«Es broma pero si quieres no es broma», dicen por ahí y escribo esto un tanto como una confesión que espero no traume ni inquiete a nadie.
Desde hace algunos años siempre he tenido la idea de morir a los 50. Según yo, se me hace un buen momento. La edad en realidad se trata de un aproximado, calculando que mis padres —que son los únicos a quienes considero mi responsabilidad y con quienes siento el deber de estar presente— hayan dejado el plano de la existencia. Por supuesto, no llevo prisa por ese evento; al contrario, que me duren lo más que se pueda.
La verdad es que no contemplo el suicidio como tal; sencillamente pienso que en ese momento no tendré tanto interés en conservar la vida. Podría optar por un derrotero un tanto destructivo, podría descuidar mi salud, podría decidir involucrarme en deportes o actividades extremas, podría ser más temerario y arriesgar mi vida para salvar a otros, dedicarme de lleno a servir de voluntario o recluirme en un monasterio. Espero se entienda la idea.
Hace algunos meses, después de platicar con mi amigo Pako y escuchar algunos podcasts de filosofía y psicología, me di cuenta de algo. No había notado que pensar de esta forma y haber definido esto como objetivo ha moldeado mucho mi presente.
Pienso en lo que dice mi amigo Pako sobre cómo todos tomamos decisiones que definen nuestras vidas y eso incluye a nuestros padres. Tomemos el caso de su madre, que decidió no volver a casarse y hoy debe asumir las consecuencias de esa decisión. Aunque él no vive con su madre, de ninguna manera podría considerarse que la ha abandonado. Entre él y su hermana se han encargado de darle un hogar, cubrir sus gastos y estar al pendiente de ella. En otras palabras, puede no estar presente, pero no ausente.
La verdad es que aquel día me quedé pensando en todas aquellas cosas a las que he renunciado por estar presente. Mi vida, en cierta forma, se ha estancado en una constante y cómoda rutina. ¿Debería replantearme algunas decisiones? ¿Es posible que no haya explorado todas las opciones? ¿Podría haber soluciones más ingeniosas? Por supuesto que sí. Y aquel día me entró la curiosidad de que podría arriesgar más y aprovechar mi momento. Quizá aún no supero del todo esa idea de «hasta los 50», pero me da la sospecha de que podría llegar a esa fecha de una manera muy distinta a la que había pensado.
Desde hace algunos años mis cumpleaños siempre son sinónimos de tragedias. Nunca se me ha dado celebrarlos, pero al menos me gustaría que estuvieran llenos de noticias alegres y no es el caso. ¿Será que siempre me concentro por ver el vaso vacío?
Este año no ha sido la excepción. Hace algunos días inicié con un problema de salud que, a pesar de atenderlo, se fue complicando hasta llegar a su clímax justo el aniversario de mi nacimiento. Me pasé la tarde desguanzado y con fiebre. Fue como un recordatorio de que la vida es sobre todo un asunto de supervivencia.
Al otro día teníamos programado ir a un balneario. Era un plan que habíamos organizado por meses. Yo hice todo lo posible por estar sano y ahora parece que tendría que faltar. Con mucha fuerza de voluntad y aceptando la posibilidad de que podría empeorar, me lancé a la aventura. Intenté dar lo mejor: nadar, lanzarme de los toboganes. Cero alcohol por el medicamento. Como a medio día tuve que hacer una pausa y dedicarme a dormir. Regresé cansadísimo, quizá un poco alegre de estar ahí físicamente con mis amigos, pero insatisfecho también por «no estar» en realidad con ellos.
Aún no lo sé, pero quizá este problema de salud sea algo más profundo que deba atenderse. Ya iremos viendo cómo se dan las cosas.
Por otro lado, emocionalmente las cosas no han ido muy bien. Me enfrento a circunstancias donde no estoy a gusto con mi familia, con mis amigos, con mi entorno. A todos los amo mucho y es posible que justo ese sentimiento sea el que me haya permitido llegar a este nivel de insatisfacción donde me encuentro hoy. No es la primera vez que me pasa, pero quizá sí es la primera vez que tengo más claro lo que sucede de mi lado. Además, me pesa no poder hablar la verdad sobre algunos temas, de ocultar y maquillar otros y, finalmente de sentirme tan falso.
Por si fuera poco, sigo intentando superar el amor imposible, no correspondido, donde nunca habrá una posibilidad. Es feo, porque no importa que tanto te esfuerces, jamás habrá la atención para ti. Quizá te consuela la idea de que un día te valorarán y se invertirán los papeles pero, ¿sabes algo? eso casi nunca pasa. Yo creo que esto es tan común en los seres humanos y a todos nos pasa que ni deberíamos hacer tanto drama. Pero la verdad es que duele y duele mucho.
Recuerdo la primera vez que me pasó. Sufrí bastante. La solución fue finalmente alejarme, pero superarlo me costó como un año. Cabe aclarar que en estas situaciones, no hay mucho que culpar a la otra parte. No es que dieran las señales incorrectas, no es que te engañaran con falsas esperanzas. Admito que la culpa ha sido totalmente mía al pensar que pudo haber una posibilidad y que, cuando se ve a la distancia y con la cabeza más fría, uno se da cuenta de lo evidente.
La única diferencia de este nuevo caso, es que quizá me gustaría salvar la amistad. Y todo esto lo está haciendo demasiado complejo, porque estoy luchando con demasiadas emociones. Aún así, tengo confianza en que quizá pueda lograrlo.
Algo que ha permitido mantener mi barco medianamente a flote es mantener mi rutina de ejercicio. Sí, quería lucir el mejor cuerpo para aquella persona especial, pero como podrán imaginar, tampoco le importó. Sin embargo, me he aferrado a mantener mi buen físico. Es algo que no puedo descuidar considerando que mis probabilidades de ser un adulto que tenga que valerse por sí solo son muy altas.
La dedicación ha dado al parecer buenos resultados. He mejorado poco a poco mis cargas de pesos y la técnica. Lo he combinado con cardio corriendo sesiones cortas de 3 o 4 kilómetros en el parque de la localidad, sesiones de 1000 brincos con cuerda y acabo de retomar las clases de natación. Por si fuera poco, este mes logré lo que ya casi parecía imposible: bajar el límite de los 70 kilogramos de peso. Claro, este dato por sí solo es engañoso, porque no solo se trata de perder peso sino de cambiar la distribución (músculo-grasa).
Son varios los que expresan su admiración y no dan crédito cuando les digo que mi edad. Creo que es la suma de muchos factores, algunos que controlo y otros que no. De cualquier forma admito que me motivan y espero que pueda seguir así.
En este momento de mi vida, veo nubarrones que amenazan mi estabilidad mental y emocional. Y no quiero dejarme caer, quiero pensar que mis experiencias pasadas me permitirán continuar por fuerte que venga la tormenta. Si es preciso recurriré al psicólogo, tengo una fuerte convicción de que poco a poco podré arreglar un poquito más mi vida y en ese camino sentirme aún más auténtico. Debo retomar mi camino laboral y debo hacerlo con el menor número de altibajos emocionales, o a pesar de ellos.
Por supuesto, creo que necesito un refugio emocional muy especial. Sé que tengo buenos amigos con quien puedo abrirme y de hecho me han sido de gran ayuda (gracias Paco). Sin embargo, debo crear una conexión un poco más especial aunque no significa que espere una pareja.
En fin, hoy por casualidad (o el destino, jaja) pusieron esta vieja canción en el gimnasio. El video siempre me ponía un poco triste y me identificaba con esa chica, a mi gusto fea, con un enorme corazón que espanta a todos y que va perdiendo la esperanza. «Yo mismo huiría de ella», me suelo decir para mis adentros.
Estaba haciendo consciencia hace unos días que ChatGPT es justo lo que yo me imaginaba de niño que era una computadora. Probablemente tendría como unos diez años y estaba en la escuela primaria. Eran los ochentas o principios de los noventas. Y soñaba con tener una computadora porque creía que justo era una terminal en pantalla monocromática (como eran en aquellos días) donde uno escribía preguntas y el aparato te las respondía. Así de simple e ingenua era mi concepción. Y yo quería una para hacerle todas las preguntas del mundo.
Con el tiempo entré a una secundaria privada que ofrecía clases de computación y leí mis primeros libros de computadoras. Comencé a aprender los comandos de MS-DOS y a programar en BASIC con lo cuál me quedó claro que mi idea acerca de las computadoras estaba equivocada. Lo que sí revela la existencia de ChatGPT es que mi sueño era el sueño de otros tantos: una terminal que te pudiera brindar respuestas a tus preguntas.
Estamos muy cerca de facilitar y normalizar la interacción con dichas terminales. La comunicación seguramente pasará a ser verbal. Si se consiguen en breve reducir los tiempos de respuesta o quizá descentralizar el «cerebro», es probable que haya dispositivos con los que podamos «entablar pláticas» o que nos ayuden a hacer todo lo que ya hacemos ahora tecleando pero solo usando nuestra voz.
Mis viajes al extranjero refuerzan cada vez más mi teoría de que los dos grandes errores que México cometió en materia de urbanismo fueron: entubar sus ríos y canales, y abandonar la red ferroviaria. En Japón, como pasa en las ciudades europeas y otras regiones, la evolución de las urbes no condenó a la extinción al los ríos. Por el contrario, se les dio su lugar y son parte de su historia. En Japón, los ríos y canales sobresalen por sus aguas cristalinas, a menudo tan transparentes que se consigue observar las piedras o el terreno del fondo.
Sobre la red ferroviaria, y en general su red de transporte, Japón es por mucho el ejemplo mundial por excelencia. Impacta e intriga cómo logran administrar tan bien una infraestructura tan compleja y delicada. El Shinkansen, o tren bala, sigue siendo un transporte envidiable. Desde su interior el tren no parece ir tan rápido, pero en realidad vamos avanzando a más de 300 km/h. De Tokio a Kioto nos hacemos 3 hrs de camino, lo cual desde esta óptica pudiera parecer no tan rápido, pero sí lo es. La distancia entre ambas ciudades son unos 450 kilometros, que es casi la distancia entre la Ciudad de México y Guadalajara. Si hicieramos el viaje en automóvil, el tiempo sería el doble, es decir, unas 6 horas.
El Templo del Pabellón Dorado y Fushimi Inari-taisha
Tan pronto como llegamos a Kioto, dejamos las maletas en resguardo y nos apresuramos a Kinkaku-ji o el Templo del Pabellón Dorado. La vista es espectacular, con justa razón fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Hay muchísima gente y tenemos que apresurarnos a avanzar. Sin duda es uno de mis grandes favoritos del viaje.
Aprovechamos para comer unos pequeños bocadillos y luego nos dirigimos a otro fantástico lugar: Fushimi Inari-taisha.
Este santuario sintoísta es también un clásico instagrameable por sus más de 32,000 pequeños torii. Enrique, Lalo y yo, somos de los pocos del grupo que sacrificamos la comida por ascender hasta la cima. Al llegar, obtenemos una vista panorámica de la ciudad de Kioto.
Satisfechos, emprendemos el recorrido de regreso. Compramos algunos onigiris para comer en el camino de regreso a nuestro hotel en Kioto. Tenemos la tarde libre así que aprovechamos para recorrer la ciudad y visitar algunas de sus tiendas. Buscamos un lugar para cenar y regresamos cansados a dormir.
Templo Higashi Honganji
Lunes 15 de mayo. Nos levantamos temprano para visitar el templo budista de Higashi Honganji. En el camino vemos muchos «japodínez«, término que nos inventamos para definir a los empleados de oficina japoneses que se dirigen a sus trabajos.
El templo Higashi Honganji me deja boquiabierto por sus dimensiones (será superado pocas horas más tarde cuando vayamos a Nara). En el complejo se ubica un mausoleo que contiene las cenizas del monje Shinran, fundador del budismo Shin.
Nara y sus adorables venados
Luego del desayuno partimos para Nara, donde nos espera una población de poco más de mil venados sika en total libertad. La experiencia no decepciona. Les compramos galletas que venden especialmente para ellos y eso nos da la oportunidad de tomarnos fotos increíbles. Sin embargo, hay que tener cuidado de no tener demasiados a nuestro alrededor exigiéndo con ligeros topes de cabeza que les alimentes y intentando comerse tu ropa y tus pertenecias.
En toda la extensión del parque encontramos diversas edificaciones sintoístas y budistas. Sin duda el más impresionante es el complejo que compone el templo Tōdai-ji. Luego de cruzar la puerta Nandaimon, llegamos a el Salón del Gran Buda, ¡el edificio de madera más grande del mundo! Por si esto no resulta suficientemente sorprendente, seguro le impresionará saber que se trata de una reconstrucción (fue arrasado dos veces por incendios) y en la actualidad es un 33% más pequeño que el original.
Finalmente, y ya acostumbrados a ‘trepar cerros’ y caminar no menos de 10 km, subimos hasta la cima de la colina donde nos esperan más venados y desde donde podemos ver Nara y sus alrededores. Desde este punto se puede ver el templo Tōdai-ji y hacerse una idea de lo impresionante que debió verse la versión original.
En la colina vivimos una de las anécdotas más graciosas (y caras) del viaje. Por descuido la mochila de Lalo se queda abierta. Un curioso venado la encuentra y mete su cabeza, Lalo y Enrique corren a detenerlo pero es demasiado tarde. El venado saca los billetes de yenes, Enrique consigue arrebatarle casi todos, pero el venado le gana y se come el de denominación más grande: 10,000 yenes. El equivalente a unos 50 paquetes de galletas.
Por la tarde regresamos a Kioto. Salimos a dar una vuelta al Mercado de Nishiki y luego nos dirigimos a el barrio de Gion con la esperanza de ver geishas. Al parecer llegamos demasiado tarde. Solo conseguimos visitar el Santuario Yasaka, aunque en este punto ya estamos un poco aburridos de santuarios, así que pasamos muy brevemente.
Regresamos al hotel a descansar. Mañana nos espera un día de aventura en el parque de diversiones de Universal Studio Japan.
Sábado 13 de mayo. Enrique y yo nos levantamos temprano de nuevo y salimos a correr por la orilla del río Sumida. En cierto punto nos separamos y yo continúo mi camino hacia la Tokyo Skytree. La visito solo por fuera, aunque lo quise, no pude ascender al mirador.
Regresamos a desayunar y como grupo nos encaminamos ahora hacia Kamakura.
Santuario Tsurugaoka Hachiman-gū y Templo Kōtoku-in
Kamakura es una ciudad costera rodeada de montañas. Tsurugaoka Hachiman-gū es un santuario que se eleva a la falda de una de estas montañas enclavado entre una densa vegetación. El santuario es muy parecido a los anteriores, se repiten los mismos «rituales de la suerte» que para mi comienzan a ser algo cansados. La vista, sin embargo, es espectacular, se respira un aire limpio y el contacto con la naturaleza esta presente. Las aves se acercan con mínimo miedo a la presencia humana.
Depués nos dirigimos al templo budista de Kōtoku-in, que alberga un buda gigante de bronce. La imagen se completó en 1252 y se por un costado se puede entrar a sus estrechas entrañas para atestiguar la ingeniosa labor que implicó manipular los pesadas piezas de bronce que lo componen. Como nuestros Indios Verdes, la estatua, en medio de este clima tan húmedo, tiene ese color verde característico.
Regresamos caminando hacia la estación de Kamakura para irnos a Yokohama.
Chinatown y el Gundam gigante
Yokohama es una ciudad densamente habitada. Llegamos directo a su barrio chino en busca de comida. Para ese momento el trío recurrente del viaje somos Enrique y yo, pero también Eduardo. Como él tiene 23 y nosotros más grandes, nos gusta bromear diciendo que somos una familia de dos papás con su hijo. Eduardo es un GPS humano, tiene un afinado sentido de la ubicación y una brújula que constantemente nos saca de apuros. A pesar de su corta edad, investiga y nos propone visitar lugares interesantes.
Ese día vivimos una experiencia extraña. Nos adentramos al Chinatown siguiendo una recomendación de Google para un lugar de buenos fideos. Damos con un extraño restaurante donde nos atiende una mujer china que al principio parece un poco ruda y con la que no logramos darnos entender. En el lugar otra mesa esta ocupada con comensales chinos. Pedimos unos fideos que están sabrosos y se ven toscos, completamente hechos a mano. Unas brochetas algo picosas y cerveza. La mujer china nos sirve de cortesía vasos de agua ligeramente saborizada con algún tipo de té. Cuando Enrique le pide más agua, le llena su vaso y nos ofrece también a nosotros quienes declinamos la oferta. Acto seguido y cual madre de hogar, dice unas palabras como molesta (me la imagino diciendo algo como «Ah, ¿cómo de que no?) y nos rellena los vasos. No nos queda más que beberlos. Luego nos hace señas de que si no queremos salir a fumar. Es tosca, lo que genera la impresión de estar malumorada, pero nada más lejos de la verdad. En momentos bromea, aunque no sabemos qué nos dice. Salimos satisfechos dando las gracias y concluyendo que ha sido una buena experiencia.
Salimos apresurados para intentar unirnos al resto del grupo que está entusiasmado por visitar la Gundam Factory Yokohama un punto de atracción por su monumental robot de 18 metros que se presentó en 2020.
El robot es impresionante, aunque resulta lento y torpe. Aún así me parece que será un precedente de lo que nos espera en el futuro. No dudo que dentro de poco pueda hacer más que solo desacoplarse unos metros de su base y mover los brazos y agacharse. Sería increíble verlo caminar mucho más autónomo. El boleto de entrada va desde los 1700 hasta los 3300 yenes (220 a 450 pesos). El más barato te permite admirar el espectáculo, que dura algo así como 10 o 15 minutos, desde unas gradas frente a la plataforma. El más caro te permite estar en la plataforma en la parte de arriba.
Como nosotros llegamos tarde y no quisimos esperar la función hasta la siguiente hora, decidimos ver todo desde fuera, lo cual tampoco resulta mala opción y es gratis.
Llegó la hora de regresar al hotel en Tokio. Como dije en la anterior entrada, volvimos a meternos al Onsen.
El dia siguiente, domingo 14 de mayo, como ya era costumbre, Enrique y yo volvimos a salir a correr a la orilla del río Sumida. Lo llevé a tomarse fotos a la Tokyo Skytree. En el camino nos encontramos con el Santuario Ushijima y nos tomamos unas fotos muy chidas.
Regresamos a desayunar y hacer check-out. Había llegado el momento de movernos a Kioto en el Shinkansen.
Viernes 12 de mayo. Son las 4:30 am y en Japón ya es completamente de día. El jetlag parece jugar a nuestro favor puesto que despertamos muy temprano: Enrique se va a correr al río Sumida y yo a explorar algunos puntos de la ciudad. Me llama la atención el estanque Shinobazu. En el camino disfruto la ciudad en silencio donde puede escucharse solo el ruido de algunas aves.
Por todo el camino hay bicicletas estacionadas sin ningún tipo de seguridad. Han permanecido ahí toda la noche y nadie se las va a robar. Las calles y aceras también están impolutas.
Uno de los guías nos explica más adelante que la cultura japonesa esta regida por el honor y un japonés crece sabiendo que nada es más importante que su honor. Quien no cumple su palabra pierde su honor, quien no es honrado también. Quien pierde su honor, no vale nada. No es raro que detrás de un suicidio haya una historía de un japonés que sintió que había perdido su honor. Este chip, que permea todo momento de la vida de un japonés lo hace sumamente honrado y respetuoso, no roba y puede dejar descuidadas a niveles que perturban al mexicano promedio, quien esta acostumbrado a no perder de vista sus pertenencias ni un segundo.
Sobre la limpieza, igual es la cultura. Es notoria la ausencia de botes de basura, pero se tiene el lema de que «cada uno es reponsable de su basura» y te la llevas cargando hasta que puedes tirarla afuera de una tienda de conveniencia, que es donde sueles encontrar botes. El japonés promedio produce mucha basura, todo tiene exceso de envoltorios y a nadie parece preocuparle el daño a la naturaleza. ¿Por qué? El secreto radica en su cultura del reciclaje que también sorprende. Por las mañanas, afuera de los negocios, encontrará uno las bolsas de toda la basura separada y lista para ser recolectada.
Aún así a lo largo del día uno encontrará una que otra basura o lata caminando. Sin embargo, cada noche pasará un camión barrendero a limpiar las calles. Por eso la ciudad de Tokio luce impecable por las mañanas.
Estanque Shinobazu
El estanque es parte de una zona verde donde encontramos el Templo Benten-dō y el llamado Parque Ueno. Aquí está el zoologico y varios museos. Sin embargo, es muy temprano para visitarlos. Por desgracia no me dará tiempo en el viaje de recorrerlos.
Regreso al hotel a bañarme y luego salimos a desayunar antes de partir rumbo a Shibuya.
Santuario Meiji y Harajuku.
La primer parada en Harajuku es el Santuario Meiji. Muchos santuarios pese a ser antiguos, tienen remodelaciones recientes debido a la destrucción que sufrieron durante la Segunda Guerra Mundial.
El bosque es precioso y abundante en vegetación. Sin embargo, percibo aquí algo que se volverá también una constante en los viajes a los bosques: su olor. Los bosques de México huelen principalmente a pinos mexicanos. Aquí el olor es diferente y a falta de una mayor precisión y sin intención de incomodar a nadie, la mejor descripción que podría dar de su aroma es que huele a semen. Por supuesto, tuve que reprimir mi opinión a los compañeros para evitar las preguntas incomodas.
En el santuario vimos la misma escena que en Asakusa, personas que acuden a orar todo rodeado de ese ambiente que tiene que ver con «la suerte». Aquí tuvimos la oportunidad de ver una marcha nupcial tradicional que coincidió que se estaba celebrando en ese momento.
Salimos y nos fuimos a la emblemática calle Takeshita, llena de locales de comida, ropa y tribus urbanas.
Shibuya, Shinjuku y el cruce más transitado del mundo.
De ahí nos movimos a Shibuya. Saliendo de la estación nos tomamos nuestra foto con la estatua de Hachiko y cruzamos el emblemático cruce más transitado del mundo (un millón de personas al día en promedio, el Eje Central de la CDMX es el cruce peatonal más transitado de América Latina con 300 mil personas) .
Después de una larga espera, comimos ramen en Ichiran, uno de mis favoritos del viaje. Se supone que la receta es un caldo a base de cerdo, con filetes de cerdo, cebolleta y la salsa picante secreta.
Cuando ya comenzaba a atardecer fuimos a Shinjuku a visitar la figura y la cabeza de Godzilla en el Hotel Gracery. Sobre la Central Road, en la foto que salgo señalando a Godzilla, nos encotramos a chicos y chicas que ofrecen servicios de plática. A los japoneses se les advierte tener mucho cuidado, pues ejercen un tipo de estafa parecida a algunas que se hacen aquí en CDMX: si tú le sigues por algún motivo la conversación, en cuanto intentes retirarte ellos te dirán que debes pagarle por sus servicios y tendrás que darles algo de dinero. Por fortuna, como dije anteriormente, el turista que no habla japonés no suele ser objetivo de estas personas.
Cuando ya quería comenzar a oscurecer y a llover, atravesamos el peculiar callejón de Omoide Yokochō, repleto de negocios de comida, principalmente brochetas, que desprendían un olor delicioso. Desafortunadamente estabamos muy llenos y tuvimos que seguir de largo.
Después de unos 20 minutos de recorrido desde Omoide Yokochō, llegamos al edificio del Ayuntamiento de Tokio donde hay dos torres a las que se puede acceder gratuitamente al piso 45 y contemplar toda la ciudad.
Cansados de un día largo de recorrido emprendimos el regreso. En ese momento ya comenzabamos a aprender a movernos por nuestra cuenta siguiendo las direcciones de Google Maps y como toda la ciudad es tan segura, comenzamos a perder el miedo. Aquel día establecimos el record de la mayor distancia recorrida a pie, puesto que acumulamos un total de más de 30 mil pasos que sumaron un poco más de 22 kilómetros. Habría otros días parecidos, pero ya no volvimos a superar ese record.
Mi primera experiencia en el Onsen.
Este primer hotel en que nos hospedamos en Tokio contaba con un baño Onsen. Muchos desde la primera noche lo visitaron, sin embargo, debido a mi pudor y los complejos sobre mi cuerpo, yo me había resuelto no visitar estos baños durante mi visita.
Para quien no lo sepa, en este baño tradicional japonés, se encuentra una piscina de aguas termales a la que se debe entrar completamente desnudo (por lo general no son mixtos y hay uno para mujeres y otro para hombres). Antes de entrar, uno debe bañarse también desnudo en unas regaderas donde hay disponibles bancos puesto que la mayoría lo hace sentado. En la gran mayoría también esta prohibido entrar con tatuajes y si alguien los tiene, debe cubrirlos con unos parches especiales. Sin embargo, esa medida se ha hecho algo flexible y si no incomoda a nadie de los presentes, es probable que no haya problema.
Cuando regresamos, ya avanzada la noche, Enrique propuso que fueramos al Onsen pues el agua caliente le vendría bien a nuestras piernas y pies adoloridos. Enrique tiene el problema de contar con varios tatuajes en el cuerpo, sin embargo, al ser tarde, le apostábamos a que estaría solo y molestaríamos a menos gente. Yo por mi parte, aproveché la confianza que me trasmitía Enrique y la probabilidad de que el Onsen estuviera vacío para no sentir tanto pudor.
Al llegar, los dos últimos japoneses se estaban retirando y solo quedaba un chico que parecía europeo. Nos desnudamos, pasamos a bañarnos y luego nos metimos poco a poco a la piscina que tiene el agua a unos 40 grados centígrados.
Me di cuenta que, independientemente del pudor, el baño tampoco resulta ser un lugar deshinibido donde la gente se pase observando a los demás o se crucen miradas sospechosas sino todo lo contrario, también es un mundo de hombres. La mayoría evita a toda costa el contacto visual y casi nunca voltea a ver a los cuerpos de los demás, si acaso lo hará disimuladamente. Uno tiene que ocuparse de sus asuntos y en cierta forma ignorar al resto.
Por supuesto que el baño fue relajante. La disfruté tanto que al otro día repetimos, ahora también acompañados de Cruz, otro buen amigo que casi iba a diario. Él nos puso algunos ejercicios de respiración con los que igual sufrimos como nos relajamos.
En el resto del viaje, hubo otras idas a los Onsen en otras ciudades, pero por el tema de los tatuajes y que no queríamos problemas, Enrique ya no fue y yo tampoco. Sin embargo admito que fue una buena experiencia.
Salgo de la Terminal 2 del AICM el día miércoles 10 de mayo a las 00:40 hrs. Después de casi 15 horas de vuelo, llegamos a la Terminal 1 del aeropuerto de Narita a las 6:20 am del día jueves 11 de mayo, efectivamente ¡hemos perdido todo un día! De aqui en adelante tengo que recordar que vamos 15 horas más adelante que Ciudad de México y que, por lo general, cuando es de día aquí es de noche allá y viceversa, así que debo tenerlo en cuenta cuando le escribo a mi familia.
Somos un grupo de 48 inexpertos en una ciudad e idioma desconocidos, nos tardamos un poco pero finalmente en unos tres horas hemos logrado completar las tres misiones que se nos han encargado: canjear nuestro JR Pass (que nos permitirá usar el Shinkansen por una semana), obtener una SIM card para disponer de un plan de datos durante nuestra instancia (algunos optaron por una eSIM que da ciertas ventajas y suele ser más barata) y finalmente obtener una SUICA o PASMO card, una tarjeta de prepago recargable que funciona como dinero electrónico y que sirve, entre otras cosas, para pagar el transporte público (existen más disponibles pero casi todas son totalmente compatibles, en el viaje algunos también usaron la ICOCA).
En mi caso, que preferí no llevar yenes, también tuve que retirar un poco de efectivo en alguna ATM, por lo general el retiro era de 20,000 yenes más 220 yenes de comisión a un tipo de cambio que en la mayoría de las compras con tarjeta siempre osciló entre 0.13 o 0.14 pesos por yen. Ahora si salimos de Narita y nos dirigimos al hotel en Asakusabashi.
El templo Sensō-ji de Asakusa
Es muy temprano para el check-in así que dejamos nuestras maletas en el resguardo del hotel y salimos a caminar hasta el templo de Asakusa.
En Japón las dos religiones predominantes son el sintoísmo y el budismo. Principalmente entre estas dos encontraremos con frecuencia un sincretismo que parece llevarse bien y no será raro encontrar presencia de ambas religiones en el mismo punto.
Más adelante en el viaje, un guía nos explicará que a los centros religiosos sintoístas se les llama santuarios y que los identifica a la entrada una puerta torii, a los centros budistas sí se les llama templos y a la entrada los identifica una puerta sanmon.
Este es un templo budista. En estos por lo general las figuras de buda estarán presentes, pero algo que se ve con frecuencia en santuarios y templos es que en la parte más recóndita habrá solo un altar sin una deidad predominante. Esto puede resultar un tanto desconcertante para el religioso de occidente.
En su lugar encontramos toda una serie de ritos destinados a la suerte. Un escenario típico es el siguiente: a un costado del recinto, en el patio, habrá una fuente para purificarte: se moja la mano derecha, luego la izquierda, se sorbe un poco de agua para enguajar la boca y se escupe. Se camina al altar del templo, ahí se hace una inclinación como reverencia y se arroja una moneda adentro de una caja, se aplaude dos veces son las palmas a la altura de tu cara (antes se tocaba una campana que estaba cerca del altar), con las manos juntas y una reverencia se hace una oración (según nos dijo una guía, no se va a pedir buena suerte, se va a agradecer por las cosas buenas que se han tenido). Después se da media vuelta y se retira. A la salida habrá una tiendas para comprar amuletos diversos que se pueden dejar colgados en algunas zonas del templo. Hay ciertos rituales donde se obtiene un papel que te dice tu suerte. Si es mala, tienes que dejarla amarrada en el templo. También puede haber en el centro del patio lugares donde se quema incienso y la gente acude ‘jala’ con su mano un poco del humo para echarlo sobre su cabeza.
Aqui nos dejan libres y vamos curiosear por las calles y buscar algo de comida. En mi caso fue una de las más memorables del viaje, una tabla de nigiris que incluye su sopa miso y té verde por un total de 1300 yenes, unos 170 pesos mexicanos.
Akihabara: capital mundial del manga y el anime.
De regreso hacemos nuestro primer recorrido por Akihabara, lugar que frecuentaremos seguido donde puede uno encontrar de todo, principalmente artículos electrónicos, videojuegos, manga, anime con sus respectivas figuras. Conocemos la tienda Yodobashi Akiba y por todos lados hay anuncios de «The Legend of Zelda: Tears of the Kingdom«, que esta a punto de salir a la venta.
En el lugar también abundan establecimientos de juguetes sexuales y los maid cafes, estos últimos, lugares donde chicas cosplay en ropa de sirvienta francesa te atenderán y ejecutará algún show sexy. La extraña relación del japonés con el sexo y las relaciones (o quizá mejor dicho, con su falta de) se volverá una constante. Ese mismo día, a las afueras del hotel encontraremos «damas de compañía» paradas cerca de la estación. Algunas ni siquiera viste provocativamente, algunas son mujeres arriba de sus treinta cuya única razón que causa sospecha es que estén paradas ahí, repartiendo discretamente un paquete de kleenex con una tarjeta de contacto.
Se supone que la mayoría de las veces el «servicio» solo incluye salir a comer o tomar alguna bebida y platicar a cambio de una tarifa. No sé hasta donde más pueda llegar, pero para el japonés promedio parece ser que una plática con una mujer ya es suficientemente excitante. Puesto que el primer paso siempre es platicar, eso implica muchas veces saber hablar japonés y por ello en su mayoría el extranjero queda fuera, aunque eso no impide que muchas de ellas te coqueteen. Y no hay que olvidar la cantidad de turistas hombres que tienen entre sus fantasías fetichistas a las japonesas.
Cena por la noche en Asakusabashi.
Camino de regreso al hotel, comprobamos lo que se dice de Japón y algunas frutas: son desproporcionalmente carísimas. Una pequeña porción de uvas que quizá apenas supere el cuarto de kilo cuesta 4980 yenes, unos 650 pesos. Para mi el kilo del Sam’s a 150 pesos ya es una grosería. En este viaje habrá pocas frutas y en porciones mínimas. Algo que valorar de nuestro país.
Ya en el hotel hacemos check-in y ocupamos nuestras habitaciones. Mi roomie es Enrique, un veterinario a todo dar que se volverá mi hermano del alma. Su personalidad desinhibida y su alegría le vienen bien a este tipo preocupón y tímido que siempre requiere rodearse de gente con esa chispa para funcionar y divertirse. Sin embargo, mi roomie esta lejos de ser un tipo superficial, tiene una plática inteligente, sabe escuchar, hace ejercicio y toca el piano.
Aunque estoy lleno, acompaño a Enrique y a otros a cenar cerca del hotel. Vamos a un barcito a tomar cerveza acompañada de brochetas hechas de menudencias (piel de pollo frita, mollejas y no sé qué más). Las brochetas no están mal pero tampoco son mis favoritas. La cerveza nos gusta mucho.
Nos vamos a dormir, mañana Enrique tiene planes de salir temprano a correr y yo de ir a caminar, veremos si el jetlag no los permite.