
Soy una de las tantas millones de personas citadinas desconfiadas de la gente que se nos acercan a pedirnos una caridad, una moneda. Son tantas la gente, tantas las tretas, tantos los dramas de los que se valen para engañar y hacerse los necesitados que sencillamente uno acaba desconfiando de todos, sean viejitos o infantes, hombres o mujeres, «enfermos», «discapacitados», … ahh y los que de veras lo necesitan. A muchos de nosotros alguna vez nos «la hicieron», «nos vieron la cara» y desde ese dia agarramos parejo.
Pero hace como tres semanas me sucedio algo interesante al respecto…
Estaba yo refinándome unos mariscos en el mercado del viernes cerca del trabajo y a mi lado, tres generaciones, una abuela, su hija y su nieta también comían. Como ya es clásico, justo a esa hora comienza el desfile de personas pidiendo caridad: el señor con cascabeles en los pies y tambores pidiendo dinero por «hacer escándalo», la jovencita de rasgos indígenas cargando su «chilpayate» y luego con otro agarrado de la mano, el del club de borrachines que con «la gracia del Siñor» estan rehabilitandose (aja), la señora indígena viejita. Y como van pasando les va dando uno salida: «ahorita no», «otro dia», «no traigo cambio», o la ya clásica interpretación de «hacernos que la Virgen nos habla».
Pues ese dia pasa la viejita a pedir. Yo me hago como que estoy muy entrado engullendo mi coctel que no puedo atenderla. Pero en eso la abuela que estaba sentada en la mesa le pregunta a la viejita indigente que si quiere algo de comer y de inmediato voltea a ver a su hija como diciéndole «vamos a ofrecerle algo». Yo en mis adentros me imaginaba que le iban a dar algunas sobras o bien le comprarian algo de lo más barato (no me crean tan malo, yo si he hecho eso de darle las sobritas, la torta, refresco resagado a uno que otro indigente o drogadicto, pues total me han dicho que mejor que coman y no que gasten el dinero en comprar para su vicio), pero cual fue mi sorpresa cuando las señoras le dan a elegir «a carta abierta» y la viejita se pide su coctel de camarón. Y luego todavia la abuelita dice que si quiere algo de tomar y pues la viejita indigente ya en confianza que se pide su «coca» y agarra lugar en la mesa. La abuelita «disparadora» ya entonces le comenzó a hacer la plática de algunas cosas, aunque yo para ese momento ya me retiraba, eso si, muy impresionado.
Cierto, aquel dia esa familia le soltó alrededor de unos $40.00 pesos a la indigente, mucho más que si le hubiera dado unas cuantas monedas. Sin embargo creo que aún dio algo mucho más valioso, un poco de interés y de tiempo, algo que quizá rara vez esa gente tiene. Al final descubrió que la necesidad de aquella mujer era sincera y le dio el banquete de su vida. Y claro, a mi me dejó un rato en que pensar. Aunque no por eso quitó mi desconfianza, sencillamente me dio un recordatorio que de vez en cuando vale la pena dar algo de nosotros a favor de los demás, de ser compartidos y estar un poco más conscientes de lo que sucede a nuestro alrededor.
La siguiente semana me topé a la viejita de nuevo en el mercado mientras compraba mi coctel de frutas. Se acercó y me pidió unas monedas y me ofrecí a comprarle un coctel. El chistecito me salió en $20.00 pesos, pero me hizo sentir bien. Algunas personas tienen mucho más dinero y aún asi no sueltan el menor quinto. Sus razones tendrán. Tampoco vamos a solucionar el mundo haciendo esto. Pero de vez en cuando vale la pena intentarlo.
La semana pasada comía de nuevo mis mariscos en el mercado cuando de pronto la viejita comenzó su recorrido. Ahora ya no pide monedas, pide que le compremos algo de comer, ja ja. Me dije entre mi «a que fregoncita nos salió, esta si que aprende rápido». Le dije que esta vez no podía e inevitablemente me puse a pensar si «esos actos de bondad» no han resultado contraproducentes. Aún no sé la respuesta, pero de creo que aquellos sucesos te ponen tu mente a pensar, cuestionar y buscar alternativas. Quizá no fue el mejor resultado, pero al final de cuentas son esas experiencias las que nos llevan a buscar alternativas. De cualquier forma creo que repetiré la experiencia y espero que esta vez salga mejor. La pareja que compartía mesa a mi lado toma unas galletas saladas y se las da en una servilleta a la viejita, quizá no le fue tan bien esta vez, pero al menos comerá. La viejita sigue su camino. La bondad humana nos hace creer que quizá aún hay esperanza.