Respeta mi silencio

«Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio.»

Proverbio indio

Hay muchas cosas que se detestan cuando viajamos en el transporte público. Hoy en mi rutinario viaje recordé que una de ellas es el uso excesivo del celular. Es increíble que haya gente que puede pasarse todo el recorrido de una hora pegada al dichoso aparato.

Las conversaciones van de todo: la parejita con su repertorio de cursilerías y las preguntas rebuscadamente tontas a fin de hacer la conversación lo más eterna posible, los que se reportan a su trabajo que ‘ya merito llegan’ que ‘en 10 minutos’ pero mientras les ayuden a avanzar con algunas cosas dando santo y seña de lo que deben hacer, eso si haciendo que suene que rete importante y porque dizque son bien responsables y, ‘mis favoritos’, los que se van quejando del último pleito que se aventaron con el jefe, la novia, la vecina, fulanito o perenganito y de cómo le dijeron esto y aquello (con gesticulaciones y tonos de voz incluidos) para hacerle entender que ‘solo sus chicharrones truenan’.

A veces sencillamente es demasiado para que el pobre iPod pueda superarlo. La plática vendría a ser lo de menos; pero ¿una hora? Por Dios. En esos momentos siempre se me viene a la mente lo que dicen los manuales de celular en sus últimas páginas advirtiendo los daños que pueden traer el uso excesivo. Deseo que los científicos tengan razón y que aquellos minutos de charla se conviertan en minutos menos de existencia de aquella persona.

Pudiera sonar exagerado, pero esos excesos a mi se me hacen una gran falta de respeto, sobre todo si tomamos en cuenta que muchos tienden a alzar la voz al hablar por el celular. Ya sé que no hay punto de comparación, pero citaré de Japón, donde generar ruido excesivo el el transporte público se considera una gran falta de respeto y un atentado contra la civilidad. Hablar por celular está mal visto y hasta se pide a los usuarios que pongan lo pongan en modo vibrador para no molestar si entra una llamada.

Ya me quiero imaginar uno de nuestros vagoneros en un metro de Japón. Casi estoy seguro que me lo bajan de inmediato y mínimo me lo hacen pedir disculpas con la cabeza bien pegadita al piso.

Hay que entender que disfrutar del silencio y la tranquilidad también es un derecho del que debemos de poder gozar pero que desgraciadamente cada día resulta más dificil encontrarlo en esta ciudad.

Un último ejemplo que se me viene a la mente es el de las ruidosas fiestas de los vecinos. El pasado fin de semana casi a las dos de la mañana yo seguía sin dormir pegado a la computadora y todo gracias a que mis vecinos celebraban una fiesta con joyas artísticas como «Follow the leader», «Ven ven ven animalito ven» y asi. Curiosamente en otra coordenada de la Ciudad de México, Sallecino pasaba por circunstancias semejantes soportando al ritmo del reggetón encantadoras frases como: «Mue’ve esa co’o’la para que se restrie’gue to’o’a».

Sallecino decidió declararles la guerra y preparó su armamento. Contraatacó con Cannibal Corpse y otras recomendaciones metaleras que inmortalizó en Raid Metal. Despertaron a todo el edificio, el velador tuvo que subir y amenazar con bajar el switch. Se acabó su fiesta, Sallecino había salido victorioso aunque con un poco de temor a las represalias. Disfruté siguiendo la narración por Twitter.

La fiesta de mis vecinos también acabó. Pero todavia tuve que esperar media hora más a que lograran dormir al vecino borrachito que se sale a gritar jubiloso su felicidad pasajera que a nadie le interesa. Finalmente acabó y me fui a la cama.

Tengo derecho a disfrutar mi silencio. ¿Podrían respetarlo por favor?