Películas favoritas: Los edukadores

Quien no es de izquierda antes de los 30 años no tiene corazón, quien sigue siendo de izquierda después de los 30 no tiene cerebro.

Hardenberg

Como dije en mi anterior entrada de esta serie, todas van a tener spoilers. Los edukadores es una película del 2004 que ni siquiera logro recordar cómo la descubrí. Los personajes y escenarios son mínimos y su belleza existe en los diálogos. Admito que solo la he visto un par de veces pues requiere algo de paciencia y estar de humor para verla. Aún así, por la conexión que siento, la considero de mis favoritas.

Sinopsis

Peter (Stipe Erceg) y Jan (Daniel Brühl) son dos amigos que luchan contra el capitalismo y se autodenominan «los edukadores». Como parte de su activismo, se meten a escondidas por las noches a las casas de los ricos que se han ido de vacaciones, pero en lugar de saquearlas, se dedican a desordenar las pertenencias a fin de transmitir a sus dueños una sensación de miedo e inseguridad. Además suelen dejar mensajes como la frase que da título a la película en alemán: Die fetten Jahre sind vorbei, «Los años de abundancia han pasado» (personalmente la frase me recuerda a otra: Mene, mene, tequel, parsin que anunciaba la desgracia que le acaecería a Babilonia).

La precaria situación económica de Jule (Julia Jentsch), la novia de Peter, la obliga a mudarse al mismo apartamento junto con él y Jan. Resulta que Jule está endeudada por 100 mil euros debido a una demanda que perdió luego de haber chocado con el auto de un millonario. Cuando ella le platica su historia a Jan, este le termina confesado el hobby secreto que tiene con Peter y a espaldas de él, Jule y Jan deciden entrar y vandalizar la casa de Hardenberg (Burghart Klaußner), el millonario que demandó a Jule. Por un descuido, Hardenberg los descubre y reconoce de inmediato a Jule. Ellos logran someter a Hardenberg y con la ayuda de Peter, deciden secuestrarlo llevándolo consigo a una casa en las montañas mientras deciden qué hacer con él.

Estando allí, los jóvenes discuten con el millonario sus visiones acerca del capitalismo. Para su sorpresa, descubren que Hardenberg también tuvo un pasado revolucionario al formar parte de la Federación Socialista Alemana de Estudiantes y luchar al lado del mismísimo Rudi Dutschke, un sobresaliente activista del famoso movimiento del 68. Sin embargo, les cuenta que, conforme fue madurando y adquiriendo compromisos, sus preocupaciones cambiaron y tuvo que buscar un buen trabajo y abandonar sus ideales.

A la par de este debate, una relación sentimental comienza a forjarse entre Jan y Jule, lo que agrega tensión a la situación. Sin embargo, al final los jóvenes deciden liberar a Hardenberg y este les promete no tomar represalias y le otorga a Jule una carta donde le perdona la deuda. La amistad logra sobreponerse al triángulo amoroso y la película concluye con ellos tres durmiendo en una cama de un hotel en Barcelona mientras su apartamento en Alemania es allanado por la policía que encuentra las habitaciones vacías.

En la versión extendida, los jóvenes abordan ilegalmente un yate de Hardenberg en algún puerto en el Mediterráneo y se dirigen a una isla donde supuestamente intentarán atentar sobre las torres de señal de televisión que transmiten a la mayor parte de Europa Occidental.

Reflexión

Esta película me recuerda los continuos choques que tenía con mi padre durante mi juventud debido a su postura política tan negativa. De hecho escribí sobre eso en esta entrada sobre él hace algunos años. En parte, su desencanto por la política se debe a que también es producto de la generación del 68, una que el gobierno de México se empeñó en desaparecer, incluso más allá de la trágica matanza y que dejó a mi padre profundamente asqueado de esos años. La otra razón es que ha vivido la mayor parte de su vida bajo lo que Vargas Llosa calificó de «dictadura perfecta», los gobiernos del PRI, que tristemente parecen estar de vuelta con nuevo nombre, pero mismas mañas. Si en aquel entonces escribía que no quería convertirme en mi padre, hoy diría que siento que ya estoy a la mitad del camino.

Como anécdota, un día nuestro grupo de la universidad efectuó una visita a la planta de Siemens México. Por aquel entonces, mi padre había arrancado un pequeño negocio de carpintería con otras personas, pero al intentar llevarlo a la legalidad se toparon con una serie de obstáculos que, como se acostumbra, se suelen remover a base de «mordidas». Fue el fin de aquel proyecto y yo me encontraba sumamente molesto. «¿Quién tiene la culpa de que no progresemos, el gobierno o nosotros?» – me preguntó el representante de aquella empresa encargado de darnos la gira y que estaba por concluir su plática. Aquello era una falsa dicotomía, aunque puede predecirse la respuesta que estaba esperando aquel hombre. En mi malestar, opté por irme por el camino que me haría quedar como mediocre, pero que al menos sentía más real en ese momento. Culpé al gobierno y como era de esperar, el señor despotricó contra mí y me usó de escarmiento. Además, nos costó otra media hora de sermón, lo cual el grupo no tomo nada bien, y el rostro de la profesora, que me contaba entre sus mejores alumnos, no pudo ocultar la decepción. Por supuesto que salí un tanto arrepentido, pero al menos hoy es una historia que me causa risa.

El director de este filme, quien reconoce que es una especie de autobiografía, dijo durante su estreno: «es una película sobre los últimos 10 años de mi vida, queriendo ser parte de un movimiento político y nunca encontrando realmente uno que funcione». No es casualidad que muchos de nosotros nos sintamos profundamente identificados con sus palabras y con el filme. La historia de la humanidad bien puede resumirse a la búsqueda del gobierno perfecto. Hace apenas dos años, Yuval Harari declaraba que el fascismo y el comunismo se había derrumbado y el liberalismo, aunque se debatía entre un gran revés, terminaría por salir airoso. ¡Y qué diferentes lucen las cosas ahora! El mundo está profundamente dividido enfrentando una pandemia y una terrible crisis económica. Pese a ello, creo todavía creo que la política es, como dicen, un mal necesario y que las voces disidentes, por muy irritantes que sean, deben ser escuchadas. Parece que cada día se torna más difícil ponernos de acuerdo, pero la búsqueda sigue y quizá sea ese eterno conflicto lo que mantiene girando este mundo.