Ayer jugando con los números de unas entradas nos acordamos de esa historia de los 21 en los boletos del transporte público. Básicamente, si la suma de los dígitos de tu boleto sumaban 21, te ganabas un beso. A mi me salió el 26834. Cuando tengo que hacer estas operaciones siempre busco la manera de simplificar, por ejemplo en este caso veo que 8+2 suman 10 y que 6 + 4 también suman 10, así que ya llevo 20 y solo me falta sumarle 3. El total es 23.
Si por ejemplo tuviera el 44544, pues fácil, 4×4 = 16; 16 + 5 = 21. Y le platicaba esto a un amigo unos años menor que yo, pero como que se le hizo difícil y prefirió sumar todo en el orden que iba. No sé, a veces estas situaciones me sorprenden o me hacen pensar que de verdad estamos muy mal en la educación.
Y aquí va otro truco. Felicidades si ya lo conocen y si no, espero no deserten tan fácil. Fue en un libro de Alberto Coto donde leí del método de sumar mentalmente comenzando de izquierda a derecha y de las bondades que tenía. Quiero resaltar que me refiero a situaciones donde no tenemos papel ni lápiz para efectuar una operación.
Supongamos que deseo sumar 392 + 456 + 564 con el método tradicional de derecha a izquierda mentalmente. Estos serían los pasos:
2+6+4 = 12, tenemos el 2 que hay que memorizar y el 1 que llevamos como acarreo a la siguiente suma.
9+5+6 = 20 le sumo el 1 del acarreo anterior y nos da 21, debo recordar ahora el 1 y el 2 de la operación anterior, es decir, 12 y llevarme el 2 como acarreo para la siguiente suma.
3+4+5 = 12 más 2 de acarreo anterior nos da 14 y como ya no hay más dígitos tenemos 14 y el 12 lo que forma el 1412.
Método tradicional de derecha a izquierda
El método de izquierda a derecha casi parece igual pero sobre el cálculo notaremos algunas ventajas. Describo los pasos comenzando con los dígitos más a la izquierda:
3+4+5 = 12, me quedo mentalmente con ese 12.
9+5+6 = 20, tomo el 2, que es el acarreo y lo sumo al 12 anterior, esto es 14. Tengo ahora 14 y 0.
2+6+4 = 12, tomo el 1 que es el acarreo y lo sumo al 0 anterior, esto es 1. Tengo finalmente 1412 que es el resultado final.
Si efectúa estos ejercicios mentalmente, notará que lo que tiene que recordar en el segundo método se reduce. Parece que también le da una ventaja a la memoria en vista de que cuando leemos una cifra lo hacemos comenzando desde la izquierda (1412 = Mil cuatrocientos doce) y este método ocupa el mismo orden.
Si analiza con más detenimiento, vera que el método es una variante de hacer lo siguiente, si por ejemplo tiene que sumar 456 + 345. Puede descomponer la suma como 456 + 300 = 756; 756 + 40 = 796; 796 + 5 = 801 porque efectivamente 345 = 300 + 40 +5. Este hecho nos lleva a mi ventaja favorita de este método, en especial si se trata de magnitudes que representan dinero. Si ocupa este método los errores se minimizan.
Imagine que acude a una tienda y tiene que pagar por 3 productos las siguientes cantidades: $345.50 + $467.00 + $45.00. Si usted toma los primeros dígitos de cada número, las centenas, que en este caso son el 3 y el 4 (el precio de $45.05 no tiene centenas) el resultado será 7, esto de entrada le dice que su cuenta debe superar los $700 pesos. Si suma ahora las decenas: 4+6+4 = 14 y ajusta con el 7 que calculó en el paso anterior, tiene 84, es decir, su suma asciende a más de $840 pesos. Conforme va haciendo el siguiente paso la suma se va definiendo hasta quedar completa, pero si decide parar aquí, al menos usted ya tiene una idea de cuánto espera que le vayan a cobrar y como podrá ver, es mejor equivocarse con los centavos que con los cientos. Así que comience sumando los dígitos más grandes, es decir, los de la izquierda. Si por ejemplo, en este caso, el tendero le cobra más de $900 pesos usted ya podría prender la alarma de que algo no anda bien. Si por el contrario, usted inicia sumando los centavos, tendrá que concluir la operación para que esta le arroje un valor realmente útil.
Si ha llegado hasta aquí, felicidades. Y si no sabias de este método, te invito a usarlo la próxima vez que tengas que hacer una suma mental.
Otro post desempolvado del 2013. Este libro también fue una recomendación de Isaac (@rugi). El autor es Richard Sennett, un sociólogo estadounidense (quien por cierto tuvo entre sus profesores a Hannah Arendt) y forma parte de una trilogía aún incompleta sobre el trabajo y la sociedad, o más concretamente del «Homo Faber«, el hombre que fabrica, que usa herramientas.
La revolución industrial del siglo XVIII supuso un parteaguas en todos sentidos. Uno de ellos significó el desplazamiento de los artesanos, personas que practicaban diversos oficios pero siempre caracterizados por su trabajo manual y que a base de años y práctica se volvían expertos. Aunque no se extinguieron, quedaron relegados a aquellas actividades donde el trabajo manual no fue sustituible o bien le aportaba aún cierto valor al producto final.
Sennett analiza con detalle y revindica la vida de estos personajes para rescatar importantes lecciones que parecen indispensables en el mundo laboral ajetreado y con frecuencia, tan vacío, que vivimos hoy. Para empezar nos recuerda que la labor de estos trabajadores se encontraba en un punto intermedio entre el trabajo mecanizado que realiza un obrero y el artístico o creativo que efectuaba un artista. Para Sennett la artesanía, o su cultura, se puede ejerce en cualquier trabajo cuando es impulsado por la calidad, por el deseo de hacer bien una tarea.
Pero para saber cómo conseguir esa motivación tenemos que regresar a la figura del artesano. El artesano, a semejanza del artista, disfruta y se apasiona moldeando una pieza, le imprime su sello personal y trabaja con cierta libertad e independencia. De igual forma, el trabajador actual necesita un impulso semejante y si no existe, debe reconsiderar su situación. Necesitamos de igual forma construir más ambientes laborales que estén en la posibilidad de ofrecer estos motores a las personas. La gente necesita trabajar por un tema de autoestima, más allá del dinero.
Este concepto de artesano se esta extendiendo a varias profesiones hoy en día. Entre las más evidentes esta efectivamente el desarrollo del software, basta con googlear «Software craftsmanship» para darse una idea. Es curioso, sin embargo, que por varios años se ha venido utilizando este término de manera un tanto despectiva para referirse al trabajo a veces mal hecho, lleno de parches o muy alejado de cierta metodología de desarrollo. El nuevo enfoque reconoce un hecho que siempre ha estado a la vista: no hay dos códigos iguales. El trabajo del programador es por lo tanto un trabajo único y con posibilidad de llevar un sello personal. Sin embargo, el concepto más relevante tiene que ver con desarrollar un producto de calidad. Semejante al artesano que no descansará hasta tener una pieza con la que este satisfecho. En México, uno de estos movimientos lo impulsó Domingo (@domix) y se puede leer más en el blog de Artesanos de Software (UPDATE: El vínculo ya no existe).
Aunque el libro da para más consideraciones, me gustaría concluir añadiendo que Sennett también reflexiona sobre nuestro futuro invadido de máquinas donde ser desplazado por ellas en nuestro trabajo sea una realidad. Para Sennett el asunto central no es ser o no desplazados, sino cómo ser más inteligentes en el modo en que usamos estas máquinas. La revolución industrial también puede verse como un triunfo del hombre al usar sus herramientas. Somos «homo fabers» y depende de nosotros repensar cómo podemos usar las máquinas, como prótesis, como herramientas, como ayudas en vez de simplemente usarlas para que hagan para nosotros lo que nosotros no queremos hacer… ¿Cómo podemos ver esta tecnología como una amenaza? La amenaza está dentro de nosotros mismos.
Este es un borrador antiguo que llevaba 4 años empolvado. La idea surgió luego de visitar el MUAC de la UNAM donde tenían una exposición que hablaba del libro como forma de arte. En aquel entonces, como hoy, la siguiente pregunta también me visitaba: ¿Desaparecerán los libros físicos?
A la par de todo esto, en La Condesa sucedía un fenómeno curioso. Después de tener al menos unos 5 periódicos gratuitos, comenzaron a hacer su aparición publicaciones, revistas principalmente, igualmente gratuitas que abordaban variedad de temas, la cultura más que nada (abarcando el teatro, el cine, la música, la fotografía y hasta la poesía) pero también podías encontrar de política y hasta de gastronomía. Aunque la mayoría de estas publicaciones tenían su versión electrónica y podían consultarse o descargarse en Internet, resultaba curiosa la ‘necesidad’ de imprimirlas.
Una de mis favoritas era la ERRR Magazine, una revista que traía fotos y poesía amateur, por lo general bastante malos. Lo interesante era la revista como tal. Para empezar venía en una bolsita de papel acompañada de pegatinas, pines y a veces un Sharpie. Si a eso añadimos sus gruesas hojas con amplios márgenes, parecía una invitación a rayar, modificar la revista.
Así fue como descubrí las fanzine, contracción de fan’s magazine o en español, revista para fanáticos. Por lo general se trata de revistas escritas por y para los aficionados de un tema, desde la literatura, pasando por el cómic, hasta la pornografía. Con frecuencia los temas caen en lo que se denomina contracultura y por ello en ocasiones pueden estar rodeadas de cierto grado de secretismo. Además de que su tirada no suele ser grande y los gastos de producción deben de mantenerse al mínimo debido a los bajos ingresos de dinero. Si bien no son publicaciones profesionales, los que escriben si pueden ser verdaderos apasionados especialistas en la materia y con pocas restricciones editoriales.
El Fanzine, Taller, Yaconic, FILTER son algunas de las que me tocó conocer. Como podrán imaginarse, varias de estas publicaciones tienen un periodo de vida muy corto, aunque gracias al Internet algunas de ellas sobreviven al menos como páginas en Facebook.
Del MUAC también descubrí el libro de artista, o cuaderno de artista. Seguramente varios de nosotros en algún momento decidimos hacernos de una libreta, las Moleskine son todo un clásico aunque nada barato, para anotar ideas, bocetos y dibujos, ciertos apuntes personales o hasta collages. Esto vendría a ser el comienzo de un libro así. Sería difícil establecer un límite estricto entre lo que es y no es un libro de artista, sin embargo lo que quiero aquí resaltar es el hecho de cómo el libro en sí, y por consecuencia los materiales, las intervenciones, comienzan a tomar cierto protagonismo mientras que la escritura, aunque persiste, comienza a adoptar un segundo plano.
Aunque, dadas las circunstancias, la palabra ‘cuaderno’ resulte más adecuada que ‘libro’, valdría la pena añadir que sí existen los libros de artista en el completo sentido de la palabra. Por ejemplo, algunos libros editados han sido intervenidos por artistas y se han convertido en ejemplares únicos. Otros cuadernos son tan buenos que se han reproducido íntegros, algo así como sacarle fotocopias al cuaderno, para ser vendidos.
El último nivel en este recorrido lo constituyen los libros objeto. En estos, la escritura y hasta el libro han cedido por completo para dar paso a una obra tridimensional. El libro, ha sido intervenido para transmitir una propuesta artística. Nuevamente repito, estamos entrando a niveles subjetivos y en momentos puede resultar difícil establecer dónde se encuentra la división si es que en realidad existe.
Regresando al punto inicial y a la pregunta ¿Desaparecerán los libros físicos? Al menos desde esta óptica parece poco probable que suceda. En sus adentros, esta fusión de arte y escritura nos sigue recordando que hay una parte sensorial que los libros nos siguen ofreciendo y que disfrutamos mucho. Y mientras el mundo virtual no pueda ofrecernos esa experiencia los libros físicos tendrán un razón de ser.
Si se han quedado con las ganas de saber un poco más sobre libros de artista y libros objeto les dejo el siguiente artículo.
Al igual que ya hace algunos años, aquí presento la lista de los libros leídos en 2014. Los detalles y mis opiniones están ahora principalmente concentrados en mi perfil de Goodreads, aunque a algunos si les llego todavía a dedicar una entrada al blog.
Teoría De Los Sentimientos – Carlos Castilla Del Pino
Dos puntos malos en mi contra. El año pasado leí un total de 24 libros y me puse la meta de leer este año 30. Resultó que este año leí menos libros y por supuesto, la meta de los 30 no se cumplió.
Como justificante, pretexto o excusa, a mi favor tengo que decir que varios de los libros de este año fueron particularmente extensos y complejos. La vida y la muerte me están desgastando, así como Nueva York, son novelas que rebasan las 1000 páginas. Yo soy un extraño bucle, no solo es extenso, también es bastante profundo y requiere toda la concentración. Algo semejante sucedió con Teoría de los Sentimientos, un ensayo que comencé a leer en 2013 y abandonaba por largos periodos, pero que finalmente pude concluir este año.
Otros grandes libros fueron: Clases de Literatura, La vida y la muerte me están desgastando, Alan Turing, CeroCeroCero, My Brief History, Underground y La fiesta de la insignificancia.
Para este año conservaré mi meta de los 30 libros y espero poder cumplirla.
El libro se publicó en Japón en 1997 y un año después Murakami publicó en una revista una segunda porción complementaria basada en entrevistas con miembros y ex miembros de la secta. La publicación del libro en otros idiomas incluyó entonces ambas partes. La traducción al español nos llega un poco ‘tarde pero segura’, gracias, en gran parte, al éxito internacional del autor.
Luego de leer el libro, quisiera iniciar explicando la forma en que actúa el gas sarín. De manera muy simple, podría resumir que es como un ‘insecticida’ pero para humanos, y seguramente todos hemos visto lo que sucede cuando disparamos un poco de este a mosquitos, moscas, cucarachas, etcétera. La explicación un poco más larga implica describir cómo trabajan nuestros músculos.
Podemos dividir el trabajo de mover un músculo como un proceso de dos pasos: contracción y relajación. En el primero, las terminaciones nerviosas envían una señal a las células con una sustancia química llamada acetilcolina que actúa como mensajera. Al recibir el mensaje, los músculos se mueven, se contraen. Después de contraerse, viene la segunda etapa donde entra en juego una segunda sustancia, la encima de la colinesterasa, que neutraliza el mensaje de la acetilcolina, y relaja o prepara a los músculos para la siguiente acción. El proceso se repite así una y otra vez.
El sarín, un agente nervioso incoloro e inodoro creado en laboratorios porque no se encuentra de manera natural en el ambiente, inhibe el trabajo de la colinesterasa, es decir, la sustancia involucrada en el segundo paso de mover un músculo, la relajación, y ya se podrán dar una idea de lo que eso implica para un ser humano. Porque ¿dónde tenemos músculos? o mejor dicho ¿dónde NO? Hasta en nuestros ojos, en las pupilas, hay dos músculos que controlan su apertura. Por ello uno de los primeros síntomas de envenenamiento por sarín son las pupilas contraídas (esto sucede de forma natural en el ojo cuando se expone a un ambiente con mucha luz, las pupilas se hacen chiquitas para dejar entrar una menor cantidad). El envenenado comienza a ver todo obscuro. Los siguientes síntomas son cientos de veces más peligrosos, mortales. Los músculos de las extremidades comienzan a dejar de responder y a sufrir espamos. Lo mismo sucede con los músculos encargados de la respiración lo que frecuentemente conduce a la muerte por asfixia.
La mañana de el lunes 20 de marzo de 1995, un día antes del comienzo de la primavera, cinco hombres, todos en diferentes puntos, todos miembros del movimiento religioso Aum Shinrikyo (Verdad Suprema), se introdujeron como pasajeros a vagones del metro de Tokio con bolsas de plástico llenas de sarín mezclado con acetonitrilo para ralentizar la evaporación y envueltas en periódicos. De manera casi sincronizada, perforaron las bolsas con las puntiagudas puntas de paraguas y abandonaron apresuradamente el lugar. Los vagones siguieron avanzando mientras el gas se evaporaba dejando literalmente una estela de muerte. Aunque varios pasajeros comenzaron a sentir los síntomas casi de inmediato, tardaron algunos minutos en darse cuenta que se trataba de algo realmente grave. El gas, aspirado, en contacto con la piel y ojos o adherido a la ropa, comenzó sus estragos. El resultado fue terrible, alrededor de 6000 personas resultaron afectadas en mayor o menor grado, la policía y los servicios de emergencia así como los hospitales fueron claramente rebasados. Trece personas murieron, una cantidad relativamente baja dada la magnitud del suceso. Aún así hubo sobrevivientes con graves secuelas y efectos irreversibles, tal como deja ver las entrevistas en «Underground», físicamente, la salud de muchos de ellos no regresó a su total normalidad. Mental y psicológicamente el daño, el trauma, también quedó marcado en varios de ellos.
Me gusta el trabajo de las entrevistas de Murakami. Aunque se trata de transcripciones, en algunas partes el texto tuvo que ser adaptado y luego pasar por un proceso de revisión y aprobación de los entrevistados. En esa etapa incluso algunos decidieron que su entrevista fuera removida. Murakami respetó la voluntad de los participantes. Fue un largo trabajo y muchas de ellas son emotivas. Hay dos que personalmente me conmovieron mucho. La primera es la Shizuko Akashi quien quedó en estado vegetativo durante algún tiempo y cuando milagrosamente despertó, tuvo que iniciar un largo proceso de rehabilitación el cuál seguramente se extenderá por el resto de su vida. El cambio de vida se extiende a su familia, en especial su hermano, quien ahora no solo tiene que hacerse responsable de su familia, sino también del cuidado de su hermana a quien tiene que visitar cada 2 días en el hospital. Todo producto de lo que él llama con justa razón, una «panda de imbéciles». El segundo relato es el de Yoshiko Wada, quien perdió a su marido, Eiji Wada, en el atentado a pocos días que de dar a luz a su primera hija. Su relato es desgarrador, pero también es un relato de valentía y esperanza. Mientras lo leía resultaba inevitable preguntarme ¿qué habría hecho yo en su lugar?
Posterior a las entrevistas, Murakami expresa sus reflexiones alrededor de aquel suceso, el porqué no solo desde la perspectiva de la secta Aum, sino con Japón, con el país, con la sociedad. No se trató de un acto «excepcional y sin sentido cometido por un grupo de dementes». La gente que perpetró los ataques ni siquiera venía de clases bajas o poseía poca educación, sino todo lo contrario, uno era doctor, tres tenían estudios superiores en física y el quinto había estudiado Inteligencia Artificial en la universidad. ¿Qué lleva a gente con este perfil a involucrarse con un movimiento disparatado que pretende conectar el cristianismo, el budismo, el yoga y los libros de Nostradamus? ¿Porqué a pesar de las evidencias de que Aum estaba ligado a otros atentados previos al de 1995, sus miembros no desistieron?
Para intentar contestar estas preguntas, Murakami parte de algunos comentarios de Theodore Kaczynski, el famoso «Unabomber«, el cual planteaba en sus escritos que todos como individuos pretendemos alcanzar una autonomía personal, sin embargo, el sistema, las sociedades, están organizadas para ejercer presión sobre los que no encajan en él. Son «enfermos» que deben «curar». Para estos «antisociales» se dispara un bucle retroalimentado. La presión del sistema se convierte en una confirmación del modo de proceder del individuo, una respuesta que lo lleva a continuar y volverse más radical. Japón y su cultura serían un ejemplo muy cercano a este sistema, se distinguen por alabar el trabajo en equipo y aplastar la individualidad.
El defecto en este razonamiento es pensar en términos de un autonomía absoluta la cual no existe. Más bien el individuo debe lograr un equilibrio entre autonomía y dependencia. Cuando no se logra ese equilibrio, algunos individuos pretenden compensarlo estableciendo un sistema propio contra el ya establecido. Murakami supone que eso fue lo que le sucedió a Shoko Asahara al fundar Aum en un intento de superar una serie de vicisitudes personales. Luego llegaron los adeptos. Estos no libraban batallas personales contra el sistema sino que gracias al carisma y a una narrativa «chapucera» (el conjunto de creencias) que Asahara les vendió, se dejaron engullir y asimilaron su lucha. En Asahara y Aum hallaron consuelo y a alguien que se ocupaba de ellos en todo aspecto, inclusive el tener que pensar. «Depositaron sus valiosas individualidades bajo llave y cerrojo de ese ‘banco espiritual’ llamado Shoko Asahara». Una vez bajo ese estado, no fue muy complicado que los adeptos cooperaran para llevar a cabo los deseos de Asahara, incluso sabiendo y estando convencidos, según confesaron algunos en sus juicios, que lo que estaban haciendo estaba mal e iba en contra de su voluntad.
«¿Teníamos nosotros una narrativa lo suficientemente potente para anular el efecto del sinsentido de Asahara?», pregunta Murakami y afirma que esa fue la tarea que debió haber hecho la sociedad japonesa, ofrecer una narrativa más viable en lugar de simplemente reír ante «alimento de lunáticos». Luego apunta su mira a los sistemas en vigencia, los sistemas que nos rigen y consideramos superiores, a quienes también les hemos cedido algo de nuestro «Yo» a cambio de una «narrativa». «¿Es la narrativa que poseemos real y ciertamente nuestra? Los sueños que tenemos, ¿son nuestros de verdad? ¿No serán visiones de otros que antes o después podrían convertirse en pesadillas?»
Actualmente, tanto Asahara como varios de los perpetradores se encuentran en prisión cumpliendo condenas de por vida y algunos de ellos, Asahara incluido, están sentenciados a muerte aunque sus ejecuciones se han ido posponiendo. Mientras tanto, la secta de Aum Shinrikyo ahora con el nombre de Aleph continua en funcionamiento aunque bajo una estricta vigilancia del gobierno. El temor persiste, nadie quiere ver repetida un tragedia parecida ni en Japón ni en ningún otro país. Esta preocupación nos concierne a todos.
Cuenta Hofstadter que hace algunos años, escombrando su casa, metió la mano es una caja de cartón llena de sobres. Al hacerlo, entre el pulgar y el resto de los dedos sintió una canica que curiosamente «flotaba» en medio de los sobres. Sin hijos en casa y estando la caja en un cuarto que funcionaba como su oficina, las posibilidades de tener una canica ahí eran sumamente imposibles. Extrañado examinó los sobres, la caja, de nuevo los sobres y nada. Fue unos minutos después que entendió lo que sucedía. En cada sobre, justo en el vértice de la «V» que forma su solapa, hay una triple capa de papel junto con una delgada capa de pegamento. Cuando apretaba por el centro el paquete de sobres perfectamente alineados, había ante el tacto algo que transmite la sensación de un objeto duro y perfectamente redondo el cual, con base en su experiencia, Hofstadter asoció de inmediato con una canica. Había sido objeto de una ilusión táctil. De no ser porque Hofstadter pudo en ese momento abrir la caja y examinar los sobres, hubiera estado convencido que de forma increíble y misteriosa se hallaba una canica ahí.
A esa canica inexistente, Hofstadter le apodó cariñosamente «Epi» en alusión a la palabra «epifenómeno»: una ilusión a gran escala creada por una confabulación de sucesos pequeños e indiscutiblemente reales.
En cierta forma, la conciencia, la identidad del ser humano, es como aquella canica, otro epifenómeno. Para Hofstadter en el cerebro humano desarrollado existe un tipo especial de estructura abstracta o patrón (el bucle extraño que dedica a explicar en su libro) que desempeña la misma función que esa precisa alineación de capas de papel y pegamento en los sobres; un patrón abstracto que da origen a lo que sentimos como el «yo». En nuestro cerebro, a una escala muy baja (cuántica, atómica, molecular), se desatan una serie de eventos altamente complejos que vistos a ese nivel pudieran significar poco, pero que a gran escala se traducen a actividades vitales: buscar alimento, buscar cierta gama de temperaturas, buscar pareja, etcétera y también en metas individuales: tocar ciertas piezas de piano, visitar ciertos museos, poseer cierto tipo de coches.
El «yo» por tanto resulta ser también una ilusión, y una muy fuerte, es esa «canica» que todos afirmamos haber sentido y aseveramos que existe. Solo que a diferencia de la caja de cartón, nuestro cerebro no es tan fácil de examinar. La ilusión por lo tanto persiste.
El dilema del teletransportador
Una escena de teletransportación en «Star Trek»
Imaginemos ahora que tenemos la oportunidad de utilizar un teletransportador. Si hemos visto películas como «La Mosca» o «Star Trek» seguramente tenemos una buena idea de lo que hace un aparato de estos. A grandes rasgos, el aparato hace un escáner detallado de nuestro cuerpo y registra los estados exactos de cada una de nuestras células (o moléculas). Esa información viaja a la velocidad de la luz a su destino donde un «replicador» crea a partir de materia nueva, un cerebro y un cuerpo exactamente igual. Un paso fundamental es que al mismo tiempo que el cuerpo original es desvanecido, reintegrando cada uno de sus átomos al ambiente. El «pasajero» pierde la conciencia un instante para recuperarla un tiempo después en otro lugar sin notar cambio alguno.
Supongamos entonces que abordamos uno de estos teletransportadores. En un «instante» (que en realidad pudo haber sido un lapso de tiempo un tanto prologando dependiendo de qué tan rápido sea el teletransportador) despertamos en otro lado un poco aturdidos y desconcertados por el nuevo lugar y el tiempo. Después de unos minutos nos examinamos y vemos que hasta el mínimo detalle de nosotros sigue ahí, quizá ese granito de grasa que justo nos acaba de salir por la mañana o la cortada que nos hicimos al rasurarnos. De igual forma, podemos recordar lo que hicimos por la mañana o cualquier otra anécdota que se encuentra guardada en nuestra memoria.
En uno de esos viajes, algo sale mal y el teletransportador no ejecuta el paso de destruir nuestro «yo» original. Despertamos en el mismo punto y entonces nos enteramos de que hay otro «yo» en otro punto del espacio (la situación, aunque no es la misma, pudiera recordar un tanto a aquella película de «El sexto día«). Las preguntas que entonces surgen son: ¿cuál de los dos sería yo? ¿puedo estar yo simultáneamente en dos lados?
Este ejercicio es interesante porque mientras que en el primer caso solemos aceptar sin reparos que efectivamente nos hemos transportado (teletransporte igual a viaje), en el segundo caso adoptamos el camino fácil contradiciendo justo lo que acabamos de aceptar en el primer caso. Razonamos que si hay dos de nosotros que son prácticamente idénticos, el primero debe ser entonces el original y por tanto el otro no solo resulta ser una copia idéntica sino más bien un clon, una falsificación, un engaño, un impostor de nosotros mismos.
¿Dónde se halla entonces en realidad el viajero en este último experimento? Podríamos, para complicar las cosas, incluir un tercer caso en el que el teletransportador si destruye la copia original, pero genera dos copias de nosotros en dos puntos diferentes del espacio.
El filósofo Derek Parfit, en su libro «Razones y Personas» analiza ampliamente esta discusión. Lo que queremos resaltar nuevamente, es esa resistencia que tenemos a considerar nuestro «yo» como algo totalmente indivisible e indisoluble, algo que Partif le llama «Ego cartesiano». Esto parece ser un fenómeno muy natural y que en cierta forma rige nuestro sentido de supervivencia, pero me temo que también se ve aún más reforzado cuando se piensa en el concepto de «alma» que la gran mayoría de las religiones promueven y no son pocas las que afirman que algo inmaterial, espiritual, pero que sigue siendo nuestro «yo» permanece después de la muerte. Parfit se encarga entonces destrozar ese «Ego cartesiano» y afirma que el concepto de «identidad personal» carece de sentido aunque en nuestro mundo cotidiano hablar en términos de el nos facilita mucho las cosas y nuestro sentido común, nuestro lenguaje y nuestro bagaje cultural esta lleno de ese concepto de identidad.
Aunque el dilema del teletransportador no tiene respuesta definitiva, es bastante acertado concluir que en el segundo caso se tienen dos «yos». Cuando se les pregunta a cada uno de ellos si son el original, ambos responden afirmativamente, ambos dirán sin dudarlo «Este de aquí soy yo». Por tanto, tal como diría Dan Dennett:
El «yo» se asemeja a un billete de banco: se diría que tiene mucho valor, pero en el fondo, es una convención social, una especie de ilusión sobre la que todos estamos tácitamente de acuerdo aunque nunca nos lo hayamos preguntado y en la cual, a pesar de ser ficticia, se basa toda nuestra economía. Pero, en sí, un billete es un simple trozo de papel sin ningún valor intrínseco.
La idea (descabellada) de que podemos estar en dos cerebros a la vez, sin duda genera de inmediato una reacción intuitiva de rechazo. Si la idea de estar en dos lugares a la vez parece no tener sentido, entonces piense en intercambiar espacio por tiempo y ver cómo no tiene reparos en imaginar que usted existirá mañana y pasado mañana. ¿Cómo es que pueden existir dos «usted» diferentes y que los dos reivindiquen su nombre?
No todo es ciencia ficción
¿Cuál de todos soy yo?
Quizá el mayor contrargumento a lo que se ha afirmado podría sencillamente ser que hemos estado hablando de escenarios de ciencia ficción que tienen poco que ver con el mundo real, los seres humanos reales y la vida y la muerte reales. Pero pensemos por un momento en situaciones cotidianas que pueden ayudar a desmitificar ese concepto de «yo» indivisible. Pensemos por ejemplo en las personas con Alzheimer y cómo su concepto de identidad se diluye gradualmente dejándonos claro, como tantas cosas en la vida, que la identidad no es una cuestión de blanco y negro, sino de grises, que son en realidad un conjunto de esos sobres que conforman a «Epi». Se me ocurre también pensar en aquellas personas con problemas de personalidades múltiples y como Hofstadter afirma también, pensemos por un momento cómo las personas con las que convivimos día con día también llegan a «vivir» dentro de nosotros en forma de copias de baja resolución. Hofstadter, por ejemplo, mantiene en su memoria los recuerdos de la infancia de su difunta esposa, recuerdos que no son vivencias propias, pero que a raíz de convivir tantos años con ella, es capaz de evocarlos y representarlos. ¿Podría afirmarse que una parte del «yo» de su esposa continúa aún vivo?
Para quienes han perdido un ser querido en la muerte, esta idea, aunque triste, es a la vez hermosa. Y, en cualquier caso, para la gente de ciencia, es hasta ahora el único consuelo.
Aunque solo he leído 2 libros de Mo Yan (Rana fue el otro), me atrevo a decir que esta es su mejor obra. Un libro magnífico escrito hábilmente con grandes dosis de inteligencia y humor que consiguen que uno digiera de principio a fin las más de 700 páginas que lo componen. Resulta aún más increíble pensar que Mo Yan lo escribiera en tan solo 43 días. El título es brillantemente atractivo y bien elegido. Mo Yan se vale de una creencia muy común en Oriente, la reencarnación, para conseguir llevarnos de la mano en un recorrido de 50 años por China, o al menos del pueblo natal del autor, a saber Gaomi.
El personaje principal es Ximen Nao, un terrateniente que muere injustamente en 1950 cuando nuevas las nuevas corrientes del comunismo declaran que la tierra debe trabajarse de una manera distinta. Reencarnando en un burro, un buey, un cerdo, un perro, un mono y finalmente un niño con hemofilia, el personaje va observando la transformación de pueblo a la par de la llegada y despedida de otras generaciones. Cada ciclo es una oportunidad de redimirse pero también es la contemplación de otra injusticia. Al contar la historia a través de animales, Mo Yan no solo consigue una crítica inteligente y ácida del sistema, cultura y política china, también lo hace sumamente divertido. Igualmente gracioso resulta ver a Mo Yan incluido entre los mismos personajes y auto describirse como un ser bastante tonto y despreciable, aunque no exento de buenos sentimientos.
En vista de que la lectura puede tornarse un poco complicada y enredada, al inicio del libro la edición en español incluye un índice de los personajes más relevantes. Y es que han de saber que uno de los retos de las novelas chinas son los nombres, porque al lector occidental todos les parecerán un trabalenguas y todos les sonarán parecidos. En mi caso, leer también algunas sinopsis y otros artículos en la red me ayudó a una mejor comprensión.
Este libro despertó mi interés por la historia de China. En nuestras escuelas lo que se nos enseña de ella se limita a un párrafo o un capítulo de algún libro como alguna de las grandes civilizaciones del mundo antiguo. Gracias a este relato de Mo Yan podemos conocer un poco más del comunismo de Mao Zedong, el Gran Salto Adelante, pasando por la Gran Hambruna China y siguiendo con la Revolución Cultural, eventos que le han dado forma a la condición actual del país.
Mo Yan critica y alaba el mismo sistema del cuál el forma parte. Es miembro del Partido Comunista desde 1979 y actualmente es vicepresidente de la Asociación de Escritores del mismo partido. Esto le convierte en objeto de crítica de parte de varios colegas escritores chinos. Un punto máximo se alcanzó cuando se negó a dar apoyo mediante una firma a una petición firmada por otros 134 galardonados al Nobel para el excarcelamiento del disidente político Liu Xiaobo quien también ganó el Nobel de la paz en 2010. «Siempre he sido independiente. Me gusta que sea así, y cuando se me fuerza a expresar mi opinión, no lo hago» respondió y luego afirmó que apoyaba la liberación de su compatriota. Liao Yiw, otro poeta y compatriota, lo tachó de «canalla». En parte los críticos tienen razón, en parte Mo Yan lo sabe y por ello a veces se ven respuestas vagas e incompletas en entrevistas como esta. Pero su capacidad como escritor no queda en duda. ¿Es necesario juzgar la calidad de la obra literaria de un autor por afiliación política o sus creencias particulares? La respuesta queda abierta.