Las mentiras de mis maestros

Ya terminé «Los derechos de los malos y la angustia de Kepler» de Luis Gonzalez de Alba. En realidad este libro viene a ser una colección de varios escritos del autor. Una de sus secciones, que también se halla diponible como un libro es «Las mentiras de mis maestros», de la cual hoy comparto unos extractos interesantes.

Nos identificamos con los vencidos y no con los vencedores aunque somos hijos de los dos. Decimos que «ellos», los españoles, llegaron y «nos» conquistaron. ¿Por qué nos llamamos conquistados si también somos conquistadores? ¿No tenemos ojos de todos los colores y pieles de todas las tonalidades? ¿No nos llamos Carlos, Miguel, Antonio, María, Carmen? Nos apellidamos González, López, Payán, Cárdenas, Aguilar, Toledo, Segovia, Cortés. La idílica visión que tenemos del imperio azteca la pensamos en español y cuando insultamos a España la insultamos en español. Un pueblo urgido de psicoanálisis éste, donde, a pesar de tanto indigenismo los indios no pueden levantarse en armas sin que un güerito se lleve los reflectores, fatalidad digna de estudio.

González de Alba sigue relatando como en la escuela se nos enseña que el México de la preconquista es la nación azteca, pero la realidad es que era una mezcla de pueblos subyugados por estos últimos, recién llegados de Mesoamérica, sanguinarios y odiados. Si la conquista hubiera sido producto de Hernán Cortés y su raquítico ejercito contra una ciudad, Tenochtitlán, que poseía medio millón de habitantes, esto en realidad sería motivo de vergüenza. En realidad la «conquista» fue el resultado del odio indígena contra la feroz opresión azteca. Miles de guerreros indígenas tomaron la ciudad y la arrasaron con el mismo odio y la furia del régimen azteca, guiados por Cortés. Asi, el 13 de agosto de 1521cae el imperio azteca. Cortés y sus hombres se vuelven los nuevos opresores por un nuevo periodo de 300 años, hasta que otro español, Miguel Hidalgo, inicie una fallida rebelión para cambiar de opresores y repetir el ciclo hasta nuestros dias

[…] requerimos de dos curaciones, pues pecamos, nueva paradoja, de humildad excesiva y de soberbia altanera; primero, no suponernos el producto humillado de una derrota; luego, no creernos el hijo predilecto de una madre celestial que todo lo resuelve. Somos pobres por nuestros errores, por nuestra historia de violencia y destrucción, por nuestro católico desprecio de la ciencia, base de la industria; asi como no tenemos medallas olímpicas ni ganamos campeonatos de futbol, en primer término por culpa de la virgen, pues si ella quisiera saldríamos vencedores en todo, ¿o no?, y en segundo porque somos un pueblo de panzones para quien el deporte es algo que se ve los domingos por televisión, entre cervezas y carnitas sebosas. Pero ningún taxista admitiría tal explicación: perdemos por mala suerte o por mala fe de los otros.

Aunque aqui González de Alba generaliza y exagera un tanto, lo cierto es que tiene mucha razón en esta idiosincracia clásica del mexicano, la de echarle la culpa a otros de sus errores, a excusarse y dar pretextos, Somos los mejores para ello. A mi me enseñaron a la mala a quitarme esa mediocre forma de pensar y sería excelente que cada dia los mexicanos nos dejemos de esas ideas. Hay que hacer nuestra parte sea que los demás hagan o no la suya. Si estamos esperando que nuestros gobernantes hagan los grandes cambios, que ahora si «de veritas» apoyen al pueblo, que todos pongan de su parte, que mis maestros den clases dignas, que las escuelas ofrezcan educación de calidad, que los vientos soplen a nuestro favor, sencillamente tendremos que esperar sentados por un largo y quizá eterno rato.

Luego González de Alba habla de «nuestros inditos», otros comentarios también muy buenos, de los que hablaré en la proxima entrada.