La larga marcha

He visto «Camina o muere», la adaptación de La larga marcha (The Long Walk) de Stephen King, su novela de 1979.

La trama es simple. En un distópico Estados Unidos se celebra anualmente la marcha de la muerte, donde los jóvenes se ofrecen voluntariamente para participar en una selección al azar donde se elige a un participante de cada estado para sumar 50 competidores. Cada chico debe mantener un ritmo de 3 millas por hora. De no hacerlo, después de tres advertencias, es aniquilado. La marcha solo termina hasta que queda el último competidor. Este último se convierte en ganador y recibe como premio grandes riquezas y el cumplimiento de cualquier deseo de su elección.

Aunque no es tan extensa (106 minutos), la película me pareció algo aburrida porque casi todo el tiempo vemos esta marcha y cómo se van dando las ejecuciones, tal como se muestra en el trailer. Es solo al final, cuando se van terminando los personajes con los que más empatizamos, que las muertes se tornan emotivas, aunque tampoco sentí una gran conexión.

Por otro lado, las metáforas que plantea esta historia de hace casi 50 años se mantienen vigentes. Se trate del capitalismo, la meritocracia o la vida misma, todos vamos en la marcha de la muerte, inspirados por la narrativa que nos han contado: «nacer, crecer, reproducirse y morir», «superarse», «ser alguien el la vida», «ser el número uno». El premio final es una ilusión, al final todos morimos.

La marcha de la muerte es también una crítica a la deshumanización que vemos hoy en día, de la barbarie como espectáculo. El Estado monta el espectáculo para entretener con violencia a las masas. Por si fuera poco, la película también es una crítica de cómo las sociedades sacrifican a los jóvenes en guerras, industrias, consumismo; y cuando algunos logran abrir los ojos, su vitalidad se ha ido.

¿Podemos escapar de las prisiones que como humanidad nos hemos autoimpuesto?