Hace algunos años entre mis amigos me hice la mala fama de stalker. Me refiero con este término al papel de husmeador o fisgón más que al de un acosador que el término original en inglés puede transmitir. ¿Querían saber algo de alguna persona? Me buscaban para que les ayudara. O a veces les contaban a otros de mí, «mi amigo es buenísimo para investigar gente».
Por supuesto, a mí, tan introvertido y poco social, esa descripción me apenaba. Me hacía ver como una especie de pervertido cuando nada estaba más apartado de la realidad. Y claro que nunca me gustó la etiqueta, especialmente porque no era que yo me dedicara específicamente a ello; aunque hay que admitir que era (o soy) bueno para esa tarea.
¿Cómo lo explico? Sencillamente curiosidad, ciertas habilidades de concentración que a veces pueden rayar en lo obsesivo y algo de suerte, o coincidencias, para no sonar tan misterioso. También hay que añadir que hace 10 o 15 años las redes sociales tenían muchas más flaquezas. Por ejemplo, recuerdo cuando en Facebook podías encontrar el perfil de una persona simplemente tecleando su número de teléfono. Y por supuesto, muchos no sabían el alcance de tener perfiles o post públicos o que los amigos de tus amigos pudieran verlos. Eso facilitaba mucho las cosas.
Respecto a mis habilidades, no me considero tener una memoria prodigiosa, pero sí una que a veces se graba muy bien los rostros. Quizá no recuerde dónde los vio pero muchas veces me indica con certeza que es alguien a quien ya conocí. Desafortunamente tampoco es infalible. A veces he descubierto que mi mente me dice que conozco a una persona porque la vi en algún video. Así que debo tener cuidado. Además, soy muy malo mintiendo, así que si se trata de pretender que nunca nos hemos visto, es probable que todo salga mal.
La otra habilidad que considero fundamental es que inevitablemente mi mente cruza y traza conexiones con toda la información que recibe. Todos lo hacemos, pero algunos parece que lo hacemos más. Así que, si alguien en el gimnasio porta una playera de cierta universidad o cierta empresa, quizá estudia o trabaja ahí. Si me dices un nombre, quizá para no olvidarlo trataré de ligarlo a algún otro detalle físico de la persona. Esto me ha metido un par de ocasiones en apuros, a veces quisiera tener el poder de apagarlo a voluntad pero lo considero casi imposible. Quizá con el envejecimiento y la inevitable atrofia de mi cerebro eso ocurra.
A esto hay que añadir la curiosidad. En 2010 conocí la cultura hacker gracias a la Hackspedition. Una experiencia tan maravillosa y tan buena para ser cierta que sonaba a una estafa. Se promocionaba como un evento para «hackers» y, en mi mundo de programación, el hacker era el experto en informática que se dedicaba a encontrar y explotar vulnerabilidades en los sistemas. Le escribí a uno de los organizadores para asegurarme que no iban a estafarme y también para preguntar si realmente aquel evento podría ser para mí. Se trataba de César Salazar y lo que me respondió me pareció tan admirable que aún conservo aquella conversación por correo. En pocas palabras, me dijo que ser «hacker» era más una cuestión de actitud que de poseer un cierto nivel técnico. Me recomendó leer el artículo «How to become a hacker» de Eric Steven Raymond y luego leí el libro «Nightwork: A History of Hacks and Pranks at MIT» que entraba en detalles del origen y la esencia primordial del término antes incluso de las computadoras.
El gérmen del espíritu hacker consiste en la curiosidad. Es cierto que involucra otras habilidades y acciones, pero la curiosidad es el motor primario. Esa curiosidad lo mismo me ha llevado a aprender e interesarme en tantas cosas como en volverme en lo que mis amigos llaman «un buen stalker».
Por último debo añadir una serie de buenas coincidencias. No creo en la suerte, pero en algunos momentos toparme sorpresiva e innesperadamente con algunas personas me pone a dudar. Por ejemplo, en mi visita a Londres en 2015 me topé con Mireya, una amiga de la universidad, caminando por la calle. Ella estaba ahí haciendo su doctorado (cosa que desconocía) y yo estaba de turista. Me pareció tan fortuito coincidir a tantos kilómetros de distancia que incluso los amigos que me acompañaban no dejaron de insisitir si acaso eso no era algún tipo de señal. Coincidencias así ha habido varias. Algunas incluso algo penosas, donde lo único que queda es cruzar esas miradas de cómplices, el pacto de caballeros, que lleva implícito el acuerdo de que «nadie dice nada».
Desde finales del 2015, luego de mis crisis de ansiedad, comencé a desconectarme de las redes sociales. Luego, poco antes de la pandemia, el trabajo remoto se intensificó hasta que finalmente todo se volvió remoto. Las interacciones sociales disminuyeron y el stalkeo se redujo considerablemente. Hoy queda poco tiempo para andar en el chisme. Hace unos días, un amigo me informó de otra amistad que murió recientemente en apenas sus cuarentas. Son los chavos de nuestra generación que se adelantan y nos recuerdan que la vida y poder disfrutar de ella son ya un privilegio.