Divagaciones varias y desordenadas del tema del momento, parte 5.
En carne propia
A principios de enero, sin sospecharlo, me enfermé de COVID-19. Todo comenzó un miércoles por la tarde con dolor de cabeza y de estómago. Atribuí dichos síntomas a mis problemas crónicos estomacales y una operación pendiente de la vesícula, pospuesta por la pandemia. Al ver que los síntomas no cedían (regularmente me duran dos días), el sábado agendé una cita con un gastroenterólogo, el cual me vería hasta el lunes por la tarde. Sin embargo, el domingo por la noche, al ver que las molestias continuaban al grado de ya no poder dormir y temiendo que el problema de mi vesícula se hubiese complicado, decidí por primera vez hacer uso de mi seguro de gastos médicos y acudir al área de urgencias de un hospital privado no-COVID a primera hora del lunes.
Para mi sorpresa, el personal del triage detectó que mi oxigenación estaba en 92%, ligeramente abajo de lo esperado y por protocolo de ingreso se exigía un valor de al menos 95%. Mis opciones eran: 1) pasar primero a una zona de sospechosos para unas pruebas rápidas que descartaran el COVID-19 y entonces poder ingresar o bien, 2) presentar una prueba PCR negativa y realizada en un tiempo no mayor a 72 horas para mi ingreso. Por las rutinas que llevamos para cuidarnos, yo estaba absolutamente convencido de no estar infectado y decidí que, en vez de ingresar a la zona de sospechosos y potencialmente estar en contacto con algún infectado, era mejor hacerme una prueba PCR por mi cuenta lo antes posible. Los resultados estarían en 24 horas.
Tan seguro estaba de mis resultados, que ese mismo lunes por la tarde acudí a mi cita con el gastroenterólogo, el cual accedió a operarme en cuanto le definiera una fecha, y añadió que toda intervención quirúrgica requería la prueba PCR negativa. Le platiqué la experiencia que había tenido por la mañana, le dije que la prueba estaría lista el martes y acordamos que la operación sería el miércoles una vez tuviera la prueba… y esta fuese negativa.
La primera semana
Oficialmente me enteré que estaba infectado de COVID-19 el martes 12 de enero. Los resultados me llegaron por correo electrónico muy temprano en la madrugada y eran tan inesperados que, entre mi somnolencia y aturdimiento de los síntomas, tardé unos minutos en darme cuenta que el resultado decía claramente: POSITIVO. Ni siquiera había tenido tiempo para estar espantado o preocupado, simplemente, lo tenía y ya, lo estaba viviendo. Sin embargo, tardé otro minuto más en darme cuenta lo que en realidad esa noticia significaba. Mis síntomas comenzaron el miércoles de la semana anterior, por lo tanto, tuve que infectarme unos días antes, para ser exactos un sábado o un domingo que son los únicos días que salgo a hacer compras, eso sumaba un poco más de siete días, aproximadamente un total de siete días había expuesto a mis padres y a otros familiares al virus y eso significaba una posibilidad muy elevada de que estuviesen infectados. Honestamente en ese momento sentí que mi mundo se comenzaba a venir abajo.
Esperé un par de horas y a las 6 AM por videollamada contacté a mis padres para darles la noticia. Les dije que había una posibilidad bastante grande de que ellos también estuviesen infectados y, con lágrimas en los ojos, les pedí que me disculparan, les dije que me sentía como un tonto y que me dolía amargamente pensar que, a pesar de mis esfuerzos por cuidarme y por cuidarlos, ahora fuera yo quien pudiese haberlos infectado. Hubo una frase de mi padre, no recuerdo con exactitud las palabras, pero a ella recurriría muchas veces los siguientes días para darme algo de fuerza. Me dijo: «Hijo, no te culpes de nada, nosotros ya vivimos, hemos tenido altas y bajas, pero al final de todo hicimos nuestra vida, y no consideramos que haya sido mala, la hemos disfrutado, y claro, queremos seguir vivos, pero si no fuera así, nos iremos sin lamentar nada».
La realidad es que estábamos a punto de vivir nuestra experiencia con la enfermedad en el peor momento de la epidemia en México hasta ahora. Durante ese mes de enero, alcanzaríamos los picos más altos en número de muertes, los hospitales de la Ciudad de México y la zona metropolitana llegarían a la saturación y conseguir tanques de oxígeno o concentradores resultaría prácticamente imposible.
Aquel mismo martes comencé el aislamiento estricto, gracias a que la casa así lo permitía, encerrado en mis cuartos en la parte de arriba y con la única interacción que era cuando me subían comida. El gran amigo médico del que hablé en la entrada anterior, vino a revisarnos continuamente y como mis padres no presentaban síntomas, sugirió que no les hiciéramos la prueba PCR de inmediato, pues sería contraproducente (podíamos obtener un falso negativo). Más bien, debíamos esperar unos días examinando cualquier síntoma y monitoreando la oxigenación diariamente. Además, en vista de la situación de carencia que comenzaba a presentarse y la posibilidad de tener un escenario severo, comenzamos a prepararnos y hacer previsiones. Desde mi aislamiento me la pasé marcando teléfonos, contactando a amigos, revisando sitios para conseguir oxígeno y medicamentos. Sin embargo, la parte más pesada le tocó a mi cuñado, quien no solo me había acompañado cuando aún ignoraba que estaba infectado (ambos usamos la mascarilla en esos momentos), también nos apoyó para hacer las compras, efectuar limpieza, ir a buscar medicinas, oxígeno y muchas cosas más con la posibilidad muy real de contagiarse en cualquier momento y a la vez que exponía a mi hermana y mi sobrino todos los días al regresar a su casa.
Para este punto, debo añadir que el desarrollo de mi enfermedad tuvo un curso bastante tranquilo. Perdí parcialmente el gusto de algunos sabores (curiosamente la mayoría eran las salsas) y al parecer también experimenté un par de episodios de parosmia, o cambio en la percepción de algunos olores (por ejemplo, el betabel hervido me olía bastante a amoníaco). Los días más severos fueron el miércoles y jueves de la primer semana que había sido detectado. Esos días el cuerpo cortado (cansancio, fatiga, desgano) y el dolor de cabeza me obligaron a estar acostado. Mi oxigenación nunca bajó del 90% y el único medicamento que necesité fue ibuprofeno. El descanso y la hidratación hicieron su otra parte. Fue como otra gripe más y posiblemente no fue la más severa que he vivido (no hubo tos y no se me cerró mucho la garganta). En el trabajo me permitieron tomar los días que fueran necesarios, pero como el encierro y la ansiedad no eran buena compañía y dado que trabajo remotamente, el viernes por la tarde de esa misma semana ya estaba de regreso frente a la computadora. Aunque no podía concentrarme, ni estaba al 100%, al menos un poco de trabajo me ayudaba a distraer la mente de los malos pensamientos.
Días de angustia
Como dije, desde esa primer semana nos concentramos en prepararnos para un escenario donde uno o los dos de mis padres estuviesen contagiados (en teoría, tampoco sabíamos si mi caso podía complicarse). Había historias muy trágicas de gente atravesando la ciudad una y otra vez, visitando 5 o 6 hospitales antes de poder hallar un lugar y a veces con un paciente ya tan agravado que no recibía la mejor atención en un hospital saturado. Nuestra búsqueda de tanques de oxígeno y concentradores fue infructífera y estaba la opción de arriesgarse por conseguir algo a sobreprecio con vendedores de dudosa reputación, cosa que finalmente decidimos no hacer. Fue solo a través de amistades que conseguimos prestados un tanque pequeño y un concentrador que solo estuvo un par de días con nosotros y tuvo que irse porque alguien más lo necesitó. Más adelante, con la ayuda de unos amigos, yo conseguiría comprar un concentrador que ellos me trajeron desde Veracruz y luego conseguimos comprar un segundo aquí mismo en la ciudad de México. Además, a sugerencia de mi amigo doctor, nos dimos a la tarea de conseguir unas cajas de medicamento anticoagulante que se hallaba prácticamente agotado en la Ciudad de México. Con unos amigos logramos conseguir parte desde una farmacia de Michoacán que accedió a enviarlo por paquetería. Otra parte la encontró mi cuñado hurgando en varias farmacias de toda la ciudad.
Posiblemente en este momento algunos de ustedes puedan etiquetarnos como exagerados al tomar por adelantado decisiones de algo que no estaba bien establecido. Sin embargo, la paranoia que se vivía en aquel momento era muy real y posiblemente solo quien la vivió junto con nosotros pueda entenderla junto con nuestro sentir. Para mi, esperar hasta que las cosas se complicaran para entonces actuar era, sencillamente, inaceptable. Y para ser honestos, aquella ayuda escasamente nos conseguiría ganar un poco de tiempo ante un escenario severo. Pero era la mejor batalla que podíamos dar y decidimos intentarla, conscientes de que tendríamos muchas cosas en nuestra contra. Otros incluso puedan sugerir que nuestro proceder también era un tanto egoísta; incluso yo lidié con esos pensamientos al igual que muchos otros. Por ejemplo, cuando tuvimos que devolver el concentrador prestado porque alguien lo necesitaba, y antes de contar con otro, sentí la angustia de no saber si nos arrepentiríamos de aquella decisión. Pero no quedaba de otra más que admitir que en ese instante otra familia ya estaba viviendo una situación difícil intentando salvar la vida de su ser querido y en ese momento ellos eran los que lo necesitaban, así que debíamos devolverlo.
Además, lo que sucedió los siguientes días resultó en una coincidencia inexplicable que en cierta forma probaría que nuestra previsión no había sido en vano. Casi a la par de mi enfermedad, un hermano y una hermana de mi cuñado se habían infectado también de COVID. Al principio, ambos parecían cursar su enfermedad sin contratiempos. Sin embargo, para el final de mi primer semana, el caso del hermano de mi cuñado se complicó.
CONTINUARÁ…