«Maestra pide disculpas tras haber solicitado a alumnos llevar semen a clase» decía el título de la nota periodística. Según dicha nota, la profesora habría hecho dicha petición con fines meramente académicos, para analizar mediante un microscopio las características del espermatozoide. De inmediato me viene a mi mente una vieja anécdota, quizá un tanto curiosa y perversa, pero que, solo una vez platiqué a un amigo y hoy la hago más pública.
Antecedentes
Por ciertos azares del destino, cursé la secundaria en una escuela privada. El instituto originalmente solo impartía el bachillerato, pero incursionó en la educación secundaria y la mía resultó ser la segunda generación. Para ubicar un poco lo que viví, les cuento dos breves anécdotas.
El primer día, cuando llegó la hora del receso, mi clase y yo, acudimos a la cafetería y de inmediato fuimos objeto de lo que hoy se catalogaría como «bullying» por parte de los alumnos de bachillerato. Muchos compañeros huyeron al oír las burlas, pero yo, que en cierta forma había sido educado para aguantar ese tipo de comentarios, me acerqué al mostrador. Mi altura no me ayudaba, tenía 12 años y siempre había sido de los más bajos de la clase así que, al llegar, un chico grandulón me tomó por la cintura y como si fuese un infante, me cargó y me sentó en el mostrador. Todos comenzaron a reír y yo solo les seguí la fiesta. El chico que atendía la cafetería, aunque también se mostraba divertido con lo que pasaba, fue amable y me atendió. Después de un rato de risas y que yo compré mis cosas, el interés en mi se perdió y todos se calmaron. El tipo que me había cargado procedió a bajarme y pude salir tranquilo e ileso. Hasta hoy, lo recuerdo como algo gracioso, más que traumático. Debido a aquella experiencia, el director de la institución decidió cambiarnos el horario del receso a los de secundaria para tener uno diferente a los de bachillerato.
La segunda anécdota terminó un poco peor. Recuerdo que un grupo de alumnos de bachillerato llegaron a nuestro salón e intentaron acorralarnos. La mayoría de mis compañeros salió corriendo, pero yo de nuevo lo tomé con calma. En realidad, la mayoría de ellos quería asustarnos, más que golpearnos. Un grupo de ellos se arremolinaron a mi alrededor y comenzaron a hacerme preguntas intentando burlarse. En realidad, no pasó a mayores, excepto porque uno de ellos tomó tierra de las jardineras y me la metió por atrás del pantalón en el trasero. Recuerdo que el resto de ellos lo regañaron y le dijeron que «se había pasado de lanza». De nuevo salí ileso, excepto porque tuve que irme a sacudir el trasero.
Y en general, así fue siempre. Nunca tuve miedo o me sentí intimidado por las burlas, en esos momentos solo me preocupaba mi integridad en caso de que se pusieran violentos.
Eran mediados de los noventa y la institución impartía clases de computación, lo cual era una ventaja con respecto a las escuelas públicas. En los laboratorios de cómputo, aún con monitores monocromáticos, aprendí a programar en BASIC, mecanografiar en el teclado y hacer escritos en rudimentarios procesadores de texto para luego imprimirlos en impresoras de matrix de puntos. Usamos disquetes o discos flexibles, primero de 5¼» y después de 3½». Jugábamos Digger, Pac-Man, Tetris, Space Invaders entre otros, los cuales podíamos elegir entre modo «lento» o «rápido» gracias al botón de «Turbo» que incluían aquellos modelos de computadoras para permitir que el procesador alternara entre dos frecuencias de trabajo. La realidad es que ya para aquel entonces, aquellas computadoras y juegos, resultaban un poco viejos. Las PCs con monitores de color ya existían y también juegos con gráficos a colores. Windows 95 estaba a punto de ver la luz y, de hecho, fue el sistema operativo que tenía la primera computadora que me compró mi padre. Se trataba de una computadora «armada» que compramos en negocios de judíos en Polanco, que era algo bastante común en ese entonces.
Al contar con una computadora mucho más moderna, pude introducirme a juegos más «sofisticados» como Dangerous Dave y Prehistorik. Y resulta que el que me los pasó fue un chico que le apodaban «Mocoman». Mocoman cursaba en ese entonces el bachillerato y, desconozco la razón, tenía una computadora con monitor a color en uno de los laboratorios de la escuela. No recuerdo cómo fue la primera conversación, pero, dada mi timidez, es probable que él hubiese tomado la iniciativa. Aquel chico estaba lejos de ser un nerd o cerebrito. Fumaba (a los de bachillerato se les permitía fumar en los patios) y por su vestimenta, conducta y habla seguramente no era una amistad que mis padres habrían aprobado. Lo cierto es que en nuestras pláticas lo que predominaba era el tema de las computadoras, pues era lo que teníamos en común.
El controvertido acuerdo
El primer día que usamos los microscopios en la clase de biología, yo estaba bastante entusiasmado. Creo que vimos gotas de agua sucia y luego las células de una hoja. La profesora nos dijo que, si se nos ocurría alguna otra cosa para verla en el microscopio, podíamos llevarla en la siguiente clase y ella nos dejaría observarla.
Y una de las primeras cosas que pasó por mi mente, fue que quería ver los espermatozoides. Por supuesto, yo sentía demasiada pena de llegar la siguiente clase acompañado de «mis hijos». Incluso me parecía demasiado vergonzoso hablar con los compañeros de clase y tratar de convencer a alguno de que proporcionara tan preciado material. No deja de parecerme inverosímil algunos comentarios que leí, en la nota periodística que compartí al inicio, donde varios expresan que en su época de estudiantes los voluntarios no faltaron. Incluso algunos mencionan haber ido al baño en ese momento a conseguir «la muestra». Sea verdad o mentira, lo cierto es que, como ya se habrá podido percibir, al menos yo en aquella época, manejaba un cierto nivel de inocencia e ingenuidad.
El único al que me atreví a hablarle del tema fue a Mocoman. Algo que hoy posiblemente suene alarmante es que, recuerdo que varias de mis pláticas con él ocurrían mientras los dos estábamos solos en alguno de los salones. Quizá justo aquella intimidad y confianza hizo que le comentara mi inquietud. Y cuando le dije que me interesaba conseguir algo de semen, de forma muy tranquila respondió: «Yo te lo traigo». Luego me platicó, así a grandes rasgos, que el fin de semana vería a su novia, tendrían relaciones, me juntaría su semen y me lo traería congelado. Por supuesto que accedí de inmediato. Además, él no puso alguna condición o precio a cambio. Yo estaba tan ilusionado que hubo preguntas importantes que nunca cruzaron por mi mente. Por ejemplo: ¿cómo me lo traería? ¿realmente aún serviría después de estar congelado? y, quizá la más importante: ¿qué explicación le iba a dar a la profesora?
El siguiente lunes, resultó que Mocoman no traía mi encargo. No recuerdo la excusa que me dió, pero supongo que fue algo como «se me olvidó» ó «fíjate que siempre ya no vi a mi novia». Comencé a darme cuenta de que había pecado de ingenuo y creo que ya no volví a insistir. Pese a ello, a él lo seguí tratando. Pero así quedaron truncados mis sueños estudiantiles de ver los benditos espermatozoides.
Reflexión
Cuando examino la situación a varios años de distancia, no puedo evitar hacerme algunos serios cuestionamientos y tratar de responder de la forma más honesta posible. Para empezar, nunca supe por qué el apodo de Mocoman, pero es bastante probable que hiciera alusión a los «mecos», es decir, el semen.
¿Tenía su amistad conmigo algún tipo de intenciones escondidas? No lo sé, pero nunca me pareció que tuviera una mala intención conmigo y nunca me tocó o intentó abusar de mí. Lo cierto es que, en aquella ocasión, no perdió la oportunidad para alardear sobre lo que haría con su chica y ser un tanto explícito en los detalles. Quizá encontraba cierto placer o morbo en platicar de sexo con alguien de 13-14 años. No podría asegurarlo.
Y yo, ¿pasé por alto algunas señales? Considerando mi ingenuidad, a veces sospecho que quizá sí, pero afortunadamente nunca pasó a mayores. Lo digo porque durante mi época en la secundaria sí estuve expuesto a asuntos sexuales y de drogas mucho más fuertes que el promedio de otras escuelas. De hecho, considero que fueron tan feos que casi es un tema del que poco me gusta hablar. Ni siquiera conservo contacto con algún excompañero y de alguna forma es un episodio que suele mantenerse cerrado en mi vida.
Finalmente, ante los criterios actuales, aquella experiencia tendría muchos puntos para ser reprobable. Dos chicos metidos solos en un salón escolar, uno menor de edad, probablemente sería un problema. Y si mi pedido hubiese llegado y le hubiese contado la historia a la profesora, quizá también me hubiera metido en un problemón.
De Mocoman, ignoro qué fue de él. No sé si terminó su bachillerato o sencillamente se fue. Nunca lo volví a ver después de la secundaria.