Varios saben que me dio varicela en la universidad. Cuando me enteré me moría de vergüenza de imaginar las burlas y lo que dirían de mi. Que iban a decir de que yo a esa edad tuviera «una enfermedad de bebés». Y ni qué decir que era un ñoño a quien le atemorizaba faltar y retrasarse en clases. Pero bueno, sobreviví. Y luego me enteré de que lo mio le pasa a muchas personas año tras año. Le pasó a la esposa de un compañero de trabajo hace unos meses y le acaba de pasar a Bunsen. Así que no es el fin del mundo.
De cualquier forma enfermarte de varicela de adulto es una experiencia que no le deseo a nadie. Te tira cañón, hay que aguantarse la comenzón y a veces la cabeza duele tanto que pides morir. Las secuelas tampoco son agradables: las ampollitas reventadas se convierten en cicatrices que difícilmente se borran por completo y por si fuera poco tienes que vivir conciente de que el virus ahí se queda elevando las probabilidades de padecer herpes zóster en algún momento de tu vida. Y del herpes lo que más nos aterra es el dolor que puede llegar a niveles insportables.