Viernes 12 de mayo. Son las 4:30 am y en Japón ya es completamente de día. El jetlag parece jugar a nuestro favor puesto que despertamos muy temprano: Enrique se va a correr al río Sumida y yo a explorar algunos puntos de la ciudad. Me llama la atención el estanque Shinobazu. En el camino disfruto la ciudad en silencio donde puede escucharse solo el ruido de algunas aves.
Por todo el camino hay bicicletas estacionadas sin ningún tipo de seguridad. Han permanecido ahí toda la noche y nadie se las va a robar. Las calles y aceras también están impolutas.
Uno de los guías nos explica más adelante que la cultura japonesa esta regida por el honor y un japonés crece sabiendo que nada es más importante que su honor. Quien no cumple su palabra pierde su honor, quien no es honrado también. Quien pierde su honor, no vale nada. No es raro que detrás de un suicidio haya una historía de un japonés que sintió que había perdido su honor. Este chip, que permea todo momento de la vida de un japonés lo hace sumamente honrado y respetuoso, no roba y puede dejar descuidadas a niveles que perturban al mexicano promedio, quien esta acostumbrado a no perder de vista sus pertenencias ni un segundo.

Sobre la limpieza, igual es la cultura. Es notoria la ausencia de botes de basura, pero se tiene el lema de que «cada uno es reponsable de su basura» y te la llevas cargando hasta que puedes tirarla afuera de una tienda de conveniencia, que es donde sueles encontrar botes. El japonés promedio produce mucha basura, todo tiene exceso de envoltorios y a nadie parece preocuparle el daño a la naturaleza. ¿Por qué? El secreto radica en su cultura del reciclaje que también sorprende. Por las mañanas, afuera de los negocios, encontrará uno las bolsas de toda la basura separada y lista para ser recolectada.
Aún así a lo largo del día uno encontrará una que otra basura o lata caminando. Sin embargo, cada noche pasará un camión barrendero a limpiar las calles. Por eso la ciudad de Tokio luce impecable por las mañanas.
Estanque Shinobazu
El estanque es parte de una zona verde donde encontramos el Templo Benten-dō y el llamado Parque Ueno. Aquí está el zoologico y varios museos. Sin embargo, es muy temprano para visitarlos. Por desgracia no me dará tiempo en el viaje de recorrerlos.


Regreso al hotel a bañarme y luego salimos a desayunar antes de partir rumbo a Shibuya.
Santuario Meiji y Harajuku.
La primer parada en Harajuku es el Santuario Meiji. Muchos santuarios pese a ser antiguos, tienen remodelaciones recientes debido a la destrucción que sufrieron durante la Segunda Guerra Mundial.



El bosque es precioso y abundante en vegetación. Sin embargo, percibo aquí algo que se volverá también una constante en los viajes a los bosques: su olor. Los bosques de México huelen principalmente a pinos mexicanos. Aquí el olor es diferente y a falta de una mayor precisión y sin intención de incomodar a nadie, la mejor descripción que podría dar de su aroma es que huele a semen. Por supuesto, tuve que reprimir mi opinión a los compañeros para evitar las preguntas incomodas.
En el santuario vimos la misma escena que en Asakusa, personas que acuden a orar todo rodeado de ese ambiente que tiene que ver con «la suerte». Aquí tuvimos la oportunidad de ver una marcha nupcial tradicional que coincidió que se estaba celebrando en ese momento.
Salimos y nos fuimos a la emblemática calle Takeshita, llena de locales de comida, ropa y tribus urbanas.

Shibuya, Shinjuku y el cruce más transitado del mundo.
De ahí nos movimos a Shibuya. Saliendo de la estación nos tomamos nuestra foto con la estatua de Hachiko y cruzamos el emblemático cruce más transitado del mundo (un millón de personas al día en promedio, el Eje Central de la CDMX es el cruce peatonal más transitado de América Latina con 300 mil personas) .
Después de una larga espera, comimos ramen en Ichiran, uno de mis favoritos del viaje. Se supone que la receta es un caldo a base de cerdo, con filetes de cerdo, cebolleta y la salsa picante secreta.
Cuando ya comenzaba a atardecer fuimos a Shinjuku a visitar la figura y la cabeza de Godzilla en el Hotel Gracery. Sobre la Central Road, en la foto que salgo señalando a Godzilla, nos encotramos a chicos y chicas que ofrecen servicios de plática. A los japoneses se les advierte tener mucho cuidado, pues ejercen un tipo de estafa parecida a algunas que se hacen aquí en CDMX: si tú le sigues por algún motivo la conversación, en cuanto intentes retirarte ellos te dirán que debes pagarle por sus servicios y tendrás que darles algo de dinero. Por fortuna, como dije anteriormente, el turista que no habla japonés no suele ser objetivo de estas personas.







Cuando ya quería comenzar a oscurecer y a llover, atravesamos el peculiar callejón de Omoide Yokochō, repleto de negocios de comida, principalmente brochetas, que desprendían un olor delicioso. Desafortunadamente estabamos muy llenos y tuvimos que seguir de largo.
Después de unos 20 minutos de recorrido desde Omoide Yokochō, llegamos al edificio del Ayuntamiento de Tokio donde hay dos torres a las que se puede acceder gratuitamente al piso 45 y contemplar toda la ciudad.
Cansados de un día largo de recorrido emprendimos el regreso. En ese momento ya comenzabamos a aprender a movernos por nuestra cuenta siguiendo las direcciones de Google Maps y como toda la ciudad es tan segura, comenzamos a perder el miedo. Aquel día establecimos el record de la mayor distancia recorrida a pie, puesto que acumulamos un total de más de 30 mil pasos que sumaron un poco más de 22 kilómetros. Habría otros días parecidos, pero ya no volvimos a superar ese record.
Mi primera experiencia en el Onsen.
Este primer hotel en que nos hospedamos en Tokio contaba con un baño Onsen. Muchos desde la primera noche lo visitaron, sin embargo, debido a mi pudor y los complejos sobre mi cuerpo, yo me había resuelto no visitar estos baños durante mi visita.
Para quien no lo sepa, en este baño tradicional japonés, se encuentra una piscina de aguas termales a la que se debe entrar completamente desnudo (por lo general no son mixtos y hay uno para mujeres y otro para hombres). Antes de entrar, uno debe bañarse también desnudo en unas regaderas donde hay disponibles bancos puesto que la mayoría lo hace sentado. En la gran mayoría también esta prohibido entrar con tatuajes y si alguien los tiene, debe cubrirlos con unos parches especiales. Sin embargo, esa medida se ha hecho algo flexible y si no incomoda a nadie de los presentes, es probable que no haya problema.
Cuando regresamos, ya avanzada la noche, Enrique propuso que fueramos al Onsen pues el agua caliente le vendría bien a nuestras piernas y pies adoloridos. Enrique tiene el problema de contar con varios tatuajes en el cuerpo, sin embargo, al ser tarde, le apostábamos a que estaría solo y molestaríamos a menos gente. Yo por mi parte, aproveché la confianza que me trasmitía Enrique y la probabilidad de que el Onsen estuviera vacío para no sentir tanto pudor.
Al llegar, los dos últimos japoneses se estaban retirando y solo quedaba un chico que parecía europeo. Nos desnudamos, pasamos a bañarnos y luego nos metimos poco a poco a la piscina que tiene el agua a unos 40 grados centígrados.
Me di cuenta que, independientemente del pudor, el baño tampoco resulta ser un lugar deshinibido donde la gente se pase observando a los demás o se crucen miradas sospechosas sino todo lo contrario, también es un mundo de hombres. La mayoría evita a toda costa el contacto visual y casi nunca voltea a ver a los cuerpos de los demás, si acaso lo hará disimuladamente. Uno tiene que ocuparse de sus asuntos y en cierta forma ignorar al resto.
Por supuesto que el baño fue relajante. La disfruté tanto que al otro día repetimos, ahora también acompañados de Cruz, otro buen amigo que casi iba a diario. Él nos puso algunos ejercicios de respiración con los que igual sufrimos como nos relajamos.
En el resto del viaje, hubo otras idas a los Onsen en otras ciudades, pero por el tema de los tatuajes y que no queríamos problemas, Enrique ya no fue y yo tampoco. Sin embargo admito que fue una buena experiencia.