
Cuatro de agosto. Es el verano de 2015. Anoche llegamos de Lauterbrunnen (Suiza) a Niza (Francia).
Dejamos los francos para volver a los euros. Es también el primer destino en el que parece que nuestro dinero rinde un poco más. Podemos pagar una habitación espaciosa (y vieja) en el Hotel Busby, en lugar de los espacios compactos de hostal que han sido la constante del recorrido.
La cerveza y el vino cuestan lo mismo que el agua embotellada. No desaprovechamos la oportunidad de hacernos de botellas de vino por 4 euros.
Recorremos por la mañana la vieja Niza. El calor es intenso, pero no tanto como nuestra determinación de disfrutar el día. Nos da hambre y comemos kebab en pan pita, que no solo es económico, sino también resulta una delicia para nuestros paladares mexicanos. Además, el dueño del local nos complace con una pasta picante de chile que viene en tubo (como los dentífricos), de la cual no quedó nada.
Luego vamos a la playa a mojar nuestros pies. En vez de arena hay guijarros, por lo que caminar resulta sumamente incómodo. El agua está fría, así que duramos poco tiempo.
Por la tarde salimos en autobús a una visita exprés a Mónaco, pequeño país famoso por sus ventajas fiscales, por el Gran Premio de Mónaco, por Grace Kelly y por su Casino de Montecarlo. Es en este último donde hacemos una parada, y desde fuera observamos un desfile continuo de asistentes en sus carros de lujo.
Regresamos al hotel y ya es de noche, pero el día aún no acaba. Salgo con el pequeño grupo de amigos que hemos hecho durante el viaje y nos dirigimos a la playa. Llevamos las botellas de vino. Al parecer, confundí los vientos de la playa con cierto aire de libertad.
Aquella noche bebimos las botellas y … el viento hizo el resto. Según me cuentan, le declaré mi amor a un compañero. Regresé apoyado en los hombros de dos amigos y estuve cerca de perder mi pasaporte. Por fortuna, alguien se trajo mi mochila. Aunque admito que me llevé un gran susto.