Me cuenta mi padre la historia de Jesusa, la hermana de mi abuelo paterno, quien fue el que se la contó a él.
Supuestamente había un toque sobrenatural en ella por el grado de madurez que reflejaba a su corta edad. En una época en la que la crianza se impartía a golpes, mi abuelo decía que entre todos sus hermanos, solo a Jesusa su padre la tomaba en serio. Y cuando su padre se tuvo que ir a trabajar a Chihuahua, fue a Jesusa a quien se llevó a sus escasos 5 años. Y resulta que a esa edad, Jesusa le hacía de comer, le lavaba y le atendía.
Casi igual de inverosímil resulta la historia de su muerte. Alrededor de sus 16 años, Jesusa pide ir a la Basílica, la Antigua. A la salida sus padres, como acostumbra la mayoría de los visitantes, deciden detenerse a la orilla del camino aún polvoriento y lleno de maleza para prender lumbre y comer. Durante la comida Jesusa se desvanece. Para los creyentes solo hay una respuesta: la Virgen se la ha llevado.
Le digo a mi padre que si la historia es cierta, aparte de la explicación sobrenatural solo se me viene otra a la mente. Quizá aquella niña era superdotada, y vivía en una época en la que resultaba imposible diagnosticarla.