El fin de semana recibí la notificación de un inusual número de visitas al blog. Esta vez no era El almohadón de plumas, mi entrada más visitada y a la que muchos estudiantes llegan buscando un resumen de la novela de Horacio Quiroga para encontrar casi nada. Se trataba más bien de Adiós a otro profe, un breve relato alusivo al profesor de filosofía Héctor Joffre con motivo de su reciente deceso allá por 2009.
Al parecer con motivo del 84 aniversario del Instituto Politécnico Nacional, alguien compartió el enlace de mi entrada al grupo de Facebook del famoso CECyT 9, «La Bátiz», donde quizá por efecto de la cuarentena hubo reencuentros y remembranzas.
Sobre mi escuela vocacional, considero que he escrito poco. La última vez que pisé la escuela fue en 2010 y desde entonces tengo una promesa pendiente de regresar algún día. Si lo consigo, seguro la encontraré irreconocible y lo haré sintiéndome un extraño. Aún así, cada vez que conozco a alguien que está estudiando ahí, pareciera que podemos hablar un dialecto común que ambos entendemos.
Algunas entradas han resultado bastante personales e incluso polémicas. En el caso de la entrada sobre el profesor Joffre, recuerdo que fue bonito toparme, inesperadamente, con una de sus sobrinas a la que yo curiosamente hacía alusión en el escrito, aunque sin conocerla (de hecho, la citaba como su hija). Además, recibí varios comentarios resaltando lo significativo que resultó el profesor en la vida de muchos de nosotros.
Pero de todas las entradas, hay una que siempre he arrastrado con cierta vergüenza, que más de una vez me he visto tentado a borrar y que conservo como recordatorio de lo fácil que podemos causar daño con las palabras. Se trata de Leyendas urbanas de Bátiz y giraba en torno a la figura del profesor Efrén Marrufo, cuyo asesinato en 2004 resultó muy sonado. Por si fuera poco, en mi escrito pasaba a «embarrar» a otro profesor al que conocía mucho menos. Aunque aquel escrito tenía la intención de establecer una protesta contra el acoso sexual y la corrupción dentro de las escuelas, honestamente manejaba tan a la ligera y con poco fundamento asuntos demasiado sensibles que se acercaba más al morbo y el chisme. Los comentarios de todo tipo no se hicieron esperar y me enseñaron, un tanto a la mala, el grave error de intentar juzgar a las personas tan superficialmente. El comentario de uno de sus hermanos en otro sitio me dolió profundamente. Era una persona con familia como todos nosotros y no tenía derecho a meterme en algunos asuntos. Me disculpé en algunos comentarios y de alguna forma quiero expresarlo abiertamente aquí de nuevo.
Dejar aquella entrada me ha permitido revisarla con ojo crítico y más madurez con el paso del tiempo. También es significativo evaluar los cambios que se han experimentado desde entonces sobre estos temas. Si la homosexualidad resultaba en aquel entonces un tema escandaloso entre los estudiantes, imagínese lo que sucedía si un profesor «salía del closet», tono alarmista que aún parezco percibir en mi escrito original. Por otro lado, la cruel muerte del profesor fue clasificada como crimen por homofobia en un informe que presentaron los investigadores Alejandro Brito y Leonardo Bastida en 2009 y nos recuerda que aún existe mucho trabajo por hacer respecto a este tipo de violencia. Y por último está el tema del acoso sexual y el intercambio de este tipo de favores en las escuelas, que aunque no se ha logrado desterrar, me alegra ver que mientras en aquel entonces corría como secreto a voces y se disculpaba bajo muchas razones (algunos comentaron en aquel entonces que no podía hablarse de acoso o abuso porque aquellos ya no eran unos «niños», sugerían que podía entenderse como algo consensuado o que un simple manoseo no podía ser tan grave), en la actualidad cada vez se tolera menos y se han abierto mucho más canales para que todas las voces puedan ser escuchadas. Esperemos que pronto logremos desterrar este tipo de prácticas que en su momento parecían tan normalizadas.
Hay un tema que a propósito he dejado excluido y que quizá un día que le haya dado suficiente forma abordaré: ¿existe una oportunidad de vida, de redención, para el abusador? Creo que en la actualidad es un tema que se minimiza y quien lo pone sobre la mesa se arriesga a ser etiquetado como enemigo de las víctimas. Para exiliar a este tipo de personas (y otras) que consideramos desagradables se ha puesto de moda el término «cancelar» y en cierta forma los matamos en vida. Pero ¿es lo mejor que podemos hacer con ellos? Algunos tienen características brillantes que han arruinado por un terrible error. ¿No hay posibilidad de devolverlos a la sociedad, al menos con determinadas limitaciones?