Hoy te vi y, como siempre, recordé aquel momento en el que captaste por primera vez mi atención. ¿Qué tendría, 14 o 15 años? Teóricamente siempre estuviste ahí, pero nunca recuerdo un momento anterior a ese. Haciendo las labores de la casa. Y aunque han pasado tantos años, para mi no has cambiado.
No sé tu nombre, no sé nada. Hace mucho prometí no investigarlo. Cualquier detalle solo agravaría las cosas, o quizá sea que tema descubrir algo que no me agrade y prefiera refugiarme en esa imagen idílica que siempre creé acerca de ti. Aquella sospecha de que si bien no compartimos nada, al menos ambos sufrimos en silencio de un lado del muro.
Juré olvidarte cientos de veces, en especial cuando desaparecías largo tiempo y parecía que habías seguido el mismo derrotero que tus hermanas y huido lejos en busca de eso que todos llaman «una vida mejor». Y justo cuando parecía que todo lo tenía dominado, volvías a aparecer solo para demostrarme que estaba equivocado y poner mi mundo de cabeza. Hasta que acepté que nunca lo dominaría y opté por cambiar de estrategia. Asimilar y re encaminar sentimientos. Y funcionó (¿sabrías que me he vuelto tan hábil para eso?).
Te he visto otras tantas veces ya, con el disimulo obligado de siempre. Ahora eres como una pieza de arte, ese objeto del deseo que puedes mirar pero jamás tendrás. Y aún así me siento tan satisfecho. Como si esos escasos segundos ahora me trajeran tranquilidad.
Fue lo mejor. Nunca lo sabremos. Pero la gente vendrá a decirme cosas como que no debí quedarme callado y demás. Ya no tiene importancia ni mayor preocupación. Estoy seguro que no hay siquiera uno de ellos que no se lleve alguno que otro secreto a la tumba.