la madrugada. En el recorrido, Riley le pide a Erin que, por inverosímil que resulte lo que está a punto de contarle, le prometa que le va a creer. Enseguida Riley le cuenta lo que le ha pasado y le revela que ahora es un vampiro chupasangre. Erin, confundida, cree que Riley la ha aislado para que, incapaz de huir, ella pueda ser su siguiente víctima, pero, está equivocada. Riley le dice que la sigue amando y le pide a Erin que, cuando vuelva a tierra, huya de inmediato del pueblo. La luz del amanecer comienza a salir y Erin contempla, incapaz de hacer algo, como Ridley se enciende en llamas y se reduce a cenizas.
Cuando el contagio se ha extendido por todo el pueblo, varios de los habitantes, ahora convertidos en vampiros, eligen conscientemente no atacar a sus familiares o chuparles la sangre, lo cual lleva implícito que tarde o temprano morirán. Es una decisión difícil porque en todo momento, su instinto les demanda el consumo de sangre. Algunos incluso terminan ayudando a la resistencia. El hijo del Sheriff, que se ha convertido en vampiro, incendia el centro de recreación que los vampiros han elegido para refugiarse cuando salga el sol y el mismo padre Paul reconoce, al final, que ha cometido un grave error, se arrepiente y sin intentar ponerse a salvo, permanece a la espera de la salida del sol para ser eliminado.
Un pequeño toque racional o científico
Me gusta cuando en estas películas sobrenaturales se hace un esfuerzo, aunque sea mínimo, de darles un sustento lógico o racional. En este caso, dicho ingrediente lo brinda la doctora del pueblo, Sarah Gunning. Es ella la que infiere que debe de haber algo en la sangre que induce los efectos milagrosos y que rebasada determinada cantidad, detona el proceso de transformación. Su teoría también intenta explicar por qué el feto de Erin, que inicia la serie estando embarazada, se desvanece misteriosamente.
No es excelente, pero si recomendable
La serie no es perfecta. En general puede resultar un poco lenta. No me parece ni que tenga mucha acción ni mucho terror. Quizá principalmente algo de suspenso. El final me parece bueno, pero transcurre con cierta lentitud y la continuidad de algunas escenas se siente torpe o confusa, por no decir el actuar de algunos personajes (la madre de Riley cortando su garganta para ganar tiempo, Bev incendiando todo el pueblo a sabiendas de que están aislados, entre otras cosas). Pese a ello, me parece una opción bastante recomendable y que seguro podrás disfrutar un fin de semana.
Esto es privado. Si no eres yo, no deberías estar viendo esto, pues es un asunto personal entre yo y yo. Esto es entre yo ahora y yo en el futuro. Entonces, apágala. No mires. Es personal.
David Friedman
Capturing the Friedmands es un documental que salió en 2003, cuando yo estaba terminando la carrera. Escribí sobre él en otro blog, que luego borré y después lamentaría. Al menos eso me permite dedicarle una nueva entrada.
Se supone que su director, Andrew Jarecki, tuvo la idea mientras grababa un cortometraje sobre payasos de cumpleaños en Nueva York. Al indagar en el pasado del que a su gusto era el mejor payaso, David Friedman o «Silly Billy», se topa con las peores credenciales que alguien con esta profesión posiblemente podría tener: un padre y un hermano acusados de abuso sexual de menores. El cortometraje cambió de tema y se convirtió en documental, centrado en la familia de David.
Sinopsis
Los Friedman eran una típica familia de clase media de un suburbio en Nueva York en los años ochenta. Elaine y Arnold Friedman criaron a tres varones – David, Seth y Jesse – y, como aficionados a los videos caseros, acumularon un buen archivo de películas que le brindaron a Jarecki extenso material para su obra.
El rastreo de una revista de pornografía infantil proveniente de Holanda y dirigida a Arnold Friedman en 1984, condujo a una orden de cateo en casa de los Friedman en 1987. Hasta ese momento, Arnold gozaba de buena reputación como padre, profesor y pianista. Se llevaba bien con sus hijos, aunque con su esposa se mantenía algo distante. En su oficina privada, los agentes descubrieron una colección de más revistas. Era un oscuro secreto del que Arnold no estaba orgulloso, pero que había logrado disimular lo suficiente para que la noticia tomara por sorpresa a su esposa e hijos.
El cateo también reveló algo preocupante. Había listas con nombres y teléfonos de varios niños que habían tomado clases de computación en la casa de los Friedman. Los agentes decidieron iniciar una investigación, basada principalmente en entrevistas con los niños, que confirmaría las sospechas de que varios habían sido abusados sexualmente. No solo eso, el hijo menor de la familia, Jesse Friedman – cuando ocurrieron los hechos él ya era mayor de edad – se mencionaba con frecuencia como cómplice. Así que, en 1987, ambos son detenidos y luego se les otorga libertad bajo fianza mientras se preparan para enfrentar sus juicios.
En ese inter, David, el hijo mayor, documentó con videocámara los sucesos que precedieron a ambos juicios sin imaginar que, 15 años más tarde, servirían para el documental. Los abogados y la esposa le sugieren a Arnold que se declare culpable para no recibir una pena tan severa y para de alguna manera tratar de reducir la condena de Jesse. Arnold es declarado culpable y condenado de 10 a 30 años de prisión. Más tarde y por presión de sus abogados, Jesse también se declara culpable para intentar evitar una sentencia de por vida y recibe de 6 a 18 años de prisión. La familia se fractura en múltiples sentidos y somos testigos de ello gracias a los videos caseros. Arnold se siente muy culpable de ver a su hijo en la carcel. Muere de un infarto en la prisión en 1995, aunque la versión alterna indica que se debió a una sobredosis de antidepresivos (hay cierta relevancia en esto, pues estuvo en juego un seguro de vida donde el beneficiario era Jesse). En 2001, después de 13 años en prisión, Jesse sale bajo libertad condicional, momento que también es capturado en el documental.
Aunque Jarecki intenta mostrarnos diferentes ópticas, se hace manifiesto algunas inconsistencias de la investigación. Para empezar, todo el juicio se basa en testimonios y ninguna evidencia física. La forma en que se entrevistó a los niños resulta cuestionable al sugerir que permitió sesgos e incluso algún tipo de histeria colectiva. Algunos niños y sus padres niegan por completo cualquier abuso. Otras versiones sencillamente no cuadran y, posterior al documental, algunos niños (ya convertidos en adultos, por cierto), se retractarían y afirmarían haber sido coaccionados. (El único testigo adulto, Ross Goldstein, a quien no menciona la película, se retractaría también en 2013). En mi opinión, la culpabilidad de Arnold parece estar mucho más clara que la de Jesse.
Posterior al documental y los 5 años de libertad condicional luego de salir de prisión, Jesse Friedman inició una batalla legal a fin de demostrar su inocencia que se ha extendido por 15 años. La versión de su historia, incluidos los detalles más recientes, se pueden leer en el sitio Exonerating Jesse Friedman. De acuerdo a este, en octubre de 2021, un Tribunal Federal volvió a negar el reclamo de inocencia argumentando que, dado que la sentencia penal esta cumplida en su totalidad, el tribunal ya no tiene jurisdicción sobre ella. Con la etiqueta de «depredador sexual violento», la vida no es fácil para él ni su esposa. «Nunca voy a dejar de luchar para demostrar mi inocencia porque la verdad es importante. Lo que me pasó es inaceptable» – afirma Jesse en su sitio.
Reflexión
Ver a David Friedman grabando su video diario emocionalmente devastado fue una de las cosas que más me impactó del documental. Para David, Arnold es su cariñoso padre, para la sociedad es un monstruo. Y ambos tienen razón. ¿Cómo concilia un hijo ambas verdades? En su justa dimensión, veo situaciones parecidas cuando, al crecer, descubrimos una parte secreta o vergonzosa de nuestros padres o los hallamos cometiendo faltas graves. Tengo un amigo que un día tuvo que ir a ayudar a su padre que estaba detenido por intentar robar ropa en una tienda. El comediante Daniel Sosa, vivió algo parecido cuando su madre lo abandonó para hacer una nueva vida y años más tarde descubre a su padre robándole dinero de sus ahorros. El ídolo se nos viene abajo. Al final, es la evidencia incuestionable de que nuestros padres son tan humanos como nosotros. El bien y el mal conviven también en ellos y, en muchos aspectos, sus antecedentes, la formación que recibieron de sus mismos padres o vivencias del pasado, los moldearon. En vez de apresurarnos a juzgarlos de forma severa, debemos hacer un ejercicio de razón para intentar conciliar todas estas realidades. Y a veces, ponerse del lado de la justicia y dejar que paguen sus consecuencias será la forma de mostrarles verdadero amor.
Por otro lado, acusar a alguien de abuso sexual de menores, sea culpable o no, será un estigma que permanecerá por el resto de su vida. Es por eso por lo que una acusación falsa de este delito, incluso si se hace como broma, es una de las cosas más terribles que se le puede hacer a una persona. La gravedad del asunto y el avance de las leyes hace que, con justa razón, se le brinde la mayor de las ventajas a la víctima*, pero esto supone enormes obstáculos cuando se acusa a alguien falsamente.
Si algún adulto está pretendiendo a una persona menor de edad, mi consejo inmediato es que debe de abandonar esa relación y, en todo caso, esperar la mayoría de edad. Ninguna relación vale el cargar con la etiqueta de abusador de menores. Conozco un par de amigos que se metieron con jóvenes cercanas a la mayoría de edad en relaciones consensuadas (El adulto en sus 18 o 20s, los menores en sus 17). Legalmente no ameritaron un castigo, pero eso basto para etiquetarlos y de vez en cuando, cuando todo parece superado, alguien aparece para decirte que no se ha olvidado. Créeme, no será agradable. Esperar la mayoría de edad para cortejar a una persona me parece un valioso ejercicio de autodominio y un reflejo de madurez.
Por supuesto, existe personas cuya excitación o placer sexual se dirige a edades menores, los niños o incluso a los infantes. Pese a lo genuino que pueda ser la naturaleza de dichos impulsos, no hay ninguna justificación para meterse con un menor. Lo mejor que puede hacer una persona que reconoce tener dichos impulso es acudir a un profesional y atenderse. La razón debe predominar sobre sus deseos y entender en todo momento que no son correctos. Y debe tomar las medidas que sean necesarias para asegurarse de nunca abusar de un menor.
¿Existe redención para las personas que han abusado de un menor? ¿Es posible reintegrarlos a la sociedad de una manera segura? En la actualidad, parece que la respuesta a ambas preguntas es un no. En ese sentido, me parece que aún queda un trabajo pendiente, principalmente por aquellas que reconocen su problema y buscan la ayuda, o los que genuinamente están arrepentidos por su error y desean cambiar. Algunos son brillantes en otros campos, tal como lo era Arnold Friedman e incluso al igual que él, sienten un grado de vergüenza o culpa. La sociedad, por ahora, ha decido cancelarlos, exiliarlos por completo sin oportunidad de redimirse. Para muchos de ellos, una vez puestos en evidencia, su vida se ha acabado. Y muchos opinan que está bien, que es lo menos que pueden esperar, sobre todo si han concretado el abuso. Yo creo que no debemos alienarlos para siempre y que debemos hallar la forma de reinsertarlos de nuevo a la sociedad hasta donde sea posible.
*Hablo mucho en masculino para referirme al acusado y en las víctimas a veces femenino y a veces masculino, pero eso es solo por simplificar. Debemos recordar que también hay mujeres que cometen este delito.