
Pocos amigos son para siempre. En algún momento de nuestras vidas algo cambiará, nuestras vidas se bifurcarán e iremos por diferentes destinos.
Recuerdo las frases al graduarse de la escuela. «Siempre seremos amigos», «nos vamos a seguir viendo», «no hay que perdernos la pista» y así por el estilo. Por lo general terminan siendo las afirmaciones más falsas porque, si bien el contacto se mantenga al principio, con el paso de los años a muy pocos volvemos a verlos.
Pero aquí no hay culpables. En 2012 me topé con el número de Dumbar y le dediqué una entrada. En esencia es una estimación teórica que sugiere que una persona solo puede mantener relaciones sociales estables con aproximadamente 150 personas. Ya en ese entonces sugería que, aunque las redes sociales como Facebook pudieran funcionar como una extensión de nuestra memoria y ampliar ese cabalístico número de 150 personas, el límite continúa existiendo.
Me gustó esta imagen porque me recuerda que todos cambiamos. No solo nos movemos geográficamente, también somos personas diferentes con el paso del tiempo. Y así, las amistades se enfrían con el distanciamiento o finalmente se mueren. Aunque también pueden volver a revivir.
Cuando eso pasa de golpe, experimentas un sentimiento raro de que te han quitado un pedazo de ti, te invade la ansiedad. Pero poco a poco lo superas. Quizá mantengas contacto a través de una red social pero, no es lo mismo. La falta de interacción física termina por cobrar la factura.
Alvaro, un amigo a quien por cierto le perdí ya la pista, me decía: «Las personas importantes para ti están aquí y ahora». No lo decía con un toque de arrogancia, sino de practicidad y realidad. No porque los amigos de ahora sean mejores que los del pasado, sino porque los de ahora son tu presente y los que importan.
Como ya lo dije, a veces las amistades reviven. Sin embargo, tampoco es raro que cuando dos se vuelve a encontrar es solo para descubrir que ambos han cambiado y ahora se sienten casi como desconocidos.
Pero así es el proceso. En el camino quedan recuerdos dulces y amargos y hay que aprender a atesorarlos. Al final puede que sea lo único que quede.