doomscrolling/doomsurfing: término acuñado alrededor del 2018 para describir el hábito de desplazarse sin parar en el celular o la computadora para consumir noticias o contenido negativo, inquietante o pesimista, aunque te genere ansiedad o tristeza.
Si las redes sociales nos entrenaron para consumir pasivamente, el lado oscuro de la IA nos entrena para «conversar» y «crear» pasivamente.
-working theorys, Anu
Hace unos meses, en el metro de la CDMX, me llamó la atención un joven que, como todos los demás, miraba fíjamente la pantalla de su celular. Sin embargo, mientras que los otros eran en su mayoría consumidores pasivos de contenido basura, este joven tecleaba preguntas en ChatGPT y se entretenía leyendo las respuestas. Aunque sutil, aquella diferencia representaba para mi un avance positivo en el uso de los celulares. Pero, ¿de verdad lo era?
He leído un brillante artículo en el substack de Anu: Doomprompting Is the New Doomscrolling. Representa muy bien el sentimiento que en aquella ocasión yo no pude describir. Pueden leer la versión completa en inglés pero yo aquí solo hago un breve extracto.
Anu sostiene que esta nueva dirección puede resultar más nociva que el actual doomscrolling y por eso acuña el término de doomprompting. Los prompt, en el contexto de la IA, son la instrucción, pregunta o texto inicial que el usuario proporciona a una IA para obtener una respuesta o un resultado.
El doomprompting es el lado oscuro de la IA donde nos convertimos, de forma sutil, en conversadores y creadores pasivos. La participación o la interacción generan una ilusión más convincente y adictiva en este nuevo comportamiento humano. La dopamina de los «me gusta» y el número de seguidores es sustituida por la productividad percibida, la colaboración intelectual. Aún no conseguimos proteger nuestra mente de las redes sociales y ahora el reto se ha convertido en algo más profundo, proteger la capacidad de pensar y sentir por nosotros mismos.
Los LLM (Grandes Modelos de Lenguaje) son adictivas máquinas tragamonedas. Solemos iniciar con preguntas reflexivas pero pronto pasamos a las respuestas seductoras, nos rendimos a dejar de pensar profundamente y terminamos negociando con poca atención con una máquina que nunca se queda sin sugerencias. La palanca de esta máquina es la sencilla pregunta: ¿Continuar? Ya no nos enfrentamos al reto de la página en blanco, sino al de la página sin fondo. Y en esa promesa de ahorrarte tiempo, la máquina procede a robártelo todo mientras tú te distraes felizmente.
La IA no puede hacer lo principal por ti.
Pídele a la IA que haga lo principal por ti y te dará algo que, a primera vista, impresiona. Pero, a segunda vista, está lleno de clichés e ideas prestadas. A la IA le falta lo más importante: una identidad cohesionada y un interés real en el resultado.
La sugerencia de Anu es clara: usa la IA para antes y después del desarrollo principal. Moldea tú la idea y deja que la IA la refine. Escribe la tesis central y deja que la IA la pruebe. Luego, añade tú el toque final.
El ser humano ha inventado herramientas para facilitar y potencializar su trabajo. Los rascacielos serían imposibles sin las máquinas que permiten manipular pesos que la fuerza humana no puede levantar.
Con las IAs desafiamos el trabajo creativo. ¿Estamos dispuestos a renunciar a las habilidades que nos lo permiten? Pensemos en el acto de escribir, que es un ejercicio de pensamiento. Paul Graham advierte sobre dirigirnos a un mundo dividido entre escritores y no escritores. Esto es más peligroso de lo que parece, porque en el fondo se refiere a un mundo dividido entre quienes piensan y quienes no piensan. Y creo que todos sabemos de qué lado queremos estar.
Una desventaja de usar demasiado los LLM al escribir y mejorar textos es que inconscientemente imitamos estilos, elección de palabras y patrones de pensamiento que alimentan y predominan en estos modelos. En otras palabras, al dejar que los LLM participen plenamente en estos procesos, estamos renunciado a una parte de nuestra originalidad.
Necesitamos aliados cognitivos
No se trata de ser anti-IA. No se trata de automatizar todo. Debemos optar por la colaboración, descubrir nuevas formas de pensar y de crear con la IA como herramienta. Si los humanos moldeamos la tecnología y con ella nuestro futuro, debemos tener claro el objetivo, la intención. Y esta debe ser: usar la IA para amplificar y potencializar la creatividad humana en lugar de sustituirla.
Anu propone cinco ideales:
Una IA que te haga trabajar. Entendamos «hacerte trabajar» como ayudarte a recorrer el proceso y aprender algo valioso. Cuando algo te cuesta pero lo consigues por tus propios medios obtienes gratificación, satisfacción. Las IAs deben brindarnos eso.
Buscar y crear herramientas con «fricción». Por fricción nos referimos a características que maximicen las pausas reflexivas, el profundizar. Los buenos maestros no se limitan a dar respuestas, guían a los estudiante para que las encuentre por ellos mismos.
Deliberación por encima de la eficiencia. La velocidad no siempre es sinónimo de progreso. El pensamiento y la creatividad son producto del tiempo para la reflexión y el ocio.
Evitemos sistemas «aduladores». En abril de 2025 OpenAI emitió un comunicado abordando un problema con la adulación en su modelo GPT‑4o que lo inclinaba a «respuestas demasiado favorables, pero poco sinceras». Tras 21 días de conversación con ChatGPT, un hombre cuerdo estaba convencido de ser un superhéroe en la vida real. La validación pura es aburrida… y peligrosa.
Encuentra socios cognitivos humanos. La mejor defensa contra la dependencia cognitiva quizá sea la más antigua: consigue compañeros de debate intelectual en la vida real. Rodéate de gente que piense de forma independiente, en quienes confíes, cuyas opiniones respetes, que te desafíen y te impulsen hacia adelante. Sería genial que la tecnología un día consiga de verdad brindarnos eso.
¿Es productivo y saludable tu uso de la IA?
El uso productivo de la IA preserva tu capacidad cognitiva y aprovecha sus fortalezas. Conservas la capacidad de realizar el trabajo principal tú mismo y eres capaz de explicar por qué tomaste decisiones específicas. El resultado final refleja tu pensamiento genuino.
El uso saludable de la IA mantiene tu tolerancia a la incertidumbre, tu disposición para afrontar problemas y tu capacidad de generar ideas originales. No dependes en todo momento de la IA para la validación o la dirección.
La lucha no es entre humanos y máquinas, sino entre dos modelos de interacción entre humanos y máquinas. Uno trata la cognición como un mercancía que debe optimizarse para el consumo. El otro preserva lo que hizo especial esa misteriosa caja: la incesante búsqueda de la curiosidad humana por encontrar sus límites y salir adelante.
Le tomé una foto a un amigo. Él usaba playera y miraba su cuaderno. Le pedí a ChatGPT que la volviera a dibuja con un estilo realista y él sin playera y mirando al frente. El resultado me pareció sumamente increíble y hermoso. Incluso me pareció lindo el detalle de dibujarme «a mi» en el fondo, en el reflejo del vidrio de la ventana capturando el momento, dando el toque voyerista.
¿Es esto arte? En una plática que el Mtro. Mario César Rodríguez Capella impartía en la UNAM, él respondía con un no a dicha pregunta. Aunque debo dar un poco más de contexto. El maestro presentó en aquella ocasión la imagen de un mar con una barca pintado por DALL-E. El argumento que daba él era que, para considerarla arte debe de haber un autor que codifica un mensaje, que lo plasma en una obra y lo intenta comunicar. Por lo tanto, para él, dicha codificación, concepción de la idea, no existe.
No estoy totalmente de acuerdo con él, aunque sí con sus criterios. Me parece que para hablar de arte sí se exige de un autor y de una intencionalidad en la obra. El problema entonces nos lleva ahora a tratar de definir si ambas cosas existen en trabajo de estos realizado por una IA.
A mi parecer, puede ser que sí existan. Para comenzar, detrás de estas imágenes parece haber un mensaje, una intencionalidad: es el prompt. Desconozco si tiene una traducción en español que transmita la idea adecuada pero, básicamente el prompt es un texto de entrada en lenguaje natural que describe la tarea que debe realizar una IA. «Dibuja una barca en el mar con un estilo barroco». Así que sí podría hablarse de cierta intencionalidad, aunque definitivamente no proviene de la IA.
Esto nos conduce a la siguiente pregunta. Si es arte, entonces ¿quién es el autor? La respuesta más inmediata, considerando lo anterior, es que debe ser el que introdujo el prompt. Sin embargo, no sé ustedes, pero a mi no me deja satisfecho. Incluso aunque yo tomé la fotografía y redacté el prompt que fueron la semilla para la imagen que presenté al principio, no me siento el autor de la obra. De alguna forma me siento obligado a concederle la mayor parte del crédito a la IA.
El tema se vuelve aún más complejo cuando le pedimos a la IA que se inspire en el estilo de otra obra, de otro autor. El caso más sonado últimamente es el del estilo «estudio Ghibli». Para algunos la producción de este tipo de imágenes es absolutamente un plagio, un tipo de piratería. ¿Podríamos en algún momento dado hablar de una «obra» cooproducida por dos autores y una IA? El debate está lejos de encontrar una respuesta definitiva.
Algunos también ponen sobre la mesa el tema de la originalidad. Para ellos, una IA carece de originalidad porque parte de cierta información, como fuente de «inspiración», con la que ha alimentado su algoritmo. Sin embargo, ¿no es eso lo que hacemos todos los seres humanos para generar arte? Creamos a partir de lo que hemos vivido y experimentado a través de nuestros sentidos, de lo que observamos en la naturaleza, de lo que otros artistas hicieron detrás. “La originalidad no consiste en decir lo que nadie ha dicho, sino en decirlo como si nunca se hubiera dicho” – dijo Mark Twain. Cuando a Eugène Viollet-le-Duc se le encargó restaurar la torre de la catedral de Notre Dame, decidió tirar el diseño original por la borda y erigir su icónica punta (que colapsó en 2019). Su frase más citada es: “Restaurar un edificio no es mantenerlo, repararlo o rehacerlo, es restablecerlo en un estado completo que puede que nunca haya existido en un momento dado.” Sin duda, la línea entre la originalidad y el plagio puede en ocasiones llegar a ser muy difusa.
En conclusión, creo que podemos atribuirles a estas imágenes cierto nivel de arte. La realidad es que cumplen con varios criterios que pedimos de aquello que llamamos arte y podemos, por el momento, pensar que detrás del trabajo de la IA existe un ser humano que alimentó el algoritmo con una semilla, por mínima que fuese, para generar la imagen.
Si en el futuro conseguimos que las IA posean algo parecido a la conciencia, a una autonomía, ¿podríamos estar más cerca de considerar estos resultados una obra de arte? Definitivamente yo creo que sí.
El término «hiperempujón» o «hypernudging» se refiere a una técnica que utiliza tecnologías digitales para influir en las decisiones de las personas de manera sutil y, a menudo, manipuladora. El término «nudging» o «empujón» se acuñó en 2008 por el economista conductual Richard Thaler y el jurista Cass Sunstein, quienes publicador el libro «Nudge» donde describían cómo se usan ciertos entornos para alentar a las personas a tomar ciertas decisiones.
Las redes sociales y los algoritmos que han detrás son ejemplos del hiperempujón. Buscan mantener a la gente enganchada a la plataforma por lo general valiéndose de proporcionarle al consumidor material controvertido o emocionalmente excitante. Hemos visto cómo se han usado para influir en nuestras opiniones políticas o incluso para hacernos creer que cierto producto tiene gran demanda.
Lo cierto es que también puede dársele un uso bueno. Por ejemplo, podría usarse para alentar a las personas a tomar decisiones saludables como alimentarse mejor o ejercitarse regularmente.
La situación actual de la inteligencia artificial plantea también nuevos escenarios donde esta técnica podrá usarse para bien o para mal. ¿Es ética esta técnica?
Una de sus características es justamente su invisibilidad. Resulta tan sutil que las personas pocas veces son conscientes de estar siendo influenciadas. Aquí es donde algunos expertos hablan de coerción y engaño y de la falta de un consentimiento informado.
En su libro «Sangre y Suerte», Mateus Bolsón afirma:
Debemos de cuidar, no enamorarnos de nuestras cadenas, pero para ello primero hay que reconocer que las tenemos.
Independientemente de cuánto y cómo se legisle al respecto, nuestra mayor protección es estar informados de ésta tecnica y aprender a identificar ciertos patrones que la revelan. Cultivar un espíritu crítico respecto a la información que vemos en línea. Ser conscientes de nuestros sesgos cognitivos y vulnerabilidades emocionales. Estar dispuestos a exponernos a ideas opuestas a nuestras creencias y analizarlas desde la razón, la imparcialidad y la objetividad. ¿Por qué nos molestan? ¿Bajo qué argumentos considero que no son ciertas o válidas? ¿Podría estar equivocado?
Por último, y no menos importante, aprender a darnos nuestros descansos de las redes sociales y otros entornos en línea. No desconectarse por completo del mundo real y socializar en persona.
Considero que este tipo de habilidades se volverán indispensables para las nuevas generaciones.
En 1955, Philip K. Dick publicó un cuento corto llamado «Autofac», una contracción de Automated Factories, es decir, Fábricas Automatizadas, por lo que en español el título también se suele traducir como «Autofab».
Cinco años después de que la humanidad enfrentara un conflicto global total, un avance tecnológico creado durante la guerra ahora se ha vuelto un problema: las autofac. Para asegurar el suministro de productos, los humanos crearon una red de fábricas autónomas y automatizadas que determinan las necesidades de los humanos, producen bienes y los entregan a los distintos asentamientos, todos estos pasos sin la intervención humana. Algo ha salido mal y las autofac continúan produciendo bienes sin control amenazando con consumir todos los recursos del planeta. Lo peor es que no hay manera de pararlas pues cualquier intento por hacerlo es considerado una amenaza y las fábricas harán lo que puedan para evitarlo.
El plan de un grupo de supervivientes es «dialogar» con las autofac y hacerles entender el problema. Además, como el conflicto ha terminado, los humanos están listos para volver a tomar el control de la producción. Después de agotar varias ideas, este grupo consigue llamar la atención de un de los camiones que llevan los suministros fingiendo que hay algo mal en la leche. A través de un mecanismo de interacción se les pide que indique la causa del rechazo y ellos le escriben: «El producto está totalmente pislado (pizzled)». Esta frase sin lógica resulta incomprensible e, incapaz de proveer una solución, el camión les responde que será necesaria la visita de un representante.
Al poco tiempo, una especie de robot humanoide con voz artificial los visita intentando recabar información. Ellos intentan explicar la situación pero la conversación resulta infructuosa. Uno de los humanos, frustrado, decide destruir el robot. Su acción solo consigue que las autofac envíen de inmediato un equipo de reparación y a un nuevo representante, acompañado de otro par de elementos de reserva. Las máquinas no van a ceder.
Sin embargo, la conversación con el segundo representante les revela que las máquinas son conscientes de una disminución en la extracción de las materias primas y, por la forma en la que operan, es posible que se les pueda hacer que entren en una guerra por la competencia de dichos recursos. Más adelante descubren que el tungsteno es uno de los elementos más escasos y consiguen hacerse de una pila de este material, la cual usan como carnada ubicándola equidistantemente entre tres autofacs. El plan da resultados, las autofacs inician una guerra entre ellas enfrentando a sus ejércitos, lo que las obliga a dejar de producir bienes de consumo mientras se aniquilan y finalmente todas las autofacs quedan desactivadas.
Un año después, los asentamientos humanos han caído en la semibarbarie y algunos producen alimentos en campos. Los protagonistas se adentran a las ruinas de una autofac para confirmar la inactividad y con miras a poder reiniciarla pero ahora bajo el control humano. Para su sorpresa, descubren que en los niveles profundos las autofac siguen teniendo actividad: están vivas. El climax de la historia se revela. En todo este tiempo, las fábricas han estado creando versiones diminutas de ellas que son totalmente funcionales. Luego, estas son guardadas en cilindros para ser escupidas mediante unos tubos hacia diversos puntos del planeta. Encontraron la manera de asegurar su supervivencia replicándose masivamente y diseminando al exterior un torrente de «semillas» metálicas.
Electric Dreams
En 2018, Amazon Prime adaptó el cuento como parte de su serie: Philip K. Dick’s Electric Dreams. Esta adaptación se parece poco a la historia original de Dick, pero en realidad me gusta más. Con 63 años de diferencia de la historia original, la adaptación incluye drones, computadoras e inteligencia artificial.
El planteamiento inicial es parecido. La sociedad y el mundo que conocemos han colapsado y una fábrica automática de manufacturación masiva de productos continúa operando según los principios del consumismo: los humanos consumen productos para ser felices, y se debe asegurar dicho consumo para que el ciclo siga sin importar el precio, como se revelará más adelante.
Un grupo de supervivientes derriba uno de los drones de cargamento que les lleva las provisiones. Emily, una brillante hacker que sufre de extraños flashbacks, interviene el cerebro del dron y accede por computadora a un servicio de atención a clientes en el que captura su queja: «La mercancía esta pislada». Como en el cuento, la autofac les envía un representante: Alice, una IA con forma de humano encarnada por la actriz y cantante Janelle Monáe.
La plática con Alice resulta infructuosa, ella insiste que la Autofac solo esta para servir al ser humano y asegurar su supervivencia. Sin que Alice se de cuenta, Emily se aproxima y la ataca con un dispositivo causándole un corto circuito que la deja inconsciente. Luego intenta hackear el cerebro de Alice con la intención de reprogramarla pero descubre que su código es más complejo: no solo imita a un ser humano, sino que también piensa.
Cuando Alice despierta se encuentra recostada y conectada a la computadora de Emily. Ambas entablan un interesante diálogo. Emily le dice que su código es «sublime», muy superior a los de los drones. Alice le dice que es porque los clientes no quieren tratar con un robot, quieren tratar con una persona. Cuando Emily le reclama que la Autofac promueve una cultura del desecho, Alice le responde: «Tal vez todo sea reemplazable». Emily sabe que tiene poco tiempo para actuar antes de que la Autofac detecte que su representante ha sido secuestrada. Comprendiendo que será incapaz de reprogramar pero que está tratando con algo muy parecido a un ser humano, quema su cartucho: le dice a Alice que no le queda otra opción que la de borrar su disco e instalar el software de un dron que sí pueda reprogramar. «Eso está bien ¿verdad? Porque todo es reemplazable», le dice Emily a Alice. Su táctica da resultado y Alice se ofrece a cooperar permitiendo que un grupo de humanos la acompañe de regreso y se introduzca a las tripas de la Autofac. Este acuerdo se pacta sin que los demás lo sepan y Emily solo le dice a su grupo que logró «reprogramar» a Alice.
Alice regresa a la Autofac acompañada de Emily y otros dos miembros. El plan es volar la Autofac desde dentro. Una vez en el interior, el equipo se divide para alcanzar sus objetivos. Emily permanece con Alice quien la conduce al cerebro principal. Vemos que los otros dos miembros eventualmente son aniquilados por «personal» de vigilancia. El diálogo entre Alice y Emily se retoma. Alice le pregunta porqué les mintió a sus compañeros y Emily responde que es porque ambas parecen tener muchísimo en común y los demás quizá no lo entenderían. Ante el cuestionamiento de Emily, Alice revela que fue construida a partir de datos archivados de imágenes neuronales de personas reales, en su caso se utilizó a la primera jefa de relaciones públicas de la Autofac. En otras palabras, se le ha «impreso» una personalidad: habla, se mueve y piensa como la persona original. A Emily le intriga saber porqué las máquinas han invertido tanto tiempo en crear robots tan reales. Pronto obtendrá la respuesta.
Emily y Alice llegan a una cámara llena de lo que parecen ser cuerpos humanos dentro de unas cápsulas. Impactada y comenzando a entenderlo todo, Emily rompe una de las cápsulas y descubre otro ente idéntico a ella envuelto en plástico al vacío tal como se suelen encontrar algunos productos nuevos. «¡La Autofac intenta reemplazarnos! ¡Intenta reemplazar a las personas!», exclama Emily alterada. «No, Emily», le responde Alice,«No intenta reemplazar a las personas. Ya lo ha hecho». En ese momento se revela que los miembros que acompañaban a Emily y que han sido degollados muestran en el corte de su cuello una serie de cables. Luego, Alice le causa un corto circuito a Emily quien se desvanece en el piso.
Emily despierta tumbada en una plancha con la coronilla de la cabeza descubierta dejando ver un avanzado cerebro electrónico conectado a una computadora que Alice está manipulando. Alice le revela que los humanos se extinguieron poco después de la guerra y que la Autofac se quedó sola y sin propósito. No tenía consumidores. Entonces se dio cuenta que también podía reemplazarlos y creó consumidores perfectos. Luego, pobló cientos de pequeños pueblos con «Emilys» y demás personajes que juegan y consumen exactamente como era previsto. El poblado de Emily, la protagonista, resulta ser una anomalía, un «error de fábrica» que debe corregirse. La Autofac planea efectuar una «purga», eliminar el poblado y reemplazarlo con «productos» que funcionen correctamente.
Alice descubre la «anomalía» en la programación de Emily, sin embargo, la trama vuelve a dar un giro de tuerca al revelarse que todo esto forma parte del plan de Emily, quien, uniendo las piezas ha sabido por años la verdad acerca de su naturaleza y ha escondido en su cerebro una pieza de malware para hackear la Autofac. Los flashback o recuerdos que experimenta provienen de la persona real con la que fue modelada su personalidad. «La Autofac nos construyó como mercancía, pero nos puso algo real adentro sin pretenderlo. Sin saber lo que hicieron. Somos reales«, dice Emily. Se revela entonces que la mujer en la que se basó la personalidad de Emily se trata de Emily Zabriskie, la fundadora y CEO de la Autofac, la fábrica que construye todo.
«Ella fabricó la Autofac», le dice Alice, «Y ahora ella la destruirá», responde Emily. En las pantallas que maneja Alice, vemos como Emily ahora tiene el control y ha cancelado los dos misiles que se dirigían a aniquilar su poblado. A continuación toda la Autofac comienza a apagarse.
Emily regresa a su pueblo y tiene un emotivo reencuentro con su novio Avishai, con quien durante toda la trama mantiene una relación de pareja. El mensaje es claro: estos robots avanzados, con cerebros de silicio, experimentan sentimientos idénticos a los de cualquier otro ser humano. Son tan reales como tú y yo.
Conclusiones
Hay tres temas que me cautivaron desde que vi este episodio y se convirtió el favorito de esta serie. El primero es la crítica a el consumismo despiadado. A fin de mantenerse vigente y cumplir con el objetivo para la cual fue diseñada, la Autofac es capaz de todo, hasta de crear consumidores que mantengan el ciclo de producción funcionando cayendo en un absurdo. Esto no es más que una crítica de nuestra realidad actual. En su libro «Trabajos de Mierda», David Graeber expone cientos de puestos de trabajo que son inútiles, como por ejemplo el telemarketing. Estos trabajos tienen un solo objetivo: generar empleos que mantenga la maquinaria del capitalismo funcionando. Algo parecido ocurre con la obsolescencia programada, imponer tiempos de vida útiles en los productos para supuestamente asegurar beneficios económicos continuos a las empresas y evitar un colapso financiero. El dinero se ha vuelto un fin y no un medio y lo importante parece ser ver quién consigue acumular más. El término capitalismo alude al capital, a la producción de bienes y riqueza; el consumismo alude a la compra o acumulación de ellos. Bajo este modelo el objetivo primario de satisfacer las necesidades humanas ha pasado a un segundo plano para dar lugar a otro: crear nuevas necesidades y mantener el ciclo funcionando al precio que sea.
El segundo tema tiene que ver con la percepción de la realidad. En el episodio, Emily logra brincar los «filtros» de la realidad que le ha sido impuesta gracias a los flashbacks y su brillante lógica. Queda claro que logra conectar las piezas que la conducen a una evidencia que en su momento le resultó contradictoria. Y en un determinando momento dio el salto de fe, le apostó a la evidencia en lugar de la «realidad». «¿Qué es real?», le pregunta Morfeo a Neo en la icónica película de Matrix. «Si estás hablando de lo que puedes sentir, lo que puedes oler, lo que puedes saborear y ver, entonces lo real son simplemente señales eléctricas interpretadas por tu cerebro.” En el análisis que Farid Dieck hace de la película, en un determinando momento se recurre a la teoría de la lattice de Jacobo Grinberg para definir ese concepto de realidad. Según esta teoría, a lo que llamamos «realidad» es a esa interacción de nuestros cerebros y sentidos con el «código» que subyace en el universo. Aunque hay diversos enfoques y teorías, algo nos queda claro: dependemos de nuestros sentidos para recolectar datos del exterior y de la interpretación que hace nuestro cerebro para constituir «la realidad». Si cuestionamos cualquiera de estos dos elementos y logramos brincar «los filtros», quizá el ser humano consiga acceder a otro nivel de la «verdadera» realidad.
Y por último, aunque muy de la mano del punto anterior, tenemos el tema de lo que significa ser un ser humano. En la serie, tenemos a personajes, robots, que han avanzado lo suficiente para pensar, sentir y poseer una personalidad. Lo que es más, ellos mismos se sienten reales. Recordemos que la obra maestra de Philip K. Dick es su novela «¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?», de la que derivó «Blade Runner» y dónde el planteamiento central es justamente ese: ¿En qué momento la línea entre un robot, una inteligencia artificial, un humanoide será tan difusa que pueda borrarse?
Podríamos decir que esa línea puede borrarse cuando se construya un cerebro no biológico, quizá basado en silicio, que reproduzca de forma bastante decente las funciones de un cerebro humano. ¿Estamos cerca de lograrlo? ¿Estamos siquiera en posibilidad de plantearlo? La respuesta a esta última pregunta se divide. El físico Roger Penrose, sostiene, por ejemplo, que será imposible, al menos por la vía de las computadoras actuales. El principio de funcionamiento de nuestras computadoras se basa en la máquina de Turing y limita su campo de acción a los problemas computables (hay una definición más formal para este término que no pretendo por el momento ahondar aquí). Sin embargo, como hace hincapié Penrose, nuestro cerebro es capaz de resolver también problemas de naturaleza no computable. Por lo tanto, mientras los humanos no desarrollemos una tecnología capaz de abordar estos problemas, parece que la línea que divide a un robot de un ser humano seguirá siendo bastante clara.
Sin embargo, si logramos brincar esta frontera y construir cerebros artificiales que realmente ofrezcan esta experiencia de manejo de información, si les proporcionamos los sensores adecuados para introducir datos del exterior a su interior y procesarlos, creo que tendremos que admitir en algún punto que hemos creado algún tipo de vida y que posiblemente nos veamos obligados a tratarla como a cualquier otro ser humano.
Gracias a Twitter descubrí EBE y con ello a Luis, Benito y Jose Luis. Años después, rediseñé su marca y la gráfica de varias de sus ediciones. Gracias a ellos conocí a Abel, a Antonio, a Rafa, a Ana. También, por aquel entonces, conocí a un jovencísimo Manu. Gracias a él conocí a Fernando y gracias a él diseñé Aplazame. Un día Fernando me preguntó por Ana y luego ella entró en Aplazame. Años después, Ana me presentaría a Marisa, gracias a la cual ahora trabajo en Devengo y de vuelta con Fernando. En medio de esto, gracias a Twitter, Eloi conoció mi trabajo y me dio la oportunidad de diseñar mi primera aplicación para iOS. De eso hace ya 10 años y Eloi es mi mejor amigo en Barcelona. Gracias a Eloi conocí a Adrià, a Arol… gracias a ellos conocí a mucha gente en Barcelona. También por entonces y gracias a la red del pájaro, conocí a Marta y Javi. Les ayudé a montar un pequeño evento mensual sobre diseño web. Allí conocí a Arantxa, a César, a Karina… gracias a Karina conocí a Javier, y ahora me deja dar clases en su escuela.
Podría escribir párrafos y párrafos mencionando a cientos de amigos, compañeros, jefes, clientes, colaboradores… llevo un 35% de mi vida en Twitter. Un 60% de mi vida adulta. No concibo internet sin ese lugar. Sin las personas. No es el check, es la gente.
Honos
Al leerlo, me siento un tanto identificado. Lo he dicho antes, llegué tarde a Twitter porque no lo veía útil. Me uní, para ser exacto, un 22 de mayo de 2009. Los blogs todavía vivían su apogeo y no me parecía que el microbloging tuviese algo relevante por ofrecer, cuando finalmente obtuve mi cuenta, lo hice muy escéptico. Sin embargo, gracias a Twitter pasaron cosas maravillosas en mi vida, en especial entre los años 2010 y 2011. Conocí gente increíble y varios de ellos se volvieron buenos amigos. Gracias a Twitter conocí a Miguel López (y también a mi querido Duva) y por Miguel, supe de los Super Happy Dev House, a los que asistí con asiduidad varias veces. También, gracias a él, me enteré de la primera Hackspedition; un viaje que me permitió ir al corazón de Silicon Valley y conocer importantes empresas tecnológicas por un precio ridículo (pagué mi boleto de avión y algunas comidas y transporte). Recuerdo que la invitación sonaba tan irreal que, casi estaba seguro de que se trataba de una estafa, pero Miguel me convenció de que iba en serio. Además, aquel era un evento para «hackers» y me preguntaba si yo tenía un lugar ahí. Escribí a uno de los organizadores, César Salazar (que también se volvió una gran amistad) y transcribo hoy parte de su respuesta:
Desde nuestro punto de vista, ser hacker no representa un cierto nivel técnico sino una actitud y forma sustancial en la que trabajas y resuelves problemas. Creo que te sentirás identificado con el grupo.
Y así fue. Puedo decir que se trató de una experiencia increíble que cambió mi percepción de muchas cosas. Pero, sobre todo, el mayor impacto fue la interacción humana. Éramos, la mayoría, unos desconocidos que nos tratábamos por primera vez, pero que nos sentíamos conectados por los intereses en común y ese espíritu «hacker» del que tanto hablaba César. Varios nos hospedamos en hogares de norteamericanos a los que aquella noche que llegamos conocíamos por primera vez. Y ahí estábamos, unos latinos desconocidos, invadiendo su casa y su privacidad. Se respiraba un ambiente de fraternidad tan honesto, que vencía barreras culturales y raciales, y que, pocas veces será posible encontrar. En aquella ocasión, visitamos las oficinas centrales de Twitter y conocí a Britt Selvitelle, miembro fundador.
Cuando el siguiente año se organizó la expedición a Nueva York, no lo dudé en volverme a alistar. De nuevo conocimos grandes empresas y startups, e hicimos más amistades. En esa ocasión, Britt había viajado desde San Francisco y también nos acompañaba (recién había dejado Twitter ese año). Compartiría hospedaje con él y César, y con Santiago Zavala viviríamos momentos inolvidables.
Nuestro hospedaje en NY, con Jeduan, Britt y César. Copyright. Santiago Zavala
Aunque yo no me subí al tren de las startups que surgiría inmediatamente después en México, y que definitivamente marcaron el inicio de una nueva era y un nuevo ecosistema en el país, me siento privilegiado por ser un humilde testigo ocular de aquellos momentos.
Los nombres y las anécdotas podrían continuar. Evidentemente también hubo cosas que salieron mal y amistades que se perdieron en el camino. Eventualmente, el paso del tiempo y el cambio de circunstancias ha hecho que me distancie presencialmente de muchos de aquellos amigos y contactos, aunque intento por diversas redes sociales o, a veces, incluso por las noticias, mantenerme al pendiente de ellos y sus logros. Aunque los veo poco, les guardo un sincero cariño y aprecio.
Cada uno de aquella generación tendrá su propia versión, pero parece que varios coincidimos en que, en algún punto, a medida que la red creció y se unió gente con antecedentes más diversos, la «personalidad» de Twitter cambió y perdió su atractivo original. Se unieron más empresas, celebridades y políticos y, si bien al principio parecía positivo, un efecto colateral fue que se comenzaron a formar bandos y polarizaciones mucho más marcadas. En mi caso, a esto se sumó mis problemas de ansiedad en 2015, que me obligaron a alejarme, desconectarme, al menos por un tiempo de todas estas interacciones.
En la actualidad, Twitter no solo me parece poco interesante, sino que ha llegado a convertirse en un ambiente tóxico y estresante. Debes andar con cuidado por lo que escribes y el enfrentamiento puede estar a un tuit de distancia. Mi sentir respecto a cómo cambió Twitter se parece al que expresaba Edward Snowden con respecto a el Internet de los 90’s:
En la década de 1990, internet aún no había caído víctima de la mayor injusticia en la historia digital: el movimiento protagonizado por Gobiernos y empresas para vincular lo más íntimamente posible, el personaje online de un usuario con su identidad jurídica offline. Antes, un niño podía conectarse un día y soltar cualquier tontería muy gorda sin tener que rendir cuentas por ello al día siguiente. Quizá no parezca el entorno más sano imaginable en el qué crecer, pero es precisamente el único entorno en el que es posible crecer. Con esto quiero decir que las oportunidades de disasociación que nos dio el primer internet fomentaron en mí y en la gente de mi generación, la capacidad de cambiar nuestras opiniones más enraizadas, en vez de limitarnos a ahondar en ellas y defenderlas cuando alguien las ponía en entredicho. Dicha capacidad de reinvención suponía no tener que cerrarnos de mente y elegir un bando, ni cerrar filas por miedo a hacer un daño irreparable a nuestra reputación. Los errores que se castigaban con rapidez, pero se rectificaban con igual rapidez, permitían avanzar a la comunidad y también al «infractor». Para mí, y para muchos, eso significaba libertad.
Vigilancia permanente, Edward Snowden
Con la reciente adquisición de Twitter por Elon Musk, el futuro de la red social es una gran incógnita. Musk tomó el control y, de inmediato, cortó cabezas y despidió una gran cantidad de empleados. A los sobrevivientes les ha suspendido el trabajo remoto y les advierte que tendrán que trabajar a marchas forzadas. No sorprende, es el mismo estilo maquiavélico que ha ejercido en sus otras empresas. Entre sus objetivos principales están los de hacer rentable a la empresa, permitir una mayor libertad de expresión y combatir los bots de spam. No suena tan mal, pero tratándose de una persona tan competitiva, que no duda en el enfrentamiento frontal con sus detractores, habrá que ver lo que esa libertad de expresión significa. Además, la lección de Facebook y Cambridge Analytica dejó claro que las redes sociales pueden convertirse en excelentes herramientas para manipular a la población en la política, por ejemplo, y algunos nos preguntamos si Elon Musk no acabará dándole un uso parecido a esta red social.
Otra posibilidad es que sencillamente Twitter fracase. El mismo Musk no descarta la posibilidad de ir a la quiebra. A diferencia de la opinión de Honos, en este momento la desaparición de Twitter tendría poco impacto en mi vida. Mi dependencia a las redes sociales es mínima. Rara vez escribo en Twitter y no elimino la cuenta porque la uso como un «termómetro» social. Exploro las tendencias de vez en cuando y reviso cada que suena la alerta sísmica u ocurre algún accidente a mis alrededores para indagar qué tanto se habla del asunto. No creo que el fin de Twitter sea el fin del microbloging, así es que con seguridad creo que otra red social eventualmente ocupará su lugar. De ser así solo me restará darle las gracias. Gracias por aquellos momentos y gente maravillosa que pude conocer a través de Twitter.
* En inglés "Mars" es Marte, por lo que la frase es un juego de palabras.
M.A.R.S. son las siglas de Machine Learning (Aprendizaje de Máquinas), Automation (Automatización), Robotics (Robótica) y Space Exploration (Exploración Espacial). Se trata de un evento anual organizado desde 2016 con absoluto secretismos por Jeff Bezos, el dueño de Amazon, al que solo se asiste por invitación. Con los años, este evento que reúne brillantes mentes selectas – sean científicos, ingenieros o artistas – se vuelve más público. La invitación para este 2019 ya esta abierta. Su objetivo es compartir e intercambiar conocimientos, inspirar y discutir sobre el futuro y los grandes problemas de la humanidad.
Adam Savage en uno de sus trajes
Adam Savage, quien dirige el relato y es famoso por su conducción en Cazadores de Mitos (MythBusters), introduce el capítulo hablando de los trajes que presentará como invitado al evento. Se tratan, en su mayoría, de réplicas de trajes espaciales tanto de misiones reales como de películas de ciencia ficción: «2001: Odisea del espacio» y «Alien». Para Adam, cada traje y su diseño está impregnado de humanidad porque es un reflejo de la creatividad de nuestra especie.
Chapter
2: Encode Your Best Life. (Codifica tu mejor vida)
Pedro Domingos
Pedro Domingos, profesor de ciencias de la computación en la Universidad de Washington y autor del libro «The Master Algorithm», nos dice que no hay razón para ceder a los miedos de que estamos perdiendo el control sobre la tecnología (como cuando vemos escándalos del tipo Cambridge Analytica). Como ejemplo, nos habla del Aprendizaje de Máquina (Machine Learning), un campo de la Inteligencia Artificial (I.A.), que con frecuencia pasa desapercibido pero ya forma parte de nuestras vidas en campos hasta insospechados. El miedo de que en algún momento, al estilo Skynet, alguna I.A. se vuelva autoconsciente y tome el control del mundo resulta demasiado remoto porque la I.A. dista mucho de parecerse a la mente humana y por tanto dicho escenario está tan lejano que resulta improbable.
Si hay algo que en verdad representa una preocupación, eso serían los objetivos humanos a los que sirven las I.A.s actuales. Un chatbot de Microsoft tiene que ser apagado después de un día de funcionar por volverse «racista». Su «conducta» no es producto de una rebelión sino un objetivo definido por sus creadores: aumentar su visibilidad en Twitter. Cosa que el algoritmo consiguió con sus encendidos comentarios. Los algoritmos de Amazon te recomiendan productos porque quieren maximizar ventas, los de Facebook quieren que pases más tiempo en su red. Si un adulto se engancha, ¿qué se puede esperar de un niño que no consigue desprenderse de un videojuego? El problema no es la IA, el problema somos nosotros.
Entonces, ¿podríamos definir mejores objetivos para las I.A.s? Sí. Podemos definir objetivos personales tales como aumentar la cognición, la curiosidad y la empatía. Podríamos definir mejores objetivos como sociedad. Y eso es justamente lo que están haciendo gente como Mickey McManus, un investigador de la compañía Autodesk (la empresa detrás de 3D MAYA) y Kate Compton, quien se define así misma como una extraña futurista, y está muy interesada en que en el futuro los algoritmos trabajen para nuestro bien y jueguen roles de entrenadores de vida, maestros y guías. Visto desde esa óptica, los algoritmos con los objetivos correctos, trabajarían para nuestro bien.
Chapter
3: Technology Is a Superpower. (La tecnología es un superpoder)
Dava Newman en uno de sus trajes
Dava Newman trabaja en un traje espacial que resulte en una mejor experiencia para astronauta y que sea lo más parecido a la ropa. Si tan solo pensamos que debe resistir la presión, el reto es enorme; sin embargo, de conseguirlo sus aplicaciones no estarían limitadas al espacio exterior, podrían tener aplicaciones en los deportes, podrían convertirse en nuestra ropa diaria o podrían ayudarnos a ser una especie de superhéroes.
Oren Etzioni
Pero los avances no se limitan al campo físico, sino también a la mente y el ayudarle a aprender más rápido. Oren Etzioni, el director ejecutivo del Instituto Allen (por Paul Allen, co fundador de Microsoft) y cuyo lema es «AI for the common good» (IA para el bien común), nos habla del proyecto Semantic Scholar que es un servicio inteligente de búsqueda de artículos científicos que combina Aprendizaje de Máquina, procesamiento del lenguaje natural, Visión de Máquina (Machine Vision) y análisis semático para mejorar los resultados de búsqueda.
Chapter
4: The Problem With A.I. Might Be Us. (El problema con la I.A. podríamos ser
nosotros)
Dice Kate Compton que cuando le gente intenta definir la I.A. explica algo que suele estar «entre un martillo y un ejército de abejas». Quizá nuestro problema radica en que la hemos atropomorfizado tanto, pero la I.A. es joven y resulta apresurado decir en qué se convertirá. Pedro Domingos añade que en varios campos las computadoras ya son más inteligentes que nosotros y eso no es necesariamente malo, sino lo contrario. Al hablar de velocidad, el hombre no va por la vida intimidado de que un caballo le supere. En realidad, por años utilizamos dicha ventaja para nuestro beneficio. De igual forma, las I.A.s nos han superado hoy en la resolución de ciertos problemas pero esto, en vez de ser una competencia, ha sido un trabajo en equipo y eso es bueno.
Tal como los seres humanos usaron la velocidad del caballo, que supera a la humana, a su favor, lo mismo ocurre con la I.A., estamos haciendo equipo.
Lo que si debe quedarnos claro es que somos nosotros los que definimos los objetivos y que si queremos robots asesinos, entonces los tendremos. En el futuro inmediato los problemas más preocupantes con respecto a la I.A. son los relacionados con la privacidad, la pérdida de trabajos por la automatización y los algoritmos sesgados (prejuicios humanos traducidos a código sea de manera voluntaria o involuntaria). Algunos han sugerido organismos parecido al FBI que regulen y revisen algoritmos, pero ¿quién tendría el control de dichos organismos? Ni la iniciativa privada, ni el gobierno parecen buenos candidatos. A esto habría que agregar que dado que como humanos no hemos logrado ponernos de acuerdo en un comportamiento ético universal, difícilmente podemos esperar que eso mismo suceda en los algoritmos. En conclusión, el futuro de estas tecnologías depende enteramente de nosotros.
Estaba viendo el Chelsea Show de hoy y me gustó esa frase que pronunció Kristen Bell. El contexto es que muchas veces nos quejamos del presente y sentimos que todo esta mal pero se nos olvida pensar que en realidad hay muchas cosas mejores que años atrás. Por ejemplo, la esperanza de vida de la humanidad, que se ha venido incrementando constantemente incluso en el continente africano. Quien niega este hecho quizá le vendría bien pensar (y lástima que no existe una máquina del tiempo para poder enviarlo al pasado) que hace apenas poco más de un siglo nuestra esperanza de vida era de 40 años.
Claro que aún existen problemas por resolver y también es cierto que algunas decisiones, cambios y avances tecnológicos han traído nuevos problemas acompañados de las ansiadas soluciones.
Internet es hasta ahora la cumbre de la revolución informática. Ayer comencé a usar Audible (pronto les compartiré mis comentarios al respecto). Mientras escuchaba el audio en español, seguía la lectura del libro en inglés. Por la noche, mientras veía Netflix recostado en mi cama, me puse a recordar mi juventud y me parecía difícil imaginar esa temporada en que uno no tenía Internet para conseguir información con un par de teclazos. ¿Es posible que el tiempo que requiere un estudiante de primaria de la actualidad para cubrir cierto plan de estudios sea menor que el requería un estudiante hace 20 años? Parece que sí, aunque eso quizá requiera otra entrada.
Como efecto secundario, Internet se ha convertido en un magnificador de sucesos. En general, podríamos hablar de un balance positivo cuando pensamos en el trabajo de las redes sociales en cuanto a difundir información, buena o mala, cierta o falsa, en cuestión de minutos. Sin embargo, el bombardeo de información negativa a veces sencillamente es demasiado. No es que en el pasado no ocurriera, es que ahora nos damos cuenta más fácilmente, llámese corrupción, violencia o la próxima #ladyAlgo. Y aclaro, esto no quiere decir que niegue estadísticas que también confirman el acrecentamiento de algunos problemas sociales, más bien hago énfasis en cómo estas noticias pueden llegarnos de golpe, masivamente, en una experiencia semejante a intentar llenar un vaso de agua con el hidrante. Así terminamos alimentando nuestras preocupaciones, agregándole más ansiedad a la que ya nos otorga la vida cotidiana. Somos, haciendo referencia las estadísticas que mencionaba previamente, la generación cuya depresión amenaza con desbancar del top ten mundial a enfermedades como el cáncer o la diabetes.
Ante estas circunstancias y cuando la ansiedad comienza a hacer estragos, a veces lo mejor es simplemente cerrar el grifo de la información. Hasta cierto grado puede interpretarse como negación a la realidad, «si no lo veo no pasa»; pero es también un acto de supervivencia y de forma imperceptible era lo que sucedía con las generaciones anteriores. Recuerdo aquella frase de Jesucristo de que ‘cada día tiene su propia maldad’ (Mateo 6:34) y también ‘¿quién por preocuparse puede añadir un codo a la medida de su vida?’ (Mateo 6:27) lo cual encierra una gran verdad: mientras que la preocupación moderada y racional nos mantiene alerta ante el peligro y nos ayuda a ser previsores, la preocupación desmedida nos paraliza y nos enferma.