Ese maldito yo

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Emil M. Cioran

A Emil M. Cioran (1911 – 1995) se le han puesto demasiadas etiquetas y muchas probablemente estén equivocadas. Pesimista es quizá una de las más acertadas.

A continuación algunos extractos y comentarios sobre su obra Ese maldito yo, cuyo título original en francés —Aveux et anathèmes— se traduciría sencillamente como Confesiones y anatemas.

Únicamente el espectáculo de nuestra degradación humaniza algo a nuestros amigos y a nuestros enemigos.

Me recordó a mi entrada La lástima como virtud, un breve relato inspirado en una experiencia real de cómo en nuestra jungla de asfalto donde todos vivimos a las prisas, solo parecemos compadecernos de aquellos que juzgamos que están peor que nosotros. ¿Pero es eso en verdad altruismo?

Es imposible pasar noches en vela y ejercer un oficio: si en mi juventud mis padres no hubieran financiado mis insomnios, me habría seguramente liquidado.

Para poder vislumbrar lo esencial no debe ejercerse ningún oficio. Hay que permanecer tumbado todo el día y gemir…

Una oportunidad de agradecer a mis padres, quien en muchos momentos de mi vida, y sin reproches, han permitido mi ociosidad, mi procastinación (ingredientes necesarios para la creatividad) a costa de sus sacrificios.

No se habita un país, se habita una lengua. Una patria es eso y nada más.

En estos momentos donde la humanidad parece estar encaminada al carajo y las tensiones están al máximo, bien nos vendría bien recordar este hecho.

Abuso de la palabra Dios, la utilizo con frecuencia, con demasiada frecuencia. Lo hago cada vez que alcanzo un extremo y necesito un vocablo para nombrar lo que hay después. Prefiero Dios a lo Inconcebible.

Si de vez en cuando nos tienta la fe es porque propone una humillación de recambio: es a pesar de todo preferible encontrarse en posición de inferioridad frente a un dios que frente a un homínido.

Esas noches en medio de las cuales, en ausencia de un confidente, no tenemos más remedio que dirigirnos a Quien interpretó ese papel durante siglos, durante milenios.

De las muchas razones por las que terminamos recurriendo a la figura de Dios.

No son los males violentos los que nos marcan, sino los males sordos, los insistentes, los tolerables, aquellos que forman parte de nuestra rutina y nos minan tan meticulosamente como el Tiempo.

Lo que nos termina haciendo más daño es la cotidianidad, la resignación, lo que tratamos de soportar día tras día, como aquella gotita de agua que cae por años sobre una roca … hasta que la quiebra.

Puesto que no se recuerdan más que las humillaciones y las derrotas, ¿para qué habrá servido el resto?

Toda victoria es más o menos una falacia. Sólo nos afecta en la superficie, mientras que las derrotas, por muy pequeñas que sean, nos hieren en lo más profundo de nuestro ser, donde procurarán no hacerse olvidar, de manera que, suceda lo que suceda, podemos contar con su compañía.

Los únicos acontecimientos importantes de una vida son las rupturas. Ellas son también lo último que se borra de nuestra memoria.

¡Uff! ¿Qué se puede añadir? ¿Acaso no se pueden contar nuestras vidas como una serie conectada de rupturas?

El hecho de que la vida no tenga ningún sentido es una razón para vivir, la única en realidad.

Al final, cada quien debe construir su narrativa del propósito de su existencia.

Proceder de un país donde el fracaso constituía una obligación y donde “no he podido realizarme” era el leitmotiv de todas las confidencias.

¡Compadre! ¿Acaso tú también eras de México?

En realidad, Cioran fue un rumano que se nacionalizó francés y vivió la mayor parte de su vida en París. Parece que no guardaba una opinión muy buena de su madre patria.

Cuando se ama a una persona, se desea, para unirse más a ella, que una gran desgracia le suceda.

Descubrí, gracias a esta frase, que sí ha sido cierto en mi caso. Sin duda habla muy mal de nosotros y de cómo funciona el amor, ¿no?

Por solidaridad con un amigo que acababa de morir, cerré los ojos y me dejé sumergir por ese semi-caos que precede al sueño. Al cabo de algunos minutos creí aprehender esa realidad infinitesimal que nos une aún a la conciencia. ¿Me hallaba en el umbral del final? Un instante después me encontraba en el fondo de un abismo, sin el mínimo rastro de espanto. ¿Dejar de ser sería, pues, tan simple? Sin duda, si la muerte no fuera más que una experiencia, pero ella es la experiencia misma. ¡Que idea la mía de jugar con un fenómeno que no sucede más que una vez! Imposible experimentar lo único.

Últimamente me he clavado demasiado en la imposibilidad que resulta para el ser humano entender diversos conceptos. De entrada, el concepto mismo ya es un invento de naturaleza humana, el lenguaje es insuficiente para capturar la realidad y parece que nuestro mismo cerebro es incapaz de comprender el mundo. No es un asunto de conocimiento, ni de capacidad, parece ser una limitante física de la que sencillamente no podemos escapar. Esa perspectiva me obliga a examinar las cosas con mucha más cautela. Entender que mi realidad es distinta de todos los demás.

¿Cuántas decepciones conducen a la amargura? —Una o mil, depende del individuo.

Epicteto decía que cada situación tiene dos asas, una débil y una fuerte. La decisión —la asa que tomemos— determina qué tipo de vida tenemos y qué tipo de persona queremos ser. Los estoicos invitan a cambiar lo que está bajo nuestro control y a aceptar con serenidad lo que no lo está.

La decepciones son inevitables, la amargura es una opción que depende te ti.

Todo lo que nos incomoda nos permite definirnos. Sin indisposiciones, no hay identidad. Ventura y desventura de un organismo consciente.

En este mundo donde los algoritmos y las redes nos crean una realidad ad hoc, es importante no dejar de exponernos a las distintas realidades y opiniones, aún por molestas e incómodas que resulten. Solo a través de ello es que logramos definirnos. La inmunidad no se consigue sin exposición.

Publicar un libro implica el mismo género de contrariedades que una boda o un entierro.

Un recodatorio de que escribir un libro puede no ser tan fácil como parece.

Tantos amigos y enemigos, que tenían por nosotros un gran interés, desaparecidos uno tras otro. ¡Qué alivio! Poder por fin abandonarse sin temer su censura ni su decepción…

Asco desesperado ante una muchedumbre, tanto si es festiva como iracunda.

Dos frases, la primera me ubica en mi etapa de retiro y ostracismo que experimento últimamente donde he optado por la soledad.

La otra recuerda mi naturaleza introvertida. Me ponen de malas las multitudes: si son iracundas huyo del peligro, si son festivas termino por no conectar.

La ironía, esa impertinencia matizada, ligeramente amarga, es el arte de saber detenerse a tiempo. La mínima profundización la aniquila. Si tenéis tendencia a insistir, corréis el riesgo de hundiros con ella.

Sobre la ironía. Me recuerda que la mayoría de las veces fracaso en mi intento de mostrarla.

Lo maravilloso de esta vida es que cada día nos aporta una nueva razón de desaparecer.

Sí, Cioran se empeña en ser pesimista y por eso nos identificamos con él.

Todo lo que se puede clasificar es perecedero. Sólo sobrevive lo que es susceptible de diversas interpretaciones.

¿Quieres trascender? No te ajustes a etiquetas y se complejo.

En el límite de la noche. Nadie ya, sólo la irrupción de los minutos. Cada uno de ellos fingiendo acompañarnos y esfumándose luego —deserción tras deserción.

Esta solo al incluí por la curiosa metáfora. Un hombre a mitad de la noche sin poder dormir, mientras los minutos, sus silenciosos compañeros, se escapan uno a uno abandonándolo.

Decepcionados por todos, es inevitable que acabemos siéndolo por nosotros mismos; a no ser que hayamos comenzado por ahí.

Cuanto más progresamos en edad, mejor nos damos cuenta de que nos creemos liberados de todo y de que en realidad no lo estamos de nada.

En cierta forma ambas frases me describen en esta etapa de mi vida. Me siento decepcionado de la humanidad, de muchos que consideré amigos y, en última instancia, de mí mismo. En el fondo es el reconocimiento de que haber establecido expectativas demasiado altas, imposibles, quizá. Es parte de la experiencia que te da la vida. Por supuesto, sigo teniendo amigos, solo que ahora intento abordarlos con menor intensidad. Aquí se conecta la segunda cita. Donde el idealismo juvenil se ha suicidado y ahora solo nos queda la realidad.

Si no quiere sucumbir a la rabia, deja tranquila tu memoria, renuncia a hurgar en ella.

Ante muchas inquietudes de la vida, a veces el mejor consejo es suspender por un momento el pensamiento.

Para engañar a la melancolía hay que moverse sin tregua. En cuanto nos detenemos, ella se despierta, si es que alguna vez se adormeció realmente.

¿Cómo superar el mal de amores, los viejos recuerdos que se niegan a partir? Manteniendo la mente ocupada, redireccionando nuestro sentir hacia la energía creativa. Ocuparse, ocuparse y ocuparse, aunque sea difícil iniciar. Si el recuerdo no se olvida, al menos perderá su fuerza.

Concluyo con esta:

En una lengua prestada se es consciente de las palabras, las cuales existen no dentro si no fuera de uno mismo. Esa separación entre nosotros y nuestro medio de expresión explica por qué es difícil, por no decir imposible, ser poeta en una lengua que no sea la propia. ¿Cómo extraer una sustancia de palabras que no están enraizadas en nosotros? El extranjero vive en la superficie del verbo, no puede en una lengua aprendida tardíamente, traducir esa agonía subterránea de la que emana la poesía.

Aunque he leído varias citas de Cioran, este es el primer libro que leo de él. Si te han gustado las citas, te recomiendo el libro ampliamente. Y si como yo, tienes tus arranques pesimistas y prometes no irte demasiado al lado oscuro, dale una oportunidad a Cioran.