
Lloré mucho con esta película. Me sentí como ver de nuevo «Despertares» (Okuribito, 2008) y miren que la trama es de lo más simple. Una abuela a quien le detectan un cáncer terminal y un nieto desempleado que solo ve en esta tragedia una oportunidad económica: obtener la herencia.
Sí, como habría de esperar, la historia arranca así y sabemos hacia dónde va a evolucionar pero, no es el qué sino el cómo, y la película lo hace magistralmente, con una naturalidad a la que resulta imposible resistirte. El papel que hacen el nieto (Putthipong Assaratanakul) y la abuela (Usha Seamkhum) son tan reales que, pareciera uno penetrar la intimidad de la familia.
Por supuesto, un tema central es la injusta soledad que vive la gente mayor, que frecuentemente hace sacrificios toda su vida a favor de sus hijos y nietos. En cierto momento, la abuela y uno de sus hijos acompañado de su familia acuden a un templo, dentro de la cultura tailandesa, y dejan escrito en notas sus deseos. Todos olvidan a la abuela enferma de cáncer, pero ella no solo pide por su salud, sino por todos los demás.
El final puede parecer predecible, pero contiene algunos giros que sencillamente pueden partirte el corazón como lo ha hecho conmigo. Se agradece que esta globalización o internacionalización de los medios nos pueda dar acceso a filmes no tan comerciales del otro lado del mundo, que nos permitan a la misma vez sentirnos tan diferentes y tan parecidos, tan conectados por los mismos sentimientos que nos hacen ser humanos.
Véanla bajo su propio riesgo.