Con esto de la influenza, me siento muy raro cuando llego a un lugar y nos dicen que los besos, los abrazos y el saludo de mano están prohibidos. En México estamos tan acostumbrados que cuando no podemos hacerlo sentimos curiosamente una especie de incomodidad. Y digo curiosamente porque a diferencia de otros países más conservadores en México somos bastante cordiales, easy going o «facilotes». Ya hablé alguna vez un poco de estas diferencias culturales. Aquí no es raro querer darle su abrazo a cuanto desconocido nos presenten o su beso a quien nos presentan por primera vez.
No hay duda de la importancia del contacto físico en el desarrollo de un ser humano desde sus primeros años de vida y también parece innegable que esta importancia se extiende a lo largo de toda nuestra existencia. Quizá por nuestro propio bien nadie recuerda lo seguros que nos sentíamos mamando el pecho de nuestra madre mientras nos acurrucabamos en sus brazos. Casi todos disfrutamos de abrazos y besos de papá y mamá, los mismos que correspondimos sin dificultad alguna. Pero el tiempo trae la madurez, las costumbres y los prejuicios. Pareciera que el contacto es inversamente proporcional a la edad. Cierto, los padres nunca estarán allí para siempre. Pero suelen ser otros factores el detonante del alejamiento. Con frecuencia es «el qué dirán».